Pensar en cosas bonitas

Los colombianos hablamos de Abelardo de la Espriella y de cómo Uribe, a su lado, parece Antanas Mockus. Prohibido hablar hoy con latinos, entonces. Ni con mi familia, porque por primera vez en cinco años volví a pelear por política.
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Estoy tenso. Debo relajarme.

No es una conclusión súbita: llevo años con los nervios a flor de piel, sólo que ahora quienes me conocen (y me quieren) hacen más énfasis en eso de relajarse, de descansar, de pensar en otra cosa. En cosas bonitas.

Antes agradecía el consejo y después lo desechaba. ¿Cómo se puede pensar en cosas bonitas, con tantas cosas horribles que pasan en el mundo? Lo pensé entonces, lo pienso ahora, pero ocurre que ese desgaste emocional ya es más que evidente. El fatalismo, la frustración política, la incertidumbre de un futuro que no encuentra un horizonte por dónde amanecer.

Son, en general, cosas que están muy por fuera de nuestro dominio, muy lejos de nuestro control. Por ese mismo motivo, hay que ser proporcionales a la hora de repartir la atención y las sobras de energía que nos van quedando cada año.

Yo, por ejemplo, llevo diez meses en una espiral de malos presagios, quejándome para colmo del mal clima, de tanta lluvia y tanto viento y tanto frío y tanto no poder salir a la calle tranquilo, sentarme en una banca, pensar en otra cosa. Más que una queja, parece más bien una excusa. Una excusa que ya no me sirve.

Esta semana, en Oslo, el coletazo de la ola de calor que azota Europa fue recibido con un callado entusiasmo. En un país en donde el invierno es la imagen cotidiana y los veranos son un destello de veintitrés grados y una limosna de sol (cuando acaso no de una lluvia constante que empieza un lunes cualquiera y acaba siete lunes después), tantos días de sol y calor convirtieron las playitas de agua helada en balnearios atestados.

Feliz, sofocándome de sudor en edificios hechos para el invierno que, en días así, parecían hornos crematorios, salí a hacer todo lo que se supone que se hace cuando llega el verano: ser feliz y pensar en cosas bonitas.

Puede creerse que lo más sencillo será hablar con algún amigo, algún conocido, y hacer algo juntos. Ya me he dado cuenta de que cualquier conversación, del tema que fuese, termina siempre en un doloroso, involuntario y atropellado análisis de la situación política, o de las múltiples situaciones políticas superpuestas, apiladas, que se quedan sin resolver porque no queda nadie con la voluntad ni los medios para resolverlas. Mis amigos más cercanos son latinoamericanos, pero, sin importar el origen o la intención de cualquier conversación, mis amigos chilenos terminan hablando de Kast, mis amigos argentinos de Milei, mis amigos peruanos de Fujimori 2.0, y los brasileños del miedo al retorno del bolsonarismo. Amigos ecuatorianos no tengo, y si los tuviera estarían hablando de Daniel Noboa, como los colombianos hablamos de Abelardo de la Espriella y de cómo Uribe, a su lado, parece Antanas Mockus. Prohibido hablar hoy con latinos, entonces. Ni con mi familia, porque por primera vez en cinco años volví a pelear por política, luego de la tregua tácita y dolorosa de un Atlántico de por medio e ideologías opuestas atoradas en la garganta.

Hablar con noruegos siempre ha sido más tranquilo, porque están precisamente acostumbrados a vivir con una tranquilidad casi imperturbable. Casi, claro, porque ahora están hablando del Mundial de fútbol y de cómo Inglaterra ganó por simpatía del árbitro, y de cómo este Mundial era una vergüenza (como lo fue el de Catar, precisamente por ser en Catar, o el de Rusia por ser en Rusia), y que a fin de cuentas el hecho de que Trump metiera la mano en su partido contra Bélgica era prueba suficiente de que todo estaba arreglado. Podría ser, me disculpará Dios la especulación, que hasta el mismísimo Premio de Paz de la FIFA (o Premio FIFA de Paz, o como se escriba) también estuviese arreglado. Y no se sabe a quién se lo darán este año, si a Paola Holguín, a Marco Rubio, a Vladimir Putin o a Octavio Cardona. En fin, hoy tampoco quiero hablar con noruegos.

