Tengo una amiga a la que amo con todo mi corazón que es catoliquísima. No digo católica, porque es más que eso. Ella, según me ha explicado, tiene una relación personal con su Dios; digamos con Dios y hablemos de Él en mayúsculas, para que todos tengamos claro de qué estoy hablando. Él le habla, ella lo escucha, conversan. Ella oye su mensaje y Él le dice, entre otras cosas, que yo, que no soy creyente, no soy una mala persona, sino lo contrario. Que no creer en Él no me hace de inmediato una perdida o una pérdida, y que tengo actos de bondad que son más testimoniales de Su amor por nosotros que los de muchos católicos. Me quiere mucho y eso explica tantos halagos, pero no deja de llamarme la atención esta mirada tan compasiva que ella tiene conmigo. Es la mirada que yo esperaría de cualquiera que siga las enseñanzas de Jesús: ama al prójimo como a ti mismo.
Si hay algo del catolicismo que vale la pena rescatar es esa idea del amor radical. “Un mandamiento nuevo nos da el Señor, que nos amemos todos como nos ama Dios”, dice la canción. Según la Biblia esta fue la manera en la que Jesús iba por el mundo. Jesús, una figura histórica que, a diferencia de su Padre, dejó rastro de su existencia en este mundo. Un señor que iba por ahí compartiendo con pecadoras y pecadores, con prostitutas, con ladrones, con los vagos del mundo. Un señor que dio su vida por la humanidad, sin importar si se trataba de gente de bien o personas de la comunidad LGBTIQ+. Un hombre que se supone que es el ejemplo que deben seguir quienes creen que Dios existe.
No pasa eso. Hoy estamos ante católicos y cristianos que esgrimen la Ira Divina para ir en contra de quienes no son como ellos, o peor, en contra de lo que ellos mismos son, pero a escondidas, porque es lo que conviene políticamente. Abelardo de la Espriella dice que desde la libertad individual se ha impuesto “un modelo de colectivos, denominaciones, siglas y grupos concentrados en la promoción del relativismo moral” y que “vamos a acometer una lucha abierta, decidida y patriótica contra el wokismo*”, mientras que personas con familiares diversos y que se llaman a sí mismos católicos o cristianos, celebran esto. ¿Cuál es el amor que sienten por los suyos?
Emprender luchas contra los homosexuales y las personas trans, en contra del lenguaje que reconoce a las niñas, en contra de los derechos sexuales y reproductivos, en contra de la historia diversa del país, además de que convenga políticamente para ganar votos dentro de los grupos más radicales de conservadores no puede ser el discurso que compre la mayoría, que yo confío y creo, son personas moderadas. Tengo la esperanza de que las personas que conozco, que votaron por este proyecto político, sobre todo rechazando los errores del gobierno anterior, no quisieran ver eliminadas de la sociedad a otras personas que ellos mismos aman o dicen que aman. El abuelo que tiene una nieta bisexual, el tío que tiene una sobrina feminista, no creo que quieran vernos desparecer, vernos atemorizados de escribir o de hablar en público sobre lo que son nuestras ideas, nuestra forma de pensar o de amar.
Sobre esta lucha en contra de lo que esta derecha radical que nos gobierna llama “ideología” o “ideología de género”, o wokismo, el editorial del 20 de octubre de El Espectador lo dice con claridad: “Lo que no cuentan, y esta es la falta a la verdad que cometen, es que su propio proyecto es uno de adoctrinamiento ideológico, donde se pretende imponer una visión única sobre Colombia, sus ciudadanos y sus expresiones culturales”. Abelardo de la Espriella no es Álvaro Uribe y por eso espero que no despierte el mismo tipo de fervor, espero que pueda ser observado por sus votantes críticamente sin apasionamientos.
Cuando mi amiga catoliquísima habla de esto, de estas personas que dicen que aman, pero en realidad odian, personas que nos alejan a muchos de lo que ella reconoce como el amor de Dios, se refiere a ellos como gente antitestimonio y a mí me gusta esa palabra, me gusta saber que la religión católica tiene el concepto para definir esta deshonestidad intelectual y esta hipocresía. Eso y el papa señalando y criticando la avanzada del fascismo en el mundo, representado por gobiernos como el que tenemos, es lo único que me da esperanza de que los católicos moderados de acá puedan recapacitar y dejar de votar por malvados que instrumentalizan la fe para vaciar al Estado de su sentido y de su dinero, mientras se señalan a sí mismos para ponerse de buen ejemplo.
*El wokismo es un concepto que surgió en los años 30 del siglo pasado asociado a las causas antirracistas. “Stay woke” (mantente despierto) era una manera de decir que había que abrir los ojos frente a las formas que toma el racismo, verlas, detectarlas. A raíz del movimiento Black Live Matters (las vidas negras importan) el término volvió a usarse y se extendió a otras causas feministas y de comunidades diversas que luchan por los derechos civiles y la igualdad. Decir hoy que alguien es woke es afirmar que reconoce las formas que toma la discriminación.