
A las siete y treinta y cuatro de la mañana del 10 de agosto la tierra se movió como no lo había hecho en Colombia en lo que va del Siglo XXI. Con epicentro en San José del Palmar, en el Chocó, la sacudida corrió hacia el occidente del país. El Servicio Geológico Colombiano[1] fijó su magnitud en 7.4 y, con los formularios ciudadanos que recibió, reconstruyó el recorrido de un movimiento, cuyo impacto fue sentido en al menos 1.291 centros poblados, de intensidades cambiantes y de daños que todavía carecen de cifra.
Voceros del gobierno, en el nivel local y en el nacional, hablan de sumas inmensas. Billones. Solo para Cali, la reconstrucción costará alrededor de 10 billones de pesos.[2] Y en total —aunque no hay, todavía, un dato exacto—, se estima un valor cercano a los 40 billones para recuperar las zonas afectadas.[3] Esos son dos puntos del PIB.
A una semana del terremoto, el balance de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres reunía 289 personas fallecidas, 4.187 heridas, 26.945 viviendas destruidas y 127.557 averiadas.[4]
Esas cifras dibujan el tamaño del desastre, y su sentido aparece con más nitidez al preguntar a quiénes alcanzó con mayor frecuencia, en qué ciudades ocurrió y en qué circunstancias encontró a cada persona. Esto último es imposible de saberse; no obstante, los números podrían dar un panorama general de los acontecimientos, y desde esa generalidad pensar también lo que ha significado.

Los viejos llevaron la peor parte
Hasta el 16 de agosto, la lista de víctimas identificadas era de 288.[5] 163 mujeres y 125 hombres (56,6 % y 43,4 % respectivamente). Por edades, hay 17 menores de 15 años, cuatro adolescentes entre 15 y 17, 18 personas entre 18 y 24, 35 entre 25 y 34, 53 entre 35 y 49, 33 entre 50 y 59. Y 128 de 60 años o más.
El 44,4 % de las víctimas listadas había celebrado más de 60 cumpleaños. Aquí hay, sin duda, una revelación que más que respuestas, genera preguntas ¿Por qué fueron más las víctimas en ese rango de edad? ¿Qué condiciones particulares había para que se diera así? ¿Colombia está preparada para cuidar a sus viejos en casos como el terremoto reciente?
Vamos por partes. En 2013, Shannon Doocy y un grupo de la Universidad Johns Hopkins publicaron en PLOS Currents Disasters[6] una revisión de los terremotos ocurridos entre 1980 y 2009, junto con la literatura disponible sobre mortalidad, lesiones y desplazamiento. Hallaron que el trauma por colapso de las edificaciones encabezaba las causas de muerte y que el riesgo crecía en las edades extremas, sobre todo entre niños pequeños y adultos mayores; la relación entre sexo y mortalidad, en cambio, cambiaba de un terremoto a otro.
Ese hallazgo corre la mirada del suelo hacia las construcciones, y de la edad como número hacia las condiciones concretas de cada día. Una persona mayor puede necesitar más tiempo para incorporarse, orientarse, bajar una escalera o cruzar una salida; puede vivir con límites para ver, oír o desplazarse; puede depender de un bastón, de un medicamento, de la mano de otra persona. Por dinámicas familiares o económicas puede vivir sola. La edad, cuando coincide con esas limitaciones, pesa en la posibilidad de salvar la vida, sin que ello borre la autonomía, la experiencia y la capacidad de respuesta que muchas personas mayores conservan. Vista así, la vejez se comporta más como una pregunta que como una respuesta cerrada.
En Older Persons in Emergencies[7], informe de 2008 pensado para orientar la ayuda humanitaria, la Organización Mundial de la Salud llegó a la conclusión de que el riesgo asociado a la edad surge de una suma de factores: movilidad reducida, discapacidad, enfermedades crónicas, tratamientos interrumpidos, aislamiento y redes de apoyo debilitadas. El mismo texto recuerda que muchas personas mayores conservan independencia, saberes útiles y lazos comunitarios capaces de sostener la respuesta colectiva. Sin embargo —y es un secreto a voces—, también se tiende a relegar a los viejos. Suponer que eso tuvo que ver con las muertes del terremoto sería, sin duda, hilar muy fino. Pero la relación, de alguna manera, existe.

