Espera…primero mando el correo

He repasado en mi mente ese momento muchas veces. Por suerte, estaba solo y la insensatez de no evacuar no puso en peligro a nadie.
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Espera…primero mando el correo

Para mí, seguramente como para muchas personas, la mañana del 10 de agosto de 2026 era como cualquier otra. No vivo en Manizales, pero nací y crecí allí. Estaba visitando a mis padres, así que me disponía a mi rutina habitual: desayunar, hacer algo de ejercicio y empezar a revisar las tareas del día. El trabajo remoto y la academia me han bendecido con una jornada sin horarios, pero, a su vez, han desdibujado la delgada línea que separa la rutina laboral de la personal. Y como muchas veces me pasa, cuando me disponía a desayunar, recordé que debía enviar un correo. No era urgente, pero quería enviarlo y, como a muchos a los que ahora nos agobia la ansiedad digital, no quería empezar mi día con la sensación de un pendiente del día anterior. Sabía que no tenía mucho sentido detener mi desayuno para enviarlo, pero me autoengañé pensando que, si lo hacía, quien lo esperaba lo tomaría como prioridad, “seguro, así lo ve hoy,” me dije.

Así que decidí escribir el correo, lo cual implicaba volver a leer el documento que iba a adjuntar y hacerlo mientras me comía una arepa con huevos que ya había servido. Seguramente ni me daba cuenta de lo que comía porque estaba concentrado en mi correo. Con el desayuno a medio engullir y el correo a medio escribir, empecé a escuchar un ruido. La noche anterior había notado que las tejas de la casa crujían por una fuerte ventisca y empecé a oír lo mismo. “Hay que arreglar esas tejas”, pensé. Pero ese ruido vino acompañado del movimiento de las puertas, del piso, de las ventanas, y en menos de diez segundos vi la casa en la que crecí y en la que conservo los recuerdos más importantes de mi vida estremecerse como nunca. Por un instante pensé que era un leve temblor, pero cuando esa ráfaga de incredulidad pasó y entendí lo que estaba ocurriendo (o creía que lo entendía antes de ver las redes sociales unos minutos después), me congelé. No salí de la casa ni me levanté de la mesa; solo repetía en mi mente lo que a muchos se nos vino a la cabeza: “Por favor, que pare”, “casa, por favor, aguanta.” Luego de que el terremoto acabara y yo saliera de ese extraño y peligroso trance que me hizo olvidar todos los protocolos de evacuación y las recomendaciones que ahora nos recuerdan en todo momento, pude contactar a mi familia y saber que estaban bien. Después vino la mareada de información, miles de vídeos y testimonios sobre la magnitud de esta tragedia.

En medio del dolor, he repasado en mi mente ese momento muchas veces. Por suerte, estaba solo y la insensatez de no evacuar no puso en peligro a nadie, pero me ha costado entender por qué, en una mañana en la que podría haber disfrutado de un desayuno tranquilo para comenzar mi día, decidí mezclarlo con trabajo y escribir ese correo, solo para que, en cuarenta segundos, la naturaleza me recordara lo fácil que todo puede venirse abajo. Es habitual que, frente a hechos como estos, uno imagine escenarios hipotéticos, generalmente más terroríficos, sobre lo que pudo o no haber ocurrido. En cualquier caso, el trabajo, los correos y el afán pasan a un segundo plano.  

Muchos somos alérgicos a la incertidumbre, pero no hace falta un terremoto para entender que la ausencia de control es simplemente nuestro estado natural y que vale más abrazarla como a una buena amiga y vivir con ella. Esto también implica equilibrar momentos felices, trabajo duro (no siempre disfrutable) y una sensación, por lo general incómoda, de que todo puede cambiar de un momento a otro. Ojalá que este terremoto también cambie la forma en que nuestra sociedad haga ese balance. Por ejemplo, en la manera en que nos aseguramos de que las edificaciones en el Chocó cumplan con las normas de sismorresistencia, como lo hacen las de Bogotá; en la manera en que desarrollamos la infraestructura vial en las poblaciones más vulnerables a los desastres naturales; en la manera en que nuestros gobiernos coordinan la asistencia humanitaria internacional, etc.

Abrazar la ausencia de control implica disfrutar del presente y de los pequeños gustos cotidianos, pero también ser conscientes de aquello que podemos prevenir de manera razonable y actuar en consecuencia. Por mi parte, miro el futuro con incertidumbre, quizás aún aturdido por este sismo que nos dejó de cabeza, pero lo que sí sé es que de aquí en adelante me comeré esa arepa con huevos antes de mandar correos.  


¿Usted o alguien que conoce necesita acompañamiento psicosocial luego del terremoto? Comuníquese al teléfono 123, opción 3, línea habilitada por la Alcaldía de Manizales.


Espera…primero mando el correo

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  • Espera…primero mando el correo

    Candidato a doctor en derecho por la Universidad de Nueva York (NYU). Abogado de la Universidad Javeriana, con experiencia en la Corte Constitucional y en la Jurisdicción Especial para la Paz. Se desempeñó como profesor de cátedra en la Universidad Javeriana de Bogotá.

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