Cada ciudad tiene sus marcas e improntas, más sus símbolos e historias, sus tensiones y desafíos. Pereira fundada con principios libertarios y que conserva un Bolívar desnudo en su plaza principal, más una serie de hechos tan figurativos como la fuerza de la mujer, el hecho de ser ciudad de paso y cruces, albergar una milenaria cultura como la Quimbaya, la Pijao, Umbra y entre otras como la palenquera, es un crisol, según dice Guillermo Castaño y se puede vivenciar al pasar por cualquiera de sus calles o pasajes. Salta el chontaduro en una esquina, o se puede comer pandebono valluno, de igual modo tamal tolimense o degustar unos frijoles muy a lo local. La ciudad es muchas y una a la vez.
Más que esculturas o símbolos —que los tiene— Pereira es una ciudad para sentarse a escuchar, ahora un tanto atribulada por el ruido de las máquinas que remueven escombros y van dejando huecos y espacios donde antes vivieron personas que hicieron comunidad o que terminaron por coincidir. Por eso la película que hicimos junto al cineasta Diego Espinosa, es un homenaje a una de las tantas formas de habitar desde geografías distintas y de personas muy comunes, ese vacío de ya no estar o de hacerlo con las grietas a cuestas.
El estreno mundial del largometraje se hizo en las ruinas, una ciudad resquebrajada por un terremoto que sacudió las estructuras, menos las del poder y mucho menos las de la capacidad de sus gentes. Es una película que se cuenta no desde sus grandes acontecimientos, ni desde las postales con las que suele representarse, sino desde siete personas que la viven, la recorren, la recuerdan y, de alguna manera, la inventan todos los días. Debajo del portentoso cable del Megabús en el parque Olaya Herrera, más de cien personas, con la juntanza de varios cine clubes —como parte de una estrategia de comunión de voluntades para que el séptimo arte no parara dado que no quedaron salas de pie— que la promovieron, pudieron ver con nostalgia algunos de los lugares que ya no están por que se derrumbaron.

Luego se hizo otra función en el barrio Sinaí 2 en Cuba, en donde convergen dos de los protagonistas: el que luchó toda la vida por un techo para la comunidad: Sinaí Giraldo —que ya no nos acompaña de manera física al haber partido— y a quien la película homenajea, y Danny Ledesma, un cantante de música popular, quien además de ser un emulo de Darío Gómez tiene sus propias canciones como A nada me apego.
Siete habitantes. Siete historias. Siete maneras de estar en el mundo. Jhonwi Hurtado escribe sobre las Auri Rojas, una fuerza de mujeres que alienta al deportivo Pereira. En medio de ese gancho, se va mostrando la ciudad de Pereira como la protagonista. Aparece don Guillermo Castaño, uno de los fundadores de las escuelas campesinas agroecológicas y que recuerda que este es un lugar de herencias y encuentros desde lo cultural, y por tanto, la nombra como multicultural. Luego también se encuentra el tema de la migración con Gloria, quien vive con su hija. Daniela Salazar es custodia de semillas y su vida la ofrenda para el rescate de plantas que borró el comercio hegemónico, y se desenvuelve en la recuperación de espacios para volverlos productivos en alimentos. La película se involucra en la vida de siete habitantes, como Liar, Johana Guerra, quien no sólo fue la primera mujer trans en ocupar un espacio en lo político y que además como en cualquier otra ciudad, se hace un espacio de dignidad.

La película parte de una pregunta aparentemente sencilla, pero cinematográfica: ¿cómo contar una ciudad a través de su gente? Y una serie de inquietudes. Fue el pensador Hugo Ángel Jaramillo quien le diera a Pereira un sentir de vivirse como un espíritu de libertad, por eso en conjunto con Diego la bautizamos como Un lugar de libertad. El poeta Luis Carlos González le profirió un rótulo que es la querendona, trasnochadora y morena. Con Carlos Arturo Caro (qepd), discutíamos como ese imaginario era necesario resignificarlo por lo que implica, es también una sociedad del conocimiento, de los intercambios, como lo decía Luis Alberto Ossa, acá el tope o topar, ha sido una práctica muy nuestra: ir por los invitados hasta un lugar de límite. Acá seguimos topando sin importar las diferencias.

La película no ofrece una única sobre la definición de Pereira, sino en sus rostros, en sus voces, en sus gestos cotidianos, en las pequeñas historias que muchas veces pasan inadvertidas y que, sin embargo, contienen la memoria de una comunidad, abre para que muchas más historias se relaten. He mencionado que Diego, el cineasta, luego de hacerse un lugar como uno de los directores de cine en Colombia y de virar hacia Bogotá, decidió dar su lugar de libertad y realizarlo desde Pereira —su sitio natal— con todas las dificultades que eso supone dado que en el Eje cafetero adolecemos de una industria. Ya van más de cinco películas hechas por él en el contexto, al romper una cifra que solo hablaba de dos o tres en toda su historia como la de Nido de cóndores (1926) y Los asombrosos días de Guillermino (2016). Ahora además está Lluvia (2019), Ficciones sin futuro (2026) y vienen Soitamá, Postales borrosas del tiempo, Sopinga y una serie de producciones que se enmarcan en la región. Varias de ellas las he escrito, y otras Jaime Andrés Ballesteros. Así que Diego encontró el modo de tener su lugar de libertad en el cine desde Pereira.

