Este miércoles Julián Bernal escribió acá en Barequeo: “nunca he votado a la Cámara por Caldas con ilusión, como tampoco lo haré el próximo 8 de marzo”. Coincido con él: es difícil entusiasmarse con listas tan flojas, tan llenas de candidatos cuestionados o bajitos de punto, pero aún así siempre salgo a votar y hoy también lo haré. Me gusta votar (me encantaría poder hacerlo en las elecciones gringas) pero en los últimos años, desde que me dediqué a investigar sobre las mujeres escritoras de hace un siglo, mi compromiso con levantarme de la cama, salir de la casa y llegar al puesto de votación se ha llenado de nuevos argumentos.
Desde que tengo cédula he podido votar y lo mismo le pasó a mi mamá y a mis tías. Pero en cambio mis abuelas y de ahí para atrás llegaron a su mayoría de edad sin poder ejercer el derecho al voto. Apenas en 1954 se aprobó el sufragio femenino en Colombia y la primera vez que las mujeres fueron a las urnas fue en 1957. En ese momento la lucha ya sumaba varios años: desde los 30 muchas mujeres empezaron a presionar sobre ese cambio normativo que algunas no alcanzaron a ver. Por ejemplo, en 1933 Claudina Múnera publicó en La Patria una encuesta dirigida a 20 ciudadanos ilustres de Manizales (hoy diríamos “señoros”) en los que les preguntó por las ventajas y riesgos que advertían sobre la posibilidad de que las mujeres votaran. Por supuesto no le consultó a ninguna mujer, porque en ese momento ellas no tenían “ni voz ni voto”, en sentido literal. Claudina murió en 1939, sin poder ejercer ese derecho, pero sus textos evidencian que aún hasta esta comarca encerrada entre montañas y godos, también llegaban los aires de mayor participación para las mujeres, que ya circulaban en otras partes del continente.
Los nombres de las mujeres que presionaron por el voto femenino en los años 30 y 40 están casi refundidos. Son más visibles los de las que lograron su cometido en 1954. Estimados Señores, la magnífica película de Patricia Castañeda, recrea la historia de Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia, Bertha Hernández y otras mujeres que lograron que en la dictadura de Rojas Pinilla se aprobara su derecho al sufragio (este viernes a las 6:30 proyectan el filme en la UManizales). Recordar que hace 69 años no teníamos esa posibilidad es un buen motivo para salir hoy a votar.
Candidatas de nombre
Aunque desde 1954 podemos elegir y ser elegidas, la realidad es que en su mayoría los elegidos han sido y siguen siendo ellos. Como “por las buenas” los partidos no diseñan rutas que faciliten el acceso de las mujeres a los roles de poder, desde hace algunos años se aprobaron en Colombia leyes de cuotas, que obligan a que todas las listas incluyan al menos un 30% de mujeres entre las candidatas. Estoy de acuerdo con Ana María Mesa cuando explica que las mujeres no deberíamos ser una cuota, pero la realidad es que si no existiera la ley de cuotas habría menos mujeres candidatas de las que tenemos hoy.
El ejercicio que hice de revisión de todas las listas y candidatos a la Cámara de Caldas, Quindío, Risaralda, así como a los candidatos del Eje Cafetero a Senado, arroja los siguientes datos:
- Para Senado hay 20 candidatos del Eje Cafetero: 17 hombres y 3 mujeres (las mujeres son el 15%)
- Para la Cámara de Caldas hay 46 candidatos: 27 hombres y 19 mujeres (las mujeres son el 41%)
- Para la Cámara de Quindío hay 27 candidatos: 16 hombres y 11 mujeres (las mujeres son el 40%)
- Para la Cámara de Risaralda hay 34 candidatos: 21hombres y 13 mujeres (las mujeres son el 38%)
Vistas así las cifras indican que en los tres departamentos del Eje Cafetero la presencia de mujeres en las listas para Cámara oscila alrededor del 40%, 10 puntos por encima de lo que exige la ley de cuotas. Pero ojo: las cifras son engañosas. La realidad es que independientemente del número de miembros de la lista (3 en Quindío, 4 en Risaralda y 5 en Caldas), la regla general es que los partidos de izquierda, centro, derecha, arriba y abajo inscriben el menor número posible de mujeres y son excepcionales las listas que tienen una mujer más (o sea, un hombre menos) de lo que la ley habilita. De las 31 listas para Cámara inscritas en los tres departamentos solo seis inscribieron a una mujer adicional al mínimo exigido: el 81% de las listas opta por el mínimo de mujeres que la ley permite. Así mismo, solo seis colectividades inscribieron mujeres como cabeza de lista, y de esas solo una es lista cerrada sin voto preferente.