Eric Klinenberg documentó este mecanismo en Heat Wave[8], investigación publicada en 2002 sobre la ola de calor que causó más de 700 muertes en Chicago en 1995. Buena parte de las víctimas eran personas mayores que vivían solas y carecían de contactos frecuentes, “murieron solas, con las ventanas cerradas y las puertas bajo llave”, explicó Klinenberg. El fenómeno fue distinto de un terremoto, aunque permite comprender por qué una red debilitada puede transformar una limitación física en peligro mortal. La lista colombiana carece de información para establecer si eso ocurrió en cada caso, pero el predominio de personas mayores justifica preguntar cuántas estaban solas, quién podía ayudarlas a evacuar y cuánto tardó alguien en advertir su ausencia.
En la hora también hay un punto de inflexión. A las 7:34 de la mañana de un lunes, una parte de la población trabajadora había salido o se preparaba para hacerlo, mientras jubilados, personas por fuera del mercado laboral y quienes realizaban labores domésticas o de cuidado tenían mayor probabilidad de permanecer en casa. La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024-2025 del DANE muestra que la participación en el trabajo remunerado alcanza el 55,9 % entre los hombres y el 34,2 % entre las mujeres, mientras ellas asumen con mayor frecuencia el trabajo doméstico y de cuidado sin remuneración.[9] El dato no prueba dónde se encontraba cada víctima, pero permite plantear una hipótesis concreta, y es que la concentración de personas mayores y el predominio femenino podrían relacionarse también con quiénes permanecían bajo techo en el momento del sismo.
El peso de la casa
La UNGRD contabilizó 154.502 viviendas destruidas o averiadas.[4] Dos terremotos de magnitud pareja pueden dejar saldos humanos muy distintos, porque entre la sacudida y el cuerpo se interponen la calidad de lo construido, la densidad urbana, la profundidad y la hora del movimiento, el tipo de suelo, la distancia al foco y las opciones de evacuación. En la revisión de Johns Hopkins[6], el colapso de las edificaciones encabeza las muertes, mientras el diseño constructivo y las condiciones del desarrollo inclinan la vulnerabilidad de cada población.

Yoneatsu Osaki y Masumi Minowa lo documentaron con precisión. En 2001, en el American Journal of Epidemiology[10], compararon las 1.104 muertes del terremoto de Hanshin-Awaji, en Nishinomiya, Japón, en 1995, con una muestra de sobrevivientes de esos mismos vecindarios. La mortalidad crecía después de los cincuenta y se disparaba entre quienes ocupaban viviendas por completo destruidas. El dato más revelador asomó en las casas que quedaron intactas o apenas dañadas: dentro de ellas, una discapacidad física multiplicaba por 5,6 la probabilidad de morir. Edificio y cuerpo parecían actuar en momentos distintos del riesgo; cuando la construcción se venía abajo, su peso igualaba a los ocupantes, y cuando dejaba una salida en pie, la fuerza para levantarse y salir podía inclinar el desenlace.
Con ese antecedente, el caso colombiano admite una capa en la reflexión. La concentración de mayores de sesenta entre los fallecidos apunta a una posible interacción entre edad, movilidad y daño estructural. Enlazar cada muerte con las condiciones de su edificio pediría registros del lugar exacto, del tipo de construcción, del piso donde se hallaba la persona y de la causa médico-legal; con lo disponible, esa concentración por edad basta para preguntar de qué modo la movilidad, las redes de cuidado y el estado de las casas pesaron en la posibilidad de ponerse a salvo.
Cada ciudad, una cuenta distinta
Cali reúne 130 de los 288 registros: 57 de personas con 60 años o más (43,8 %) y 83 mujeres (63,8 %). Pereira suma 105 —52 en el rango de los sesenta y más (49,5 %) y 56 mujeres (53,3 %)—. Juntas concentran 235 víctimas identificadas, el 81,6 % del total.