Con nadie, entonces. Así mejor.

Empiezo mi día.

Abrir la aplicación de cualquier red social es una trampa mortal. Lo mismo, aunque con matices institucionales incluso en los tabloides más escandalosos, ocurre con los periódicos. Con las noticias. Con el podcast de A Fondo.

“Pensar en cosas bonitas”, sigo diciéndome. Una especie de proyecto de un día que, de ser exitoso, habría de extender también a mañana, pasado mañana, la próxima semana y la década entrante al atardecer. Lo primero, entonces, es no mirar el celular apenas sonara la alarma. El error es desbloquearlo para supuestamente ver la hora y el estado del tiempo, y luego terminar quince minutos respondiendo mensajes o viendo nuevos ángulos del terremoto en Venezuela.

Levantarme temprano, hidratarme, desayunar bien, sin mirar el celular ni escuchar el resumen del día en el podcast gratuito de The Economist. Ducharme sin oír la voz de María Jimena Duzán ni la de sus invitados detrás de la cortina de baño. Vestirme como por fin entendí que se viste uno en verano: pantalones cortos y camisa de lino, colores claros, pero no tan claros como para amarillearse con el bloqueador solar. Sí, por fin: bloqueador solar, FPS 50 para broncearme sin rostizarme, como era mi mala costumbre.

Entonces salir a la calle, al alto verano, bajo un cielo de un azul profundo, casi violento, sin nubes. Los árboles, por fin, totalmente reverdecidos, con esas hojas grandes, ya agujereadas por las orugas de las mariposas que también despertaron del letargo, como del letargo despiertan también las grúas y los taladros por toda la ciudad, en una reconstrucción constante que es otro síntoma del verano, de la acción, de los tremendos veinticinco grados que en pocas horas llegarán a treinta y, con el favor de Dios y el viento correcto, a treinta y dos.

Para no entorpecer mi único plan del día, intento olvidar que justo ayer se hablaba de los incendios forestales en España engullendo pueblos enteros, como se vuelve paisaje constante en el sur de Europa. Podrá ser la misma masa de aire caliente, pero, como hasta aquí no llega el olor del humo, es ilógico arruinarme el día por tragedias ajenas y, para colmo, lejanas.

Pasando por un quiosco, en donde todavía venden periódicos impresos a pesar de que ya son poquísimos los que los leen, veo el perfil de Donald Trump y un titular sobre la guerra en Irán. Una guerra que empezó hace meses, y que acaba y empieza como un noviazgo adolescente. Tampoco es mi problema, y si el mundo siguió girando después del primero de marzo no hay motivos para que no gire mañana.

Cosas bonitas, entonces: el aire, el cielo, el mar, el agua felizmente tibia, y la costa alfombrada de los mismos erizos de mar que están acabando con los bosques de quelpo. El quelpo, según recuerdo, forma bosques tan espesos que son prácticamente una selva submarina, llena de vida. Crece muy rápido y absorbe más dióxido de carbono que los bosques terrestres, y es, por tanto, clave en la lucha contra el cambio climático.

Las aguas cálidas, recuerdo, son una de las razones por las que la población de erizos de mar se ha disparado en las últimas décadas. El agua cálida, sí, y el colapso del pez lobo, tan feo como sólo puede serlo un bicho que almuerza erizos de mar. Los erizos se comen el quelpo, y un lecho sin quelpo es como un potrero deforestado. Sin quelpo, entonces, no hay pez lobo. Sin pez lobo no hay quelpo. Sin quelpo no hay captura de carbono. Sin captura de carbono sube la temperatura, y si la temperatura sube se avispan más los erizos, que ya no tienen quién se los almuerce.

