La rana flecha azul macho hace lo imposible
para mantener a su progenie con vida.
National Geographic
La primera vez pensaron que sería una situación pasajera. Por ese motivo, cuando dialogaron al respecto, los dos concluyeron que no había nada grave por qué preocuparse. También reconocían lo difícil que era adaptarse a un entorno totalmente nuevo. Además, aunque fuera una actuación inapropiada, ese tipo de situaciones sucedían a diario en las escuelas. La discusión más intrascendente, por lo general concluía en una pelea. De hecho, la rencilla inició porque un compañero se burló del trazado de sus dibujos. La cabeza del caballo proyectada en la pizarra, terminó en su cuaderno por parecerse a la cabeza de una jirafa. Thomás le pidió al niño que se burlaba que no se riera más de su dibujo. Pero el niño, en vez de disculparse, le propinó un golpe en el estómago que lo dejó sin aire por varios segundos. En ese momento intervino el maestro que presenció la escena y el agresor fue remitido a la coordinación de convivencia escolar, donde informaron a sus padres y donde lo aconsejaron acerca de los valores que propugnaban en la institución educativa. Así que, al menos por esa vez, no quisieron darle mayor importancia al asunto. Por ahora, se limitarían a brindarle apoyo y animarlo a que hiciera nuevos amigos.
—No te preocupes, cariño —le dijo Ana María—. Son solo cosas de niños.
Luego, se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Sí, tienes razón —respondió Andrés.
Andrés, sin embargo, no estaba convencido de que fueran solo cosas de niños. El relato de su hijo le recordó una parte oscura de su infancia. Los niños de la escuela donde estudió la básica primaria, lo molestaban y golpeaban porque era diferente. No comprendía el motivo de su furia, pero sabía que les irritaba verlo en los descansos con un libro pegado a sus ojos. ¿Quejarse? Esa no era una salida. Quien se quejaba, palabras más, palabras menos, terminaba por ser una molestia para las maestras. Además, quejarse también significaba firmar una sentencia de muerte en contra del agresor, quien, por cierto, siempre andaba en manada. La única salida para liberarse del problema consistía en enfrentar el problema. Es decir, irse a los golpes. En cuanto se confirmaba el combate, los estudiantes esparcían con entusiasmo el rumor sobre la contienda y al final de las clases se encontraban a las afueras de la escuela, donde los espectadores formaban un círculo en el que lanzaban vítores e injurias como si estuvieran presenciando una pelea de boxeadores. Los luchadores llegaban al punto de encuentro acompañados por su grupo de amigos, quienes asumían el papel de sparring, indicando cómo defenderse y cómo atacar al oponente. El espectáculo duraba hasta que apareciera una de las maestras en medio de la jauría. Aunque, generalmente, la lucha terminaba cuando uno de los dos tuviera sangre brotando por sus narices.
—Si ocurre de nuevo, ve a la escuela y habla con la coordinadora de convivencia escolar —sugirió Ana María—. La directora de grupo está al tanto.
—Espero que no. Pero si eso llegara a pasar, se la tendrán que ver conmigo —bromeó Andrés, mientras bajaba las maletas del auto.
Ana María arqueó las cejas, asombrada por su comentario. Después, con jovialidad, le dijo:
—No digas esas cosas ni en chiste.
Esa tarde debía viajar a Cartagena de Indias. Durante una semana, con todos los gastos pagos, estaría en la ciudad amurallada en una convención de negocios internacionales. Ana María Carvajal era una empresaria exitosa, con amplio reconocimiento en el mundo de las finanzas y en la facultad donde impartía una cátedra sobre cultura organizacional. Estaba por cumplir los cuarenta años, pero su belleza aún resaltaba en cualquier lugar donde se encontrara. No era una mujer vanidosa, pero procuraba por mantener a raya las medidas de su figura y por cuidar sus líneas faciales con las cremas rejuvenecedoras que compraba en el transcurso de sus viajes. Y, aunque su profesión casi que absorbía la totalidad de su vida, dedicaba gran parte del tiempo libre a escuchar música clásica y a leer libros de literaturas extranjeras; especialmente, la anglosajona. Gracias al tiempo que pasó en Estados Unidos cuando estudió su doctorado en Iowa, aprendió a dominar el idioma inglés a la perfección. Lo que, entre otras cosas, le permitió leer los libros de autores americanos e ingleses en su idioma original. De hecho, en su maleta de mano, llevaba un libro de la escritora Siri Hustvedt: A woman looking at men looking at women.
