El fin de Pereira

Interpreto la recurrencia de la idea del fin de Pereira como una estrategia que nos ayuda a sobrellevar de forma entendible la experiencia de la devastación. El «pudo haber sido peor» nos deja constatar que las piedras sobre las piedras y los muertos y la escasez y la angustia generalizada son realidades transitorias.
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Así como hubo una época en la que Pereira no existía todavía, así también habrá una en la que no existirá más. En la escala geológica es seguro que algún día Pereira llegará a su fin; con suerte, poco antes de la muerte térmica del universo, ojalá muchos siglos en el futuro. Por ahora es un suceso vastamente lejano en el tiempo, apenas una sospecha sin materializar. ¡Siquiera que lo es! Pero es una figuración recurrente que se nos aparece a los pereiranos en la compulsión que por estos días combina la experiencia de estar despiertos con la de estar soñando.

Yo no estoy en Pereira. Como fuente de información de lo que pasa allá cuento apenas con la visión sesgada que me otorga ese penoso ritual llamado «revisar las noticias» y con los reportes fragmentarios e intermitentes de familiares y amigos. Pero la devastación que dejó el terremoto del pasado 10 de agosto hace que mis fuentes de información coincidan en algo: todas se imaginan el fin de Pereira. La sospecha es que Pereira se pudo haber acabado si las cosas hubieran sido diferentes. Si el epicentro hubiera estado más cerca, si la profundidad hubiera sido menos profunda, si la magnitud hubiera sido más magna y demás variaciones (cosas que quedan a la suerte)… si alguna de esas cosas hubiera pasado, no hubiera quedado piedra sobre piedra y todos lo habríamos perdido todo.

Interpreto la recurrencia de la idea del fin de Pereira como una estrategia que nos ayuda a sobrellevar de forma entendible la experiencia de la devastación. El «pudo haber sido peor» nos deja constatar que las piedras sobre las piedras y los muertos y la escasez y la angustia generalizada son realidades transitorias. Que esto a lo que asistimos no es un punto final, sino una mayúscula inicial. Es obvio que Pereira no ha llegado a su fin. Dado el modo arrasado en que se nos muestra, esta obviedad nos consuela y entristece al mismo tiempo. La verificamos por comparación con la sospecha imaginaria de la destrucción absoluta. Sabemos así que pegó en el palo y salió, que realmente pudo haber sido peor.

Este tarascazo de la devastación tendrá un significado que nosotros tenemos la responsabilidad de construir, si es que no queremos quedarnos atrapados en el trauma. Cuando el polvo se asiente y asistamos a los rituales fúnebres y podamos volver a construir, tendremos que hacer retrospectiva e interpretar hechos precisos de alguna manera.

Para interpretar nuestras ruinas será útil volver a la idea del fin de Pereira. Sabemos que el fin de Pereira es posible y no queremos que sea su fin todavía. En esas ideas simples tendrá lugar nuestra libertad. Y la libertad es acción y la acción será un conjunto gigantesco de discusiones sobre cómo dejar de ignorar lo improbable e impredecible, sobre cómo reconstruir, sobre qué significa la pérdida de ese espacio urbano que ahora queremos pero no podemos contemplar.

Mientras llega el momento de hacer retrospectiva, tomemos notas: escribamos las crónicas del significado de nuestras pérdidas; escribamos notas de agradecimiento a los voluntarios, que son fueron o serán vecinos nuestros; hagamos listas de las necesidades de los demás y de las opciones disponibles para ayudar. Lo que resulte será el insumo para decidir lo que queremos ver en el futuro.

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  • El fin de Pereira

    Pereira, 1987. Filósofo. Le interesa cómo decidimos bien y sabemos cosas bajo el supuesto de que somos frágiles y falibles. Investiga y escribe sobre cómo pensamos y decidimos cuando tenemos afán y cuando nos falta formación o información.

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