Diego Espinosa ha dedicado buena parte de su trayectoria a mirar el territorio desde el cine. En esta ocasión, su cámara vuelve sobre una ciudad que conoce desde la infancia y que ha querido narrar desde adentro. El proyecto nació hace años y fue tomando forma hasta convertirse en la primera parte de una trilogía dedicada a la ciudad y a lo que el director denomina el “alma urbana”.
Pero Pereira no aparece aquí como un simple escenario. La ciudad respira. Se encuentra en las calles, en los barrios, en las conversaciones, en las formas de reunirse, en las músicas, en las pasiones, en las luchas comunitarias, en las maneras de celebrar y también en los modos de resistir. Por eso las siete historias que atraviesan la película funcionan como pequeñas ventanas abiertas o de mediaciones sobre una ciudad mucho más compleja de lo que suelen contar sus lugares comunes.

Una ciudad es el territorio que aparece en los mapas, aunque también es aquello que sus habitantes recuerdan, aquello que defienden, sueñan, tienen de ausencias, logran instalar como un estilo de vida, lo que recuperan, anhelan, como que el Depor sea un equipo de menos frustraciones o que en los colegios se enseñe la defensa de la vida, o que la gente no deba sufrir y padecer el tener un techo, o que el campo sea el lugar de las memorables vivencias y no el de golpeos y estigmas, que el despecho no sea solo nuestra carta de presentación sino también un símbolo del amor hecho afecto, o que no tengamos que errar por el mundo y fugarnos de donde nacimos, en fin; es la libertad una dimensión que moviliza, desde el cuerpo y la palabra, desde el sentir y el pensar.
En esa búsqueda hay una idea que atraviesa la película: la libertad de contar quiénes somos a través de lo que vamos perdiendo, como lo enuncia Amores perros (2000) de Alejandro González Iñárritu, y además en lo que sostenemos, en lo que quizás nunca será, en lo que fue y sigue con mutaciones, es decir, en unas transiciones de todo tipo. Y allí aparece una de las mayores apuestas de Un lugar de libertad: mirar a Pereira sin pretender encerrarla en una sola identidad.

La ciudad aparece diversa, contradictoria, popular, afectiva, musical, comunitaria. Una ciudad del paisaje cultural cafetero, pero también una ciudad latinoamericana atravesada por múltiples historias, migraciones, encuentros y formas de construir comunidad. La ficha oficial de la película la define como un acercamiento a la realidad y diversidad de Pereira a través de la cotidianidad de siete de sus habitantes.
Investigar una ciudad también significa aprender a escucharla. Eso es lo que he hecho como periodista. Y esa posibilidad me ha hecho entender lo variopinto de nuestras disposiciones en el mundo. Escribirla implicó reconocer que detrás de cada calle hay una historia, detrás de cada barrio una memoria y alrededor de cada persona una forma particular de experimentar la vida. La película no pretende decirle al espectador qué es Pereira. Más bien le propone descubrirla.

Un lugar de libertad no habla únicamente de una ciudad como espacio físico. Habla de la posibilidad de habitarla desde la diferencia. De ser hincha, músico, líder comunitario, trabajador, ciudadano, mujer, hombre, joven, viejo; de tener una historia que no necesariamente aparece en los relatos oficiales, pero que forma parte de aquello que una ciudad es.
Luego de que a ciudad atraviesa una experiencia dolorosa que ha modificado calles, edificios, rutinas y memorias. En este contexto, las imágenes de la película adquieren una nueva dimensión: aquello que fue registrado antes de la tragedia comienza también a funcionar como archivo, como memoria de una ciudad que cambia y que deberá reconstruirse. El propio Diego Espinosa ha señalado que la película, concebida como homenaje a Pereira, adquiere ahora una dimensión de recuerdo y memoria. El cine, entonces, hace algo más que mostrar. Guarda.

Guarda aquello que el tiempo puede borrar. Guarda los rostros antes de que cambien, las calles antes de que desaparezcan, las voces antes de que se apaguen. Guarda la manera en que una comunidad se mira a sí misma en un determinado momento de su historia. En ese sentido, Un lugar de libertad puede verse también como una cápsula de tiempo. Porque las siete personas que aparecen en la película no representan únicamente el pasado. Son también presente e incluso futuro. Son parte de esa Pereira que continúa caminando, conversando, cantando, trabajando, celebrando, reclamando y soñando. Y quizá por eso la película encuentra su verdadero territorio en algo mucho más profundo: en la gente.
Un retrato de Pereira. Una ciudad que, como todas las ciudades verdaderas, no termina de contarse nunca. Porque mientras haya alguien dispuesto a caminar sus calles, recordar sus historias y mirar a los ojos de quienes la habitan, Pereira seguirá teniendo nuevas maneras de ser narrada. Pereira se mira a sí misma en esta trama y le regala al mundo otra fuerza para proseguir.