Ahora bien, que haya mujeres inscritas como candidatas tampoco es garantía de mucho. El análisis de las listas y candidatos indica que para esta elección hay varias mujeres que aparecen como aspirantes, pero sus redes sociales evidencian que no están en campaña, como Manuela Valencia Salazar, número 103 en la lista de Alma-Cambio Radical a la Cámara por Caldas; Susana Urrea, número 104 en la lista del Frente Amplio Unitario a la Cámara por Caldas, y las dos mujeres de la lista de la Fuerza por la paz, del Quindío: Ingri Alejandra Londoño Mosquera, número 102, y Duillya Alzate Sánchez, número 103. A ellas se suman otras que ni siquiera tienen redes y son desconocidas hasta para sus compañeros de lista, como Diana Milena Ceballos, número 102 del Nuevo Liberalismo en Risaralda, y Beatriz Ocampo, número 102 del Partido Conservador en Caldas.

Cuando en los años 30, 40 y 50 mujeres como Claudina Múnera, Agripina Restrepo de Norris, Fabiola Aguirre, Esperanza Arboleda, Josefina Valencia y Bertha Hernández, entre otras, escribieron, gestionaron y pelearon para que ellas y las de las generaciones futuras pudiéramos elegir y ser elegidas, no fue para que les prestáramos nuestros nombres a los políticos para que ellos pudieran dar por cumplido el requisito de cuota de género y ser ungidos como varones electorales departamentales.
Hay, por supuesto, responsabilidad (o indolencia) de ellas, pero también de ellos.
Hay también responsabilidad de los partidos (y de ellas y de ellos) cuando arman listas que respetan la cuota de género y “les dan la oportunidad” a las mujeres para foguearse como candidatas, aunque de entrada se sabe que solo hay uno o máximo dos candidatos en contienda y el resto están ahí para sumarle votos al señor.
Por ejemplo: hoy Caldas elige cinco representantes y en las cábalas de nadie aparece la remota posibilidad de que uno de esos cinco nombres sea el de alguna de las 19 inscritas. Esto habla de un desequilibrio de género mayúsculo: mujeres que por primera vez se lanzan a un cargo de elección popular (de una vez a la Cámara) compitiendo con copartidarios que han sido concejales, alcaldes, diputados; mujeres que dicen que su campaña cuesta $5 millones, compitiendo con copartidarios que admiten que su campaña vale $600 millones (y que en realidad vale mucho más). Mujeres candidatas que quién sabe si son conscientes del juego que le hacen a los señores, y señores que se sienten magníficos políticos, feministas y deconstruidos, por haber cumplido con la cuota de género.
Las candidatas inscritas en las listas a congreso del Eje Cafetero, cumplen, en su inmensa mayoría, una de estas dos condiciones: 1) figuran para que la lista pueda cumplir con el mandato legal de la cuota de género, pero son lo suficientemente desconocidas para que su presencia no ponga en riesgo la curul del varón electoral que el partido definió, o 2) están ahí porque son esposas, hijas, hermanas o parientes de algún político de renombre. En algunos casos las condiciones 1 y 2 se presentan de manera simultánea en una misma candidata. Los casos de mujeres políticas regionales con posibilidad real de éxito electoral, que no se explica por su cercanía personal con el hombre que decide y manda, son realmente exóticas.
La agenda feminista
Me gusta votar por mujeres, aunque no siempre hay, no siempre se puede o no siempre ellas representan la agenda feminista que me interesa en asuntos políticos, o sí la representan, pero tienen alianzas con políticos que son impresentables.
Por ejemplo: entre un señor y María Fernanda Cabal, voto por el señor. Entre un señor y Paloma Valencia, voto por el señor. Entre un señor y María Paz Gaviria, voto por el señor. Entre un señor y Juana Carolina Londoño, voto por el señor. Entre un señor y Paula Toro en la lista de Lizcano, voto por otro señor.
