La madrugada en que regresó el miedo

La lentitud con la que se reconstruye parece contrastar con la rapidez con la que se van produciendo las réplicas.
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La madrugada en que regresó el miedo

Siendo las 4:13 de la madrugada del tercer día del penúltimo mes del año, nos despertamos con las afugias de la inmediatez de una evacuación, la levedad del sueño y la pesadez de la muerte, que suena a muros que se fracturan sobre sus propias fisuras, tejas que se deslizan sin contención y ventanas que vibran al paso de cada onda sísmica. La vulnerabilidad de la vida, esa misma que desde hace más o menos 75 días empezó a tornarse momentánea, nos hace transitar entre algodones y gasas, porque llevamos heridas que no se ven a simple vista, pero que sangran en torrentes emocionales y cuestionan el tono, la textura y el color de una sangre que no siempre es escarlata.

Despertar al despertador, despabilarse con una alarma proveniente de cualquier aplicación que augura la tragedia y mantener la calma parecen, hoy, tareas imposibles. Escuchar a la gente gritar, correr e incluso empujarse escaleras abajo se vuelve más escabroso que la misma intensidad con la que de nuevo rugió la tierra. Esa misma tierra grita intensamente que la ciudad de Pereira, hoy rodeada de dos lugares que son enjambres, panales o colmenas sísmicas —si es que estos sustantivos se pueden usar; acá me disculparán los científicos de la tierra—, está pidiendo a gritos no solo una reconstrucción urgente, en una versión actualizada y mejorada, sino también una atención inmediata a la salud mental de todos. Está exigiendo que se aceiten la fuerza social, el poder político instituido y la esperanza de un pueblo que la pierde con cada réplica.

No es lo mismo vivir un sismo de magnitud 5,6 después de haber padecido el ritmo desproporcionado de uno de 7,4. Al lado de este último, el primero parece un bamboleo de cuna, una caricia que, bajo la intensidad evidenciada, se asemeja a una pequeña bofetada de bebé. Aun así, fue inevitable pensar que volveríamos a vivir lo mismo de aquel fatídico día.

La madrugada en que regresó el miedo

Volvimos a pensar que este suceso duraría lo suficiente como para que todo cayera al vacío o, en el peor de los casos, sobre la cabeza o el cuerpo de quienes evacuaban. La sacudida del movimiento anterior podría acelerar el paso de la vida a una muerte prematura. Pensamos, irremediablemente, que aquello que ya estaba fracturado terminaría por convertirse en polvo sobre el suelo, no sin antes cubrir a cualquier desprevenido. El peso de los días posteriores al terremoto parece ser diferente, debido a la sensación de que, sin mayores esfuerzos humanos, la naturaleza se encargará de llevarnos a la desesperación extrema.

Bastaron apenas un par de segundos, contabilizados en mi cabeza, para entender que, por más esfuerzo que se imprima en superar lo traumático, siempre habrá un momento que revuelva los más viscerales episodios de pavor enquistados desde el mes de agosto. Cuarenta segundos fueron suficientes para que el terror se apoderara de la calma, desplazara el sueño por una dosis de adrenalina inyectada desde lo más remoto y profundo de la tierra, y convirtiera aquella infame emocionalidad en presente, permanencia y sufrimiento.

Lo más complejo de todo este proceso es que hoy los damnificados seguimos siendo apenas una estadística y que el nombre, por más perfume que se le endose, es ese: lastimados por la naturaleza. Nada cambia, o por lo menos no con la agilidad que deseamos. Lo único que transmuta o se transforma es la cantidad de grietas nuevas, la guadua que sostiene un muro, una calle cerrada por escombros o edificaciones al borde de su autodestrucción, cuando a estas alturas, como mínimo, deberíamos haber pasado de las intenciones a las acciones.

Los edificios que se sostienen con sus defectos son fotografías vivas del desastre, congeladas por el tiempo y la desidia, esperando que la temperatura sea constante para no desvanecerse en el presente. Simplemente, este retrato estático y frío del concreto nos recuerda nuestra pequeñez frente al poder madrugador de la naturaleza y nos hace desear que los días transcurran con justicia y tranquilidad, sin que cada minuto y cada segundo estén sometidos a la incertidumbre.

Lo que aterra de manera exagerada es cómo muchos volteamos la mirada al cielo para pensar que esto es un sueño, una mala noche que necesita de un buen descanso. Miramos al cielo para borrar lo que se ve en la tierra, para borrar las madrugadas movidas y desear el pleno disfrute de una ciudad renacida. Duele sobremanera que incluso la mirada perdida también esté presente en la administración gubernamental. Lacera profundamente que, en esa visión de gestión y ejecución de una alcaldía o una presidencia, quienes toman las decisiones parezcan miopes, astigmáticos e incluso hipermétropes.

La lentitud con la que se reconstruye parece contrastar con la rapidez con la que se van produciendo las réplicas. Van por caminos separados: una, con la necesidad de pensar una ciudad que prevenga los desastres, pero parsimoniosa en su ejecución; las otras, rápidas en su aparición y agitación, pero irremediablemente impulsadas por la necesidad genuina de liberar presión de adentro hacia afuera. Bastaron un par de segundos para saber que todavía nos quedan muchos minutos por pasar y muchas dificultades por superar.

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    Manizales, 10 de agosto de 1983. Docente de ciencias sociales desde el año 2008 hasta el año 2024. Después de ese año, coordinador de las instituciones educativas Alfredo García – Pablo Emilio Cardona, de Pereira. Licenciado en Ciencias Sociales y Magister en educación de la Universidad de Caldas y docente catedrático de algunas universidades de Pereira.

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