Las proyecciones del DANE para 2026[11] indican que las personas de sesenta años o más representan cerca del 20 % de la población de Cali y Pereira. Sin embargo, este grupo reúne el 43,8 % de los fallecidos en Cali y el 49,5 % en Pereira, más del doble de su participación demográfica. La distribución por sexo presenta diferencias entre las dos ciudades. Las mujeres constituyen alrededor del 53 % de ambas poblaciones, pero representan el 63,8 % de las víctimas en Cali y el 53,3 % en Pereira. La edad aparece, entonces, como un factor común de vulnerabilidad, mientras la mayor proporción de mujeres fallecidas se concentra principalmente en Cali y requiere información adicional para ser explicada.

Otras localidades dejan composiciones diferentes. Buga registra seis víctimas, cuatro de ellas menores de 15 años; Quibdó, doce, siete en el tramo de 35 a 49; Roldanillo, seis, cuatro de personas mayores; Cartago, cuatro, tres con sesenta o más. Con números tan pequeños los porcentajes se vuelven inestables, aunque conservan valor descriptivo: un mismo desastre deja perfiles humanos distintos entre ciudades vecinas.
Tratar el sexo como un riesgo uniforme choca con la variación territorial. En la revisión de Doocy[6], la relación entre género y mortalidad se mueve con cada evento y cada contexto, frente al ascenso más constante del riesgo en las edades extremas. Para Colombia, las diferencias entre ciudades orientan el análisis hacia lo local —el momento y el lugar en que se encontraban las víctimas, la composición de edades de cada grupo, las opciones de evacuación— antes que hacia una vulnerabilidad femenina válida por igual en todo el territorio.
Dieciséis veces al año
Cada año ocurren en el mundo alrededor de 500.000 terremotos detectables. Cerca de 100.000 se sienten y un centenar causa daños[12], de acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos, que calcula además un promedio de 16 sismos de magnitud 7 o superior por año.[13] Uno de ellos, en Japón en 2011, levantó un tsunami cuyo saldo llevó la marca de la edad: 65 años o más en el 56,1 % de las víctimas, y mujeres o niñas en el 54 %.[14]
En 2017, Jun Aida y otros investigadores[15] trabajaron con información reunida antes del desastre sobre 860 residentes mayores y hallaron que el estado de salud y la ayuda a mano modelaron las opciones de evacuación. Como la mayoría de las muertes vino del ahogamiento, el episodio deja ver que la vulnerabilidad de las personas mayores también pende del tiempo y de la capacidad de desplazamiento que cada emergencia exige.
Una arquitectura del cuidado
De esos estudios se desprende una lección que tiene menos que ver con una fragilidad inevitable que con una arquitectura del cuidado. Se sobrevive también por la cercanía de una salida, por una mano a tiempo, por una estructura que aguanta, por una alarma que se entiende, por un vecino al tanto de la situación, por una escalera transitable, por un plan que ha contado con ritmos de movimiento distintos. Y, sobre todo, por políticas de evacuación y simulacro afinadas a cada edad, que reconozcan los años como factor de peligro y los trabajen con educación y práctica.
Los datos permiten trasladar la pregunta desde las causas de las muertes hacia las decisiones que podrían prevenirlas. La distribución etaria de las víctimas debería incorporarse a los planes municipales de gestión del riesgo y cruzarse con la antigüedad de las edificaciones, los hogares unipersonales y la localización de centros de cuidado. Una lista forense puede convertirse así en un instrumento de prevención, capaz de señalar dónde reforzar viviendas, concentrar recursos y organizar redes de respuesta antes del próximo sismo.

Además, la experiencia internacional apunta a que la baja de muertes depende del refuerzo de las edificaciones, de la identificación previa de quienes requieren asistencia y de evacuaciones ajustadas a distintas capacidades de movimiento. Los planes generales ofician de marco; su eficacia se juega en detalles menudos: una escalera transitable, una salida despejada, un vecino encargado de acompañar a otro, un simulacro con ritmos diversos.
Reconstruir abre la ocasión de incorporar esos aprendizajes: censos locales de población con movilidad reducida, redes barriales de apoyo, revisión técnica de viviendas antiguas, protocolos para edificios de varios pisos, residencias geriátricas y hogares de personas que viven solas. El legado más útil de estas cifras sería volver el patrón en política de prevención, para que la próxima emergencia encuentre ciudades más listas para cuidar a quienes disponen de menos tiempo para ponerse a salvo.