—Llego el viernes en la noche. Los voy a extrañar.
Ana María hizo una mueca de tristeza.
—Nosotros también te vamos a extrañar —respondió Andrés.
Uno de los ejecutivos de la empresa se acercó a saludar.
—¿Todo listo para el viaje? —preguntó.
Ignazio Ravagli era un argentino que se encargaba del área comercial de la compañía. Ana María lo consideraba un experto en la materia y elogiaba cada vez que podía el currículum que respaldaba sus capacidades intelectuales. Lo había conocido en Iowa cuando fueron novios, siendo un estudiante promedio; pero luego de varios años por fuera del país, trabajando en varias multinacionales, la experiencia obtenida le abrió las puertas en un gremio que necesitaba profesionales con sus conocimientos. Por eso, cuando ella tomó la gerencia, no dudó en contratarlo. Así que rápidamente se convirtió en su mano derecha y en la persona que le señalaría cómo expandir el mercado en algunos estados norteamericanos (la meta que le asignó la presidencia cuando le entregaron el cargo). También, desde entonces, la acompañaba en cada uno de sus viajes de negocios. Esta cercanía no era del agrado de Andrés. Le molestaba la excesiva confianza que Ravagli tenía con su esposa: toquecitos en los brazos, regalos inesperados y mensajes con emoticones (caras sonrojadas, risitas y monos bebés tapándose la boca). Además, aunque nunca había querido manifestárselo, notaba cierta complicidad entre los dos. La única vez que le hizo un reclamo al respecto, ella culminó el ataque de celos de manera fulminante. Le dijo que no perdiera su tiempo elucubrando tonterías porque su workmate era homosexual.
—Todo listo, Nacho —respondió Ana María.
Después, cuando procedían a realizar el check-in, se dirigió nuevamente a Andrés:
—Mándale un beso al chiqui y no olvides considerar mi oferta.
Durante el camino de regreso, pensó en el significado que abarcaban esas últimas palabras. «No olvides considerar mi oferta» se traducía en abandonar sus proyectos de escritura y, sobre todo, en tener que emplearse en un campo laboral donde jamás imaginó que llegaría a estar involucrado. Al menos durante el tiempo que estuviera por fuera de las aulas. Andrés Castellanos no estaba tocado con el mismo éxito que tenía su esposa. Por el contrario, desde varias semanas atrás, creía que su vida profesional y sus aspiraciones literarias iban en picada. Las últimas veces que se reunió con Germán, uno de sus amigos más cercanos, le dijo algo que lo perturbaba: «Tengo la sensación de que el mundo está en mi contra». Realmente las cosas no iban tan mal como él pensaba, pero la carcoma del orgullo impedía que mirara más allá de sus fallidas aspiraciones: tener independencia económica, contar con una plaza como profesor de literatura y ver consumados sus sueños como escritor. No sabía en qué momento su vida se tornó tan gris, tan triste, tan desolada. Solo sabía que sus motivaciones poco a poco se fueron apagando, haciéndose levemente minúsculas, como las luces fluorescentes que descienden del espacio en las noches.
La depresión había empezado a expandir sus tentáculos. No era fácil verse a los cuarenta años desempleado, sin capital bancario y con un libro de poemas que había sido rechazado por todas las editoriales a las que envió su manuscrito. «Esos monstruos capitalistas solo están interesados en la novela», respondía con amargura cuando algún conocido le preguntaba por la publicación de su obra. Germán le daba ánimos: «Esto mismo le sucedió a Bolaño». No obstante, las respuestas de los editores elogiaban la calidad de sus metáforas, la autenticidad de su mirada y el uso de una sintaxis que se alejaba de lo que parecía ser una nueva tendencia. Pero, irónicamente, siempre concluían lamentando no estar interesados en publicar autores noveles. Por otro lado, al estar sin empleo, se vio obligado a aceptar el traslado de su esposa a la capital: una ciudad fría y caótica por donde se mirara. Entonces, sin raíces de las cuales sujetarse, tuvo que afrontar con estoicismo los cambios que se avecinaban. Bogotá, pensó, podría ser el lugar donde sus textos encontrarían la luz y donde quizás volvería a sentir la alegría de estar en un claustro académico.
