Vengo a recomendarles Finnegans Wake, la novela experimental escrita por James Joyce a lo largo de unos diecisiete años y publicada en 1939. La novela es difícil de leer porque fue escrita en parte con palabras que Joyce inventó, muchas de ellas compuestas de fragmentos de distintos idiomas pero que se las arreglan para componer un libro que, digo yo, tiene buenos efectos en el ánimo y la atención.
En una descripción burda, un libro es un conjunto finito de páginas con renglones hechos de letras, espacios y símbolos. Las personas pasan los ojos por todas las páginas del libro, renglón por renglón, hasta dar con el final de las letras o símbolos; a su paso, los ojos codifican la información percibida y la envían al cerebro, que vaya usted a saber qué hace con eso, pero que en últimas entiende lo suficiente como para comunicarlo a otras personas, para regocijarse o entristecerse, para valorar las bibliotecas, para motivarse a escribir más libros. A esta operación, simplificada en mi descripción grosera, se le conoce como «leer un libro».
Finnegans Wake es un libro que no puedo decir con verdad que leí, si por leer entendemos algo así como lo que escribí más arriba. Con la ambición de origen enigmático de algún día poder decir con verdad que lo leí, adquirí un ejemplar de una traducción al español en la librería Libélula de Manizales hace varios años, ejemplar que ha paseado conmigo por distintas geografías. Después de pasar suficiente tiempo con ese ejemplar, y de varios intentos de mis ojos y mi atención de darle una leída, he acumulado suficientes impresiones como para ponerle mi sello de libro recomendado. Me respaldo en las observaciones siguientes.
La primera: la versión en español es un monumento a la dedicación y paciencia del traductor, lo que sirve de aliciente y referencia para quienes todavía no conocen suficiente inglés para dejarse acompañar por el original. Pero la traducción no puede acompañarlo a uno en el camino completo, porque el libro en cuestión tiene gracia por la música y el ritmo del inglés con que lo escribió James Joyce. Es buena idea entonces tratar de escucharlo en inglés en una de las grabaciones gratuitas disponibles en línea y proponerse hacer a un lado la traducción en algún punto, en algún intento de lectura posterior, cuando uno ya pueda andar esos trechos con soltura.
La segunda es que mi recomendación de este libro no tiene la base narrativa que tienen las recomendaciones de libros de espías, de ficción histórica o incluso de los más extravagantes subgéneros de fantasía. Finnegans Wake funciona por los efectos benéficos y placenteros que causa en cierta especie de lector abierto al enigma. Por razones entendibles, dejarse afectar por un libro de música enigmática no hace parte de la disposición de todos los lectores; algunos necesitan anclas narrativas: de qué va la historia, quiénes son los personajes, cuál es el conflicto central, cuál la moraleja, etcétera. Esas cosas están ahí, y algunas buenas guías incluyen descripciones narrativas del libro, pero la gracia del libro se encuentra en otros tejidos. Lo mismo vale para quienes busquen razones teóricas o filológicas o morales para leer el libro: esas cosas están ahí, pero no son la gracia principal.
La última cosa que observé es que la exigencia de Finnegans Wake es la de pensar la lectura con un modelo distinto al del consumo de páginas y renglones. Por el modo en que el libro está escrito, la exigencia a la atención es más radical que la lectura de otros libros difíciles y una pretensión de comprensión es un obstáculo para encontrarle la gracia. Muchos otros libros tienen una gracia similar, porque juegan con la ambigüedad del lenguaje y con su música, suscitan confusión y permiten muchas interpretaciones. La diferencia es que esos libros permiten también que uno los recorra con atención de la primera a la última palabra y pueda decir con verdad que los leyó. Con Finnegans Wake no pasa lo mismo, porque la primera y la última palabras conectan para crear un círculo, y porque le exige al oído tanto como le exige al ojo, lo que hace difícil asegurar que pasarle los ojos con atención sea suficiente.
Quizás la exigencia no sea la de abandonar la pretensión de comprensión, sino la de pensar la interpretación cuidadosa como una tarea más urgente y generalizada, que no está restringida solo a los libros. Si los lectores nos habituáramos con Finnegans Wake a soportar la falta de sentido por un rato, podríamos apreciar que la dificultad de la lectura viene de la misma dificultad de la interpretación, que es algo que aparece en paisajes, en cuerpos, en conversaciones, en fenómenos históricos, y también en textos. Si quisiéramos, podríamos atravesar la dificultad con un oído abierto y unos cuantos filtros apropiados contra el ruido.