Fuentes
- Servicio Geológico Colombiano. (2026, 10 de agosto). Sismo en San José del Palmar, Chocó, Colombia: Magnitud 7,4 [Ficha técnica del evento SGC2026pqqmro]. https://www.sgc.gov.co/detallesismo/SGC2026pqqmro/origen
- Caracol Radio. (2026, 16 de agosto). Cali necesitará $10 billones y tres años para reconstrucción tras terremoto: alcalde Alejandro Eder. https://caracol.com.co/2026/08/16/cali-necesitara-10-billones-y-tres-anos-para-reconstruccion-tras-terremoto-alcalde-alejandro-eder/
- Noticias Uno. (2026, 15 de agosto). Reconstrucción tras el terremoto costaría cerca de $40 billones. https://www.noticiasuno.com/nacional/reconstruccion-tras-el-terremoto-costaria-cerca-de-40-billones/
- Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres [@UNGRD]. (2026, 16 de agosto). Actualización de la cifra de afectaciones por el sismo de magnitud 7,4 en San José del Palmar, Chocó [Infografía]. X. https://x.com/UNGRD/status/2088993182537154722/photo/1
- Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. (2026, 16 de agosto). Comunicado oficial No. 12 [Comunicado de prensa]. https://www.medicinalegal.gov.co/inicio/-/asset_publisher/t0LBQNMxVOxe/content/plantilla_comunica-7
- Doocy, S., Daniels, A., Packer, C., Dick, A., & Kirsch, T. D. (2013). The human impact of earthquakes: A historical review of events 1980–2009 and systematic literature review. PLOS Currents Disasters, 1. https://doi.org/10.1371/currents.dis.67bd14fe457f1db0b5433a8ee20fb833
- World Health Organization. (2008). Older persons in emergencies: An active ageing perspective. https://iris.who.int/bitstream/handle/10665/43909/9789241563642_eng.pdf
- Klinenberg, E. (2002). Heat wave: A social autopsy of disaster in Chicago. University of Chicago Press. https://www.bibliovault.org/BV.book.epl?ISBN=9780226443218
- Departamento Administrativo Nacional de Estadística. (2026, 2 de junio). Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, septiembre de 2024-agosto de 2025: Comunicado de prensa. https://www.dane.gov.co/files/operaciones/ENUT/cp-ENUT-2024-2025-2.pdf
- Osaki, Y., & Minowa, M. (2001). Factors associated with earthquake deaths in the Great Hanshin-Awaji earthquake, 1995. American Journal of Epidemiology, 153(2), 153–156. https://doi.org/10.1093/aje/153.2.153
- Departamento Administrativo Nacional de Estadística. (2025). Proyecciones de población municipal por área, sexo y edad, 2018–2042, con base en el CNPV 2018 [Base de datos]. https://www.dane.gov.co/estadisticas-por-tema/demografia-y-poblacion/proyecciones-de-poblacion
- U.S. Geological Survey. (s. f.). Cool earthquake facts. Recuperado el 17 de agosto de 2026. https://www.usgs.gov/programs/earthquake-hazards/cool-earthquake-facts
- U.S. Geological Survey. (s. f.). Why are we having so many (or so few) earthquakes? Has naturally occurring earthquake activity been increasing? Recuperado el 17 de agosto de 2026. https://www.usgs.gov/faqs/why-are-we-having-so-many-or-so-few-earthquakes-has-naturally-occurring-earthquake-activity
- United Nations Office for Disaster Risk Reduction. (2012, 12 de marzo). Japan quake took toll on women and elderly. https://www.undrr.org/news/japan-quake-took-toll-women-and-elderly
- Aida, J., Hikichi, H., Matsuyama, Y., Sato, Y., Tsuboya, T., Tabuchi, T., Koyama, S., Subramanian, S. V., Kondo, K., Osaka, K., & Kawachi, I. (2017). Risk of mortality during and after the 2011 Great East Japan Earthquake and Tsunami among older coastal residents. Scientific Reports, 7, Article 16591. https://doi.org/10.1038/s41598-017-16636-3
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