—¿Qué tal estuvo el viaje? Te llamé varias veces —dijo Andrés.
Al fondo se escuchaban los sonidos de una parranda vallenata, gritos y el inconfundible acento de Ignazio Ravagli.
—Bien, Andrew. Llegamos súper rápido. Ahora estamos en la playa, en el malecón.
Ravagli, al otro lado de la línea, preguntaba en voz baja con quién hablaba.
—Comprendo.
Luego de un silencio prolongado, Andrés finalizó la llamada:
—Bueno, supongo que hablamos mañana. Cuídate.
—¿Estás enojado? —alcanzó a preguntar Ana María.
Al día siguiente, Thomás llegó a casa sujetando una bolsa de hielo contra su cara. El mismo compañero que lo golpeó en su estómago, antes de subirse a la ruta escolar, como venganza por el castigo que le habían impuesto sus padres, lo sujetó de la camisa y le zampó un golpe en su ojo izquierdo. «Esto le pasa por sapo», le dijo. El agresor, un niño obeso, extraedad y con cara de toro, contaba con un amplio historial de indisciplina anotado en su observador, pero las directivas no habían querido mostrar severidad en el caso porque consideraban el perdón como uno de los pilares de la institución educativa. La solución, en ningún caso, sería la expulsión. De todas formas, como era la segunda vez que ocurría una agresión de manera consecutiva, Andrés se comunicó con la coordinadora de convivencia escolar. Pero la monja, reacia a su petición, le contestó que por favor revisara el Manual de Convivencia, que para eso estaba hecho. Según la norma, el conducto regular indicaba que para ese tipo de faltas los padres de familia debían enviar por correo electrónico las evidencias y esperar en el transcurso de tres días hábiles la respuesta de la dependencia encargada. Así pues, siguiendo el protocolo, Andrés envió una serie de diez fotografías a blanco y negro tomadas desde diferentes ángulos. Quería que se percataran de la magnitud del golpe, dándole un aire siniestro a cada uno de los retratos. Incluso, subrepticiamente, también quería transmitir un segundo mensaje. Por eso Thomás aparecía recostado a la pared, debajo de un póster de la película Kill Bill.
—Golpearon a Thomás —dijo Andrés.
Ravagli contestó la llamada. Luego, con voz de preocupación, se escuchó la voz de Ana María:
—¿Qué pasó?
—Lo que le dije a tu asistente —le dijo Andrés, sarcástico.
Ravagli soltó una carcajada. Al parecer, la llamada estaba en altavoz.
—¿Puedes dejar ese tonito para otro momento? Mejor cuéntame cómo está el chiqui.
—Tiene el ojo izquierdo morado, pero dice que quiere ir mañana a la escuela. Fue el mismo niño que lo golpeó ayer.
Andrés y Ana María se conocieron en la Librería Roma. Ella buscaba los poemas completos de Emily Dickinson y él una novela de Kurt Vonnegut sobre la Segunda Guerra Mundial. Eran tímidos, pero se saludaron mientras revisaban los anaqueles, hurgando aquí y allá, sin poder encontrar los libros que necesitaban. Empezaron a mirarse y a responderse con sonrisitas estúpidas. Después de un rato, Ana María rompió el silencio: ¿Sabes dónde se encuentran las obras de Dickinson? Buena poeta, respondió Andrés, pero no tengo ni idea de dónde está. Luego, agregó: Los libros son escurridizos como los peces. Sobre todo en este lugar. Mira: montones y montones de tesoros abandonados. Si pudiera, no dudaría en llevármelos todos. ¿Qué buscas?, preguntó de nuevo Ana María.
Por esa época, Andrés estaba a punto de graduarse del pregrado y trabajaba como periodista cultural para un medio local que le pagaba unos cuantos pesos por artículo publicado. Estudiaba una licenciatura en filología hispánica, destacándose entre sus compañeros por su rendimiento académico, pero en el fondo no quería ser profesor, sino alguien que se dedicara por completo a la escritura. El dinero no le importaba, aunque viviera, como entonces, en uno de los barrios más pobres y más peligrosos de la ciudad de Pereira. Solo soñaba con convertirse en escritor. Ana María, en cambio, recientemente había terminado de estudiar un doctorado en economía. Residía en una casa campestre y trabajaba para una empresa con apertura internacional. A pesar de esto, sus notables diferencias no fueron un impedimento entre los dos. Pronto se enamoraron y pronto decidieron casarse.
