En 1999 papá y mamá llegaron al Quindío. Él, de aquí; ella, foránea de Antioquia. Llegaron, como llegan tantas personas a un lugar que no es todavía suyo: con pocas certezas y la necesidad, bastante simple, de empezar una vida. Pero la tierra a la que llegaron estaba a punto de quebrarse.
El terremoto hizo del Parque El Bosque (el vecindario de la familia) una fosa abierta. Durante días, el paisaje estuvo lleno de polvo, de ruinas, de personas buscando a otras personas. El Quindío tuvo que aprender a levantarse mientras todavía contaba a sus muertos. Mi hermano y yo nacimos después, somos de alguna manera, hijos de esa reconstrucción. Crecimos en un departamento que había aprendido a levantarse con lo que tenía, y quizá por eso nunca he querido irme de aquí. Esta tierra nos dio lo que pudo. Y nosotros tuvimos la suerte de recibirlo.
Estudiamos y llegamos a la universidad pública, esa que hemos defendido siempre porque sabemos que no es solamente un edificio ni un lugar donde se entregan títulos. Para quienes venimos de ciertas familias, para quienes somos los primeros en atravesar una puerta que antes parecía reservada para otros, la universidad pública puede ser una de las pocas formas que tiene la vida de ensancharse. La universidad me recibió, me abrió sus puertas cuando yo todavía no sabía muy bien qué hacer con ellas.
Por eso pienso ahora en sus estudiantes foráneos, en quienes llegaron de otros municipios con una maleta y una habitación alquilada. En quienes son la primera promesa de su familia y estudian mientras trabajan, en quienes comparten computador, en quienes dependen de una señal de internet que a veces llega y a veces no. Pienso en ellos porque después de una tragedia no todos pierden lo mismo.
Después de un terremoto, decir que la educación debe continuar de manera virtual parece, a primera vista, una solución razonable, incluso una solución moderna. Las clases continúan, los calendarios no se detienen, los profesores enseñan y los estudiantes se conectan. Pero hay una pregunta que suele quedar fuera de esas frases limpias: ¿Desde dónde se conecta cada estudiante?
Porque hay casas sin internet, hay barrios donde la conexión es mala, hay familias que después de un terremoto tienen otras urgencias: dónde dormir, cómo recuperar lo perdido, cómo trabajar, cómo reparar una pared, cómo conseguir de nuevo lo que se llevó la tierra. Hay estudiantes que quizá tienen un teléfono, pero no tienen un lugar tranquilo donde sentarse. Que tienen datos, pero no tienen tiempo. Que tienen voluntad, pero no tienen condiciones.
Y ahí aparece una de las formas más silenciosas de la desigualdad: cuando una emergencia colectiva termina convertida en un problema individual. El estudiante que no logra conectarse aparece como ausente, el que no entrega el trabajo, como irresponsable, el que no consigue concentrarse, como desinteresado. La institución registra incumplimientos y, poco a poco, deja de verse la historia que hay detrás de ellos.
Es fácil decir que todos tienen las mismas oportunidades cuando todos reciben el mismo enlace. Pero la igualdad no consiste en entregar exactamente lo mismo a personas que parten de lugares distintos. Una universidad no es solamente una conexión a internet. Es también un lugar donde alguien puede notar que otro está asustado, un profesor que pregunta qué pasó, un compañero que presta un computador, una conversación en un corredor, la biblioteca donde se puede estudiar cuando en casa no hay silencio. Una institución que, en momentos difíciles, puede convertirse en una forma concreta de cuidado.
Por eso, después de un terremoto, la educación no debería limitarse a preguntarse cómo mantener funcionando el calendario académico, tendría que preguntarse quién puede realmente seguirlo. Porque no todos reconstruyen desde el mismo lugar.
Hay quienes después de una tragedia regresan a una casa que todavía está en pie y hay quienes regresan a una habitación prestada; hay quienes pueden conectarse desde un escritorio y quienes lo hacen desde un teléfono compartido, existen quienes pueden permitirse unos días para llorar y quienes tienen que trabajar al día siguiente. Eso también es territorio. Eso también es educación.
Quizá, entonces, la pregunta no sea cómo conseguir que las clases virtuales continúen como si nada hubiera ocurrido, sino cómo conseguir que nadie tenga que escoger entre reconstruir su vida y conservar su derecho a estudiar. La universidad pública que yo conocí fue, para mí y para mi familia, una posibilidad. Una de esas posibilidades que no deberían depender de la suerte.
Después de un terremoto, suspender la normalidad no significa suspender el derecho a aprender. Significa entender que hay momentos en los que la educación también tiene que cambiar de ritmo, mirar alrededor y hacerse cargo. Porque antes de pedirle a un estudiante que encienda la cámara, quizá habría que preguntarle si tiene dónde sentarse. Antes de preguntarle por qué no entregó el trabajo, quizá habría que preguntarle qué perdió. A veces reconstruir una universidad también significa eso: recordar que detrás de cada estudiante hay una vida que no siempre aparece en las listas de asistencia.