Entre quienes aspiran hoy al Congreso hay candidatos que se presentan como defensores de Dios, la familia y las buenas costumbres. A mí esas costumbres en materia política me causan escozor. Me interesan los políticos que reconocen, respetan y promueven la Constitución del 91 (sin constituyentes) que consagra que somos un Estado laico y pluricultural. Apoyo a quienes defienden la diversidad sexual, los derechos sexuales y reproductivos, la autonomía que tenemos las mujeres para decidir sobre nuestros cuerpos y que comprenden que las bajas tasas de natalidad no son un asunto que se reduzca a “es que las mujeres ya no quieren ser mamás”. Considero que las normas con enfoque diferencial de género en materia pensional y laboral son justas, porque hay unas brechas que siguen siendo enormes, y en ese sentido desconfío de los políticos que quieren dejarle todo a la mano invisible y libertaria del mercado.
En resumen: que tenga rostro femenino y nombre femenino no significa que sea una mujer política con agenda feminista. Y entre votar por una mujer política y votar por una política feminista, me quedo con lo segundo.

Mis votos de hoy
Cada que hay elecciones recuerdo una columna que escribió Orlando Sierra Hernández en La Patria en 1994: “Soy del criterio de que los columnistas, que no los medios en sí que se deben a la objetividad, no podemos ir con medias tintas a la hora de las definiciones. Nuestros lectores tienen derecho a saber cuáles son nuestras preferencias, en temas de interés público. Lo decía ese gran escritor y ensayista que es Carlos Fuentes: «es preferible equivocarse en público en cosas que atañen a todos, que acertar en privado». Por eso en este día de elecciones, doy a conocer el que será mi proceder de votante”.
Como llevo haciéndolo hace más de una década, desde que soy columnista, procedo entonces a equivocarme en público y a ejercer el derecho a decir en voz alta por quién votaré, un ejercicio que para las mujeres resulta aún más nuevo que el derecho al sufragio.
De los tres votos que depositaré hoy, solo uno me mueve con ilusión: votaré en la consulta presidencial por Claudia López. No me gustó cuando se dijo que apoyaba el fracking, ni cuando estando en la Alcaldía de Bogotá salió con un discurso xenófobo contra los venezolanos, pero no existe el candidato perfecto ni el político perfecto, y sí le encuentro muchas virtudes a su hoja de vida política: desde sus investigaciones en el asunto de la parapolítica y sus críticas duras y claras al gobierno de Álvaro Uribe, y luego al de Iván Duque, hasta su acertada política de las manzanas del cuidado, en Bogotá, y su defensa de los derechos para las minorías discriminadas, de las cuales ella misma hace parte. Lleva más de dos décadas haciendo política y jamás se ha visto enredada en escándalos de corrupción. Me gustaría que hoy sacara una votación que hiciera viable soñar con un gobierno de centro que no nos obligue, como hace cuatro años, a elegir entre dos extremos, aunque sé que en este país machista y conservador, la posibilidad de una mujer lesbiana en la Presidencia suena a herejía para algunos.

Para Senado votaré por Juan Sebastián Gómez (número 1 en la lista de Ahora Colombia). Lo haré con miedo, e incluso con decepción, porque temo que ese voto mío en esa lista termine empujando alguna curul del Mira, un partido que representa todo lo que creo que en política hay que combatir. Que el partido de JuanSe se haya aliado con Mira me parece una traición para sus electores tradicionales. Además, esperaría de JuanSe más control político y menos iniciativas inútiles y peligrosas, como esa de legislar para censurar la narcocultura. ¿Y si le veo tantos peros por qué voto por él? Sencillo: porque a los demás candidatos al Senado de esta región les veo aún más problemas y porque esta lista tiene menos candidatos cuestionados que otras. JuanSe no es uribista, no ha estado metido en escándalos de corrupción, no es marioneta de algún cacique local, no es delfín y no tengo sospechas sobre si los narcos o los contratos públicos financian su campaña. Valoro su tono conciliador, su lenguaje respetuoso, su defensa de los derechos individuales, su coherencia antitaurina en esta ciudad que cree que sin toros no hay feria y el rigor con el que suele responder todas las preguntas que le formulan.
Para la Cámara votaré por la lista cerrada del Frente Amplio Unitario de Caldas. No conozco personalmente a ninguno de sus candidatos y ninguno ha ocupado cargos de elección popular. La lista tiene cinco nombres y conmigo sumaremos seis votos. Habrá unos cuantos más, pero no lograrán curul. No importa: este departamento necesita y merece una izquierda diferente a la cooptación que el representante-primo Santiago Osorio Marín ejerce sobre el Pacto Histórico y deseo apoyar esos espacios de resistencia. Y bueno, la verdad es que revisé y revisé la lista de candidatos a la Cámara por Caldas, y no veo por quién más votar. Hay algunos buenos nombres, pero están en pésimas listas.