Vengo por algo bastante alejado de Amherst, Massachusetts, respondió Andrés. Ana María sintió interés al escuchar que el tipo de chaqueta negra y cejas pobladas conocía a su poeta favorita. Vonnegut, agregó Andrés. Matadero cinco, su obra más importante, según mi profesor de Literatura Contemporánea. Dice que me van a gustar mucho sus puntos de vista sobre la guerra. La conozco, dijo Ana María. La leí el año pasado. ¿Sí?, preguntó Andrés, interesado. Sí, sí. Es buenísima. Te va a encantar. No vas a dejar de leer una vez empieces. ¿Vamos por un café?, le propuso Andrés. ¿Qué dices? Ana María lo dudó por un momento. No quería salir con nadie. Antes de su regreso a Colombia, su expareja le había roto el corazón. Pero también pensó que un café no tenía nada de malo. Vamos, dijo finalmente.
—Dime que hablaste con la coordinadora de convivencia escolar —dijo Ana María.
—Por supuesto.
Ana María eligió guardarse lo que estaba pensando, pero consideró importante hacerle una advertencia:
—Ni se te ocurra armar otro escándalo.
Andrés guardó silencio. Luego, contestó con plena seguridad:
—No te preocupes, doctora. Todo está bajo control.
—¿Sigues enojado?
Ravagli interrumpió la conversación para anunciar que iba a la terraza por un cocktail.
—Dime una cosa: ¿cómo se llama tu expareja? Nunca me contaste.
—Sé a dónde apunta tu pregunta, pero déjame decirte que no es Ignazio. Mejor pásame al chiqui.
Después de dos días llegó la respuesta de las directivas de la escuela. Sin embargo, la coordinadora de convivencia escolar respondió con indulgencia a su reclamo, informándoles que por el momento no era necesaria una reunión personal para tratar el tema, pero que haría todo lo posible porque los niños hicieran las paces y se reconciliaran. Les recordó, además, que en esa institución educativa el castigo no era la principal solución a los conflictos. Incluso, adjunto a su mensaje, les dejó un versículo de la Biblia donde decía algo al respecto: «Soportaos unos a otros y perdonaos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Colosenses 3:13». La cita cerraba con un emoticón de unas manitas en signo de oración y, enseguida, un enlace de video donde un cardenal encolerizado profesaba uno de los libros del Antiguo Testamento.
—¿Leíste el mensaje que envió la coordinadora? —preguntó Ana María.
—Sí, lo leí esta mañana.
Nuevamente se escuchaba el sonido de acordeones y los gritos de hombres y mujeres que celebraban al son de la música vallenata. La voz de Ravagli también se escuchaba entre el jolgorio.
—¿Qué hacemos? —preguntó de nuevo Ana María.
—Estoy pensando en ir a la escuela a tratar este asunto personalmente. No me parece nada justo lo que está sucediendo.
Después de un silencio, el mismo tipo de silencio que se venía prolongando entre los dos desde el primer día del viaje, Andrés preguntó:
—¿Otra vez estás de fiesta?
—Andrew —le contestó Ana María, sin querer iniciar una discusión—: Estás in-so-por-ta-ble. Besos al chiqui. Bye.
La reconciliación que sugirió la coordinadora fue un fracaso. Por tercera vez, Thomás llegó a casa golpeado. En esta ocasión, el niñocaradetoro, junto con un grupo de compañeros igual de embarnecidos, le pegó un puñetazo en el ojo derecho. Por un momento, el impacto del golpe lo dejó desorientado, casi inconsciente, como los boxeadores cuando se tambalean al ser noqueados. Thomás era un niño tranquilo, frágil y lo bastante delgado como para que el roce de una rama lo hiciera perder el equilibrio. El caso es que ninguno de sus amiguitos se atrevió a detener al agresor. Las maestras tampoco pudieron impedirlo, pues el pequeño maleante eligió un punto ciego para concretar su delito. Como la vez anterior, esperó con paciencia la hora de salida, donde las autoridades no pudieran intervenir en el plan que había orquestado con sus secuaces. Entonces, cuando estaba seguro de proceder, lo agarró por el cuello y lo levantó del suelo como si estuviera levantando una almohada. Luego, mientras sus ojos enrojecidos parecían salirse de sus concavidades, le lanzó una amenaza propia de un presidiario: «La próxima vez te va a ir peor».