Qué vaina, así de rápido se me descarrila el pensamiento. En mi defensa, esto no lo acabo de leer en internet, sino que lo aprendí cuando trabajé en una agencia de viajes en el Ártico de Noruega, varios años atrás, que planeaba combatir la sobrepoblación de erizos de mar incluyendo su pesca en los paquetes turísticos. El proyecto fracasó, la empresa quebró, me quedé sin trabajo y los erizos, sin nadie que se los almorzara, se almorzaron la costa de Noruega.

Pensar en cosas bonitas, entonces. Cosas bonitas: meterme al agua, disfrutar lo cálida que está, tener cuidado de no pararme en un erizo, flotar de espaldas, como tanto me gusta. Pensar en cosas bonitas. Siento el sabor de la sal, creo saborear también el bloqueador. Emano bloqueador, FPS 50. En el 2019, cuando estudiaba Biología en la Universidad de Caldas, fui a una salida de campo a Isla Fuerte: la mejor de la carrera. Una semana buceando a diario, recogiendo bichos para diseccionarlos, apreciando los tremendos corales que rodean la isla, muchos ya blancos, muertos. Los químicos del bloqueador solar, creo recordar, son una de las causas de la muerte del coral en zonas turísticas. Al menos estoy seguro de que no me puse una sola gota de bloqueador, a diferencia de mis compañeros.

Hasta donde recuerdo, mi grupo de Zoología de Invertebrados fue el último en disfrutar la salida a Isla Fuerte. No por el horror de los corales devastados por los FPS 50 (y seguramente más) del bloqueador solar, sino porque en esa misma salida, cuando íbamos en el legendario y destartalado bus cebollero de la universidad, acabamos en un ataque del ELN en el Bajo Cauca antioqueño, en la vía entre Puerto Valdivia y Tarazá, cerca de la represa de Hidroituango y sus tragedias ahogadas. Se subieron al bus, fusil en mano, quemaron los carros que iban adelante, nos tuvieron allí por un rato, y disfrutamos el viaje como si nada hubiera pasado por el simple hecho de que podría no haber pasado. ¿Qué fue lo último que dijo Abelardo de la Espriella sobre la paz?, ¿qué dijo sobre los grupos armados, la oposición y los estudiantes de universidades públicas?

Cosas bonitas, carajo. Cosas bonitas. ¿Cómo hace uno para pensar en cosas bonitas sin resbalar por el desnucadero de la fatalidad? Mejor no pensar en nada.

Sí, para pensar que todos los días son el fin del mundo vale más no pensar en nada. Apagar la vocecita en la cabeza, guardar el libro, el celular y los audífonos en la mochila. No pensar en nada. Decir en voz baja los colores, las formas, el azul del cielo, el otro azul del agua, el verde oscuro de los árboles, el gris de la piedra, el blanco de la ciudad, el amarillo del sol y del calor. Las olas que rompen en las rocas, pequeñas, empujadas por un crucero de Go Nordic Cruiseline que acaba de pasar justo enfrente. El griterío de dos gaviotas. Los dos camiones de bomberos que pasan también gritando. Tres camiones. Cuatro.

Si me quisiera tan poco como para amargarme a propósito, como cualquier otro día que no sea éste, sabría lo que todos ya saben, lo que se está anunciando en las noticias y comentando en todas las redes sociales: que un inmenso incendio forestal consume ahora mismo más de cien casas a las afueras de Oslo. No lo sospecho, porque el viento sopla para el otro lado, y en todo el trayecto hasta mi casa sólo huelo la sal del mar, mi generosa capa de bloqueador solar y el sudor del alto verano.

Vivo a las afueras, también. Hacia el norte, a medio kilómetro de un lago muy grande que ahora mismo es otro balneario. Familias felices. Un paisaje bonito, imperturbable, sí, porque el fuego quema para el otro lado.

Así, por fin, me voy a la cama. Pensando en cosas bonitas, adrede, con esfuerzo. Rogándole al cielo una tregua, para que también la parte rebelde del cerebro me otorgue la limosna de soñar, sólo por hoy, con cosas bonitas. Un erizo de mar servido sobre una galleta salada con aliño y hierbas de olor. Un coral dibujado en un libro infantil, para colorear. La calcomanía del Premio Nobel de Paz, esperando a su próximo laