El triunfo del demócrata James Talarico de 37 años, que antes de ser político era profesor de colegio y que se convirtió esta semana en el primer demócrata de Texas en ganar un lugar en el Senado de Estados Unidos desde 1988, tiene por lo menos tres historias rondando en mi cabeza.
La primera es la historia de los renos de la Isla de San Mateo, ubicada en medio del mar de Bering, entre Alaska y Siberia. Durante la Segunda Guerra Mundial la Guardia Costera de Estados Unidos llevó 29 renos a esta isla para tenerlos allí como reserva viva de alimento. La guerra terminó, la base militar cerró y los renos quedaron solos en ese lugar sin depredadores naturales. 20 años después la población había crecido hasta alcanzar 6.000 ejemplares, pero luego de un fuerte invierno en el que casi no hubo alimento la población bajó a 42 animales que terminaron por extinguirse del todo antes de que terminara la década de los 80. A veces se nos olvida que nosotros también estamos en una isla en una esquinita del universo.
La segunda historia es sobre un fragmento pequeño de la serie The Last Of Us (Los últimos de nosotros), que sigue a dos personajes principales en un mundo postapocalíptico en el que un hongo ha convertido a la mayor parte de la población mundial en zombies. Después de muchas peripecias, al final de la primera temporada, los protagonistas, Ellie y Joel, llegan a una pequeña comunidad que ha sobrevivido gracias al esfuerzo de todos en Jackson, Wyoming. En una escena en la que una de las líderes está contando cómo funciona esto —se reparten las tareas entre todos, eligen un comité pequeño entre todos, producen lo necesario para todos— Joel pregunta: “¿entonces son comunistas?”, a lo que uno de los personajes contesta riendo que por supuesto que no. La líder lo contradice, todo es en común, son comunistas. Seguramente el otro no se ha percatado porque la promesa de miseria no se ha cumplido todavía.
La tercera historia es similar a esta última y sucede en Macondo. Tantas cosas maravillosas que tiene Cien Años de Soledad, uno de mis pasajes favoritos es la llegada del Corregidor Apolinar Moscote al pueblo fundado por los Buendía. Antes de que apareciera La Autoridad en ese lugar existía un desorden/orden impuesto por las costumbres. Jose Arcadio y Úrsula eran unas figuras fundantes que no se sentían con derecho de mandar sobre los demás, pero que de alguna manera sentaban el tono, el estilo. A Jose Arcadio Buendía le parece un exabrupto que les manden desde Bogotá a unas personas que sobraban desde que llegaron y le dice a Moscote: «En este pueblo no mandamos con papeles. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir».
La Isla de los renos, San Mateo, terminó desolada. En la segunda temporada de The Last Of Us se ve que el modelo comunista de Jackson hace agua por el rápido ascenso de la población refugiada. Y Macondo, en Cien Años de Soledad, termina destruida. Cada una de estas historias carga sus propios motivos, pero en todas subyace la noción de la autodestrucción con síntomas que no pudieron detenerse a tiempo.
En la escala mundial los síntomas son todavía más difíciles de detectar, pero James Talarico identificó uno con claridad cuando dijo que la única minoría que destruye a su país son los multimillonarios. Es decir, personas que tienen un patrimonio neto de al menos mil millones representados por una moneda fuerte, por lo general dólares. Lo dijo, claro, porque una de las estrategias de la extrema derecha es achacarle todos los problemas del mundo a las minorías raciales y a las comunidades diversas LGBTIQ+. Pero los multimillonarios son una verdadera minoría numérica. Son alrededor de 3.500 personas en todo el mundo y siete en Colombia. Es decir, menos del 0,00004% de la población total, sin embargo, Oxfam ha informado varias cosas preocupantes, como por ejemplo que contaminan más que 3.500 millones de personas.
Un Estado que tiene individuos que son más o casi tan grandes como él mismo no puede operar con la autonomía necesaria para que vele por los intereses de la mayoría. Los multimillonarios inciden en las políticas tributarias para que no suban sus impuestos, participan directa e indirectamente en política, algunas veces de manera subrepticia y otras no tanto, como cuando cooptan las redes sociales buscando manipular los algoritmos e incidir en las elecciones. Inciden sobre las decisiones que afectan a la mayoría bajo el lente de intereses personales. Según el informe de Oxfam tienen 4.000 veces más probabilidades de ocupar cargos políticos que el resto de las personas.
El triunfo de Talarico es impresionante también por esto: ganó a pesar de que el multimillonario más multimillonario de todos los multimillonarios, Elon Musk, había invertido 168 millones de dólares en la carrera al Senado del republicano Ken Paxton, su rival. ¿Será que está calando el mismo mensaje que dejó la Revolución Francesa?, ¿será injusto que haya unos pocos comiendo mucho cuando muchos comen tan poco? Dice Oxfam que los 12 multimillonarios (doce personas) más ricos del planeta tienen más riqueza que la mitad más pobre, unos cuatro mil millones de personas. ¿Es esto sostenible?
Es posible que ni en Jackson con su comunismo, ni en Macondo con su anarquía, hayan dado con el modelo de sostenibilidad que garantice la existencia de la especie humana para que no nos extingamos como los renos de la Isla de San Mateo. Y es cierto que todos los modelos tienen pros y contras, ninguno es perfecto, son demasiadas variables y se trata de decisiones basadas en el criterio “el menos peor de todos los mundos posibles”, pero también es cierto que los multimillonarios que depredan el planeta y que someten a los Estados son la consecuencia del descontrol del capitalismo. Y ya sabemos cómo terminan las islas en las que prolifera sin control una sola especie.