Andrés decidió ir a la escuela al día siguiente. Pero en vez de dirigirse a la oficina de la coordinadora, fue directamente a buscar al niñocaradetoro. Por suerte, se encontraban en uno de los descansos. Así que, mientras jugaba con su grupo de seguidores, se acercó y lo tomó del brazo, arrastrándolo hacia uno de los árboles que los ocultaba del encuadre de las cámaras. Lo sujetó de su camisa y lo amenazó con cortarle la cabeza si continuaba matoneando a su hijo. En realidad, solo pretendía asustarlo, con el ánimo de terminar el karma que era para su primogénito el solo hecho de asistir a clases. Sin embargo, en cuestión de segundos, se vio rodeado por los guardias de seguridad, los maestros y un grupo de religiosas que hacían parte de la comunidad educativa. La más senil lo apuntaba con un crucifijo, como si tuviera en frente al mismísimo ángel de las tinieblas. Los estudiantes se reían de la escena mientras grababan con sus teléfonos móviles el desenlace de la crónica del día. Finalmente, la rectora intervino y le exigió que se retirara de inmediato.
—Andrés: nos vemos en una hora en el aeropuerto. No lleves al chiqui —le dijo Ana María, sin dejar que respondiera una sola palabra antes de terminar la llamada.
Andrés supo que su esposa estaba al tanto de lo sucedido. Lo mejor, pensó, sería que cuidara bien sus palabras antes de que fuera demasiado tarde. Aunque tenía razones para sospechar que su mujer lo engañaba, no quería que su relación se siguiera resquebrajando. A lo mejor sus sospechas solo eran invenciones suyas, alimentadas por la lectura y por el estrés que le causaba la mala racha que atravesaba en esa etapa de su vida. Bajaría la guardia y se enfocaría en buscar una solución al problema más importante en ese momento. Sin embargo, si bien aceptaba su equivocación, también tenía que encontrar la forma de que el matoncito dejara en paz a su hijo. No iba a permitir por nada del mundo que se repitiera la historia que él mismo vivió cuando era niño.
Ana María llegó dos horas después de la hora indicada. El vuelo se había retrasado por una fuerte tormenta que les impidió despegar como estaba previsto. La acompañaba Ravagli, quien dejó de abrazarla y de sonreír cuando se encontraron con Andrés. Luego, sin intercambiar palabras, se dirigieron al parqueadero. «Nacho va con nosotros», fue lo único que dijo. Los viajeros giraban sus cabezas al verla pasar, pues lucía una blusa transparentada que dejaba entrever la aureola de sus pezones. Andrés se atrevió a decirle un cumplido, pero Ana María lo ignoró por completo. El enojo era evidente. De modo que, mientras se desplazaban hacia el apartamento de Ravagli, pidió que hicieran una parada en el supermercado. En cuanto entraron, fue inevitable que empezaran a discutir:
—Teníamos que hacer algo. No podía permitir que ese bandido siguiera causándole daño a nuestro hijo.
—Por supuesto que te-nía-mos que hacer algo, pero ¿golpear a un niño? Eso es demasiado.
—No lo golpeé.
La pareja de ancianos que se encontraban a su lado, empezó a incomodarse por la discusión.
—Estuviste a punto de golpearlo, me informó la rectora. ¿Imaginas lo que hubiera sucedido? ¿Lo imaginas?
—Sí, es cierto: perdí el control.
—Claro que perdiste el control. ¿No te das cuenta? Estás llamando bandido a un niño.
—Lo es, Ana María. Así actúan los bandidos.
—Olvidaba que eras experto en ese terreno. De hecho, te comportaste como un bandido. ¿En qué barrio es que vivías?
—¡¿Qué?!
Uno de los guardias apareció al final del pasillo. Los miró y dijo algo por el radio portátil.
