Lluvia sobre las heridas: el otro rostro de la tragedia

Todas estas sensaciones atraviesan hoy a una ciudad en la que más de 110.000 personas nos quedamos con poco o, en muchos casos, con nada.
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Lluvia sobre las heridas: el otro rostro de la tragedia

“I wanna know, have you ever seen the rain?
I wanna know, have you ever seen the rain
Comin’ down on a sunny day?”

Creedence Clearwater Revival

Pasar por algunas zonas céntricas o periféricas de la Perla del Otún se ha convertido irremediablemente en una oda a la nostalgia, una evocación de un pasado cercano que se desvaneció a cuotas y que definitivamente, la última de ellas, no sabremos cuando se ajustará a su acreedor. Caminar sus calles de un lado al otro, con la certeza que nada nuevo sucederá mientras la tierra no ruja, es la continuidad de la melancolía reflejada en lo incierto, que los ladrillos o muros que penden de un suspiro no caigan al vacío sin dirección y vuelvan la vida más frágil de lo que hoy la sabemos, la vivimos e incluso, la morimos.

Es típico en las correrías habituales de una comarca como lo es Pereira, pasearse por las vías y muy especialmente por los andenes diseñados para los peatones, hoy convertidos en trampas mortales y unos tantos en repotenciación de la economía local, figurarse lo que fue pasado y hoy es un presente gris y lleno de preguntas sin respuestas sobre lo que viene: caminar significa evocar, recordar que en este lado se compraba la carne para una buena comida, en este otro se pagaban los servicios y en este de acá, lo utilizábamos como parqueadero usual.

Todas estas sensaciones atraviesan hoy a una ciudad en la que más de 110.000 personas nos quedamos con poco o, en muchos casos, con nada. Una cifra que, traducida a porcentajes fríos y desprovista de cualquier dimensión humana, representa casi el 25 % de la población. Pero detrás de esos números hay mucho más que pérdidas materiales: hay miedos, incertidumbres y, sobre todo, un profundo resentimiento hacia una naturaleza que pareció —y todavía parece— ensañarse con nosotros; una fuerza empeñada en destruir lo que queda en pie, en terminar de derrumbar nuestras certezas y en recordarnos, con furia e ímpetu desmedidos, que tal vez reclama para sí el espacio que alguna vez ocupamos creyendo que nos pertenecía.

Cada vez que se pasea por el centro, entre las calles tradicionalmente comerciales en la perla que hoy perdió su brillo, es decir, calles catorce y veintitrés y carreras quinta a la décima, es transitar entre escombros, espacios apoderados de un concreto arenoso y penetrante, ruidos ajenos y prestados, almacenes improvisados afuera de estructuras evacuadas; es esquivar la tristeza del que sufre porque perdió su inversión, es ahuyentar el abatimiento de un nuevo comienzo y sencillamente es creer que lo que nos pasó, ojalá no se vuelva a repetir.

Si sobrevivir a un terremoto ya es una prueba capaz de ponerles los pelos de punta hasta a los más osados, convivir con el polvo, los escombros y las edificaciones debilitadas, mientras se soporta un ingrediente adicional que se ha ensañado con la ciudad durante las últimas dos semanas, es una experiencia que roza los límites de lo soportable. Hablo del agua que cae de un cielo que parece recoger el llanto de los pereiranos y la furia de su tragedia para descargarla, con despiadado ensañamiento, sobre una ciudad herida, particularmente sobre aquellos sectores que hoy se encuentran en mayor condición de vulnerabilidad.

Es, sin duda, el purgatorio en su expresión más plena, una escena dantesca que parece alcanzar el clímax de su horror. En semejante escenario, los siete pecados capitales —soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula y lujuria— parecen simples golosinas frente a la ferocidad de un viento que arremete sin clemencia y arrasa cuanto encuentra a su paso, y que, acompañado de lluvia y descargas voluminosas de agua, nos llevan a tapar las heridas con ese líquido vital. Inundan de agua casas, pero además inundan de desespero y frustración a los que la habitan.

En los últimos días es frecuente ver imágenes en redes sociales de lugares en Pereira que han recibido el embate de una lluvia tropical, con vientos fuertes y precipitaciones que parecen contratados por cualquier especialista de efectos especiales de Hollywood. Esto, sumado a edificaciones con conceptos de restricción por parte de organismos de riesgo, hacen que la tragedia se multiplique, se profundice y termine agotando de manera rápida, la esperanza y la paciencia con la que se puede reedificar una ciudad que ha sabido levantarse mínimo de tres episodios asociados a un sismo de magnitudes superiores: 23 de noviembre de 1979, 8 de febrero de 1995 y 25 de enero de 1999.

La lluvia en su metáfora de fluidez, como me lo recordaba un gran escritor pereirano, es la puerta de entrada a la certeza de su poder, a la autoridad de su corriente y a la fuerza con la que cae. La lluvia y por lógica el agua, fluye sin cesar, cae, se moviliza, se evapora, se almacena y vuelve a desplomarse, no sin antes darnos cuenta que no es la misma, se transforma, y acá, en el centro occidente del país, si que ha vulnerado la condición de metamorfosis urbana, en su afán de desprenderse, abre zanjas de tristeza y ríos de impotencia cuando se combina con las secuelas de un terremoto.   

Lluvia sobre las heridas: el otro rostro de la tragedia
Calle 18 entre Carrera 10 y 11

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    Manizales, 10 de agosto de 1983. Docente de ciencias sociales desde el año 2008 hasta el año 2024. Después de ese año, coordinador de las instituciones educativas Alfredo García – Pablo Emilio Cardona, de Pereira. Licenciado en Ciencias Sociales y Magister en educación de la Universidad de Caldas y docente catedrático de algunas universidades de Pereira.

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