—¿Sabes en qué lugar estarías donde los papás de ese niño no hubieran aceptado mis disculpas? En la cárcel, Andrés. En la cárcel.
—No exageres. Y perdóname, pero ellos son los que debieron pedirnos disculpas. ¿No has visto en las fotografías que te envié cómo está Thomás? Lo dejó como un mapache.
Ana María lo miró como si mirara a un desconocido. No podía creer los alcances que había tomado la situación durante su ausencia. Sin embargo, a pesar de su enojo, reconocía la impotencia y la frustración que sintió su esposo al intentar resolver el problema siguiendo el conducto regular. Lo que no justificaba su actuación ni, mucho menos, el nivel de paranoia que se evidenciaba en su discurso cada vez que discutían sobre ese tema. La asustaba ver en sus ojos estrábicos la mirada de un loco. Cuando expresaba sus argumentos acerca del modus operandi del matoneo en las escuelas, el rostro se le desencajaba, como si fuera un pastor cristiano convenciendo a sus fieles sobre la importancia de ofrendar el diezmo. También se colocaba de pie y abría sus brazos, moviéndolos en todas direcciones, una y otra vez, hasta que cesaba su ímpetu por aclarar la manera como se comportaban esos «bandidos». Verlo así era como ver la fotografía de su escritor favorito, donde este, con sus ojos abiertos, muy abiertos, apunta a la cámara con un revolver plateado. «Onetti», le dijo en la primera discusión que tuvieron al respecto. «Mira —enseñándole la fotografía que reposaba en su escritorio—: te pareces a Onetti».
No era la primera vez que pasaba algo así. Antes de mudarse a la capital, en la escuela anterior, Andrés había hecho un escándalo por una situación similar. Los niños solían burlarse del estrabismo de Thomás. Le decían «Bizcorneto». Entonces, como ahora, en aquella ocasión intentó seguir el conducto regular: primero, comunicarse con la directora de grupo; segundo, mediar con la coordinadora; y, por último, buscar una solución con la rectora. Pero las respuestas que recibió en cada dependencia, fueron tan inútiles como sus intenciones de resolver el conflicto de forma pacífica. Finalmente, el comité disciplinario le sugirió que buscara un psicólogo que ayudara a su hijo a afrontar ese tipo de circunstancias, pues sus «ojos dislocados» eran un problema congénito con el que debería luchar a diario. Esto lo hizo salir de casillas. De manera que, en medio de la sala de reuniones, les dijo a los presentes que eran una manada de hijueputas. Además, iracundo como estaba, les gritó que se metieran su lema por el culo. Para ese momento, los guardias de seguridad de la escuela ya lo habían tomado de los brazos, llevándolo a la fuerza hacia la salida. «Aquí no educan en el amor para el servicio, aquí educan para formar a criminales», fue lo último que escucharon mientras forcejeaba por los pasillos donde estudiantes y maestras miraban la escena desconcertados.
—¿Exagero? Definitivamente estás mal de la cabeza —dijo Ana María, al tiempo que agregaba compulsivamente paquetes de verduras al carrito de mercado. Los labios le temblaban de la ira.
—Bastante. Estoy loco como el Quijote.
Ravagli, en medio de los dos, hacía esfuerzos por no reírse.
—Deberías de ponerte a trabajar en algo útil.
—¿Crees que no es útil lo que hago? —le preguntó Andrés. Ahora serio, con las cejas inclinadas, esperando la respuesta a una pregunta que consideraba el centro de su vida.
El guardia apareció de nuevo, acompañado por uno de sus colegas. Les solicitó que se retiraran del lugar.
—¿Sabes, Ignazio? —dijo Ana María, sabiendo que sus próximas palabras serían un dardo, una punzada, algo filoso como un cuchillo—.Tú tienes razón: no sé por qué me casé con este tipo.
Después de esa última estocada la discusión se terminó. Andrés, agobiado por la densidad de los últimos acontecimientos, quiso dormir esa noche con su hijo. Estuvieron viendo videos de defensa personal y de lucha libre mexicana. Luego, para amenizar la velada, vieron una película acerca de un niño que encuentra un dragón al que llama Chimuelo. A la mañana siguiente, como de costumbre, Thomás se despertó y le dijo a su padre que quería ir a la escuela. «¿Estás seguro que quieres ir así?», le preguntó Andrés, preocupado por las dos manchas ennegrecidas que resaltaban alrededor de sus ojos. «Sí, quiero ir a clases, papá. Soy un niño valiente como Hipo», dijo con seguridad. De manera que prepararon su uniforme, su lonchera y se sentaron en el zaguán de la casa a esperar la ruta escolar. Antes de subir al autobús, Andrés le pasó un paquete de manera misteriosa, indicándole que lo utilizara solo si era necesario. Thomás respondió afirmativamente con un gesto de cabeza y se despidió dándole un fuerte abrazo. «Espero que tengas un excelente día, pequeñín», le dijo Andrés desde la acera. Sin embargo, después de dos horas, recibió una llamada de parte de la escuela.
—Buenos días, señor Andrés. Le habla la Hna. Rosalbina, la coordinadora de convivencia escolar de la escuela Los corderos del Señor. Lo llamo a usted porque su esposa no responde al teléfono. ¿Cómo está el día de hoy?
—¿Le pasó algo a mi hijo?
¿Lo habían golpeado de nuevo? ¿Estaba herido?
—No se preocupe. Su hijo se encuentra bien, pero uno de sus compañeros resultó lesionado en medio de una pelea.
El tono amable y ceremonioso del inicio había desaparecido.
—No comprendo.
¿Acaso se había defendido de su agresor?
—Su hijo electrocutó con un táser a uno de sus compañeros. Le pido que por favor se acerque cuanto antes a la institución. Entenderá que es una falta grave que debe ser atendida de inmediato.
Era una mañana espléndida. El sol empezaba a salir entre las montañas, iluminando suavemente los techos de las casas, todavía húmedos y cubiertos por la neblina con la que había iniciado el día. A lo lejos, sobre la sabana, una bandada de garzas africanas se desplazaba hacia la zona de los lagos deportivos. Andrés sentía que una súbita corriente de felicidad recorría todo su cuerpo. Entonces, por un momento, pensó que sería buena idea ir a pescar el fin de semana con su hijo. Le enseñaría cómo ensartar un anzuelo, qué tipo de carnada debía utilizar y, sobre todo, los siete secretos que un buen pescador necesitaba conocer. Luego, emocionado por lo bien que seguramente la pasarían, dio media vuelta a las llaves del auto, sujetó con firmeza el volante y pisó el acelerador hasta el fondo.

«Paternidad» es el primero de los siete cuentos que conforman Todas las cosas que nunca nos dijimos, el libro con el que el escritor pereirano Jhonattan Arredondo Grisales ganó el XXIII Concurso Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán en 2025. El jurado estuvo compuesto por Carlos René Padilla, Eduardo Otálora Marulanda y Luisa Noguera Arrieta, y en el acta que suscribieron destacaron que «el libro presenta una estructura sólida, en la que los cuentos dialogan entre sí, manteniendo una propuesta estilística consistente a lo largo de toda la obra; además, valoraron el buen manejo del contexto y los tiempos en cada historia, así como la construcción cuidadosa de los personajes, lo que en conjunto genera una cercanía especial con el lector».
La expresión del jurado de acuerdo con la cual «los cuentos dialogan entre sí», puede prestarse para equívocos. En realidad cada cuento es autónomo y los protagonistas de cada relato no aparecen como personajes secundarios en los otros. Pero sí hay conexiones evidentes: se trata de cuentos que ahondan en los silencios familiares, en las cosas que cuesta expresar, en lo difícil que es la comunicación entre las parejas y las distintas caras que tiene la traición.
El telón de fondo en varios relatos es Pereira y Dosquebradas: sus avenidas, su paisaje, sus centros comerciales y sus barrios están presentes en estas páginas, contemporáneas y universales.
El autor y la periodista bogotana Laila Abu Shihab conversarán esta tarde sobre este libro. La cita será a las 2:00 p. m. en el salón Pueblo Rico, de Expofuturo, en el marco de la Feria del Libro de Pereira.
Todas las cosas que nunca nos dijimos
Jhonattan Arredondo Grisales
Gobernación de Norte de Santander – XXIII Concurso Nacional de Cuento Jorge Gaitán Durán
2025
126 páginas
ISBN: 978-628-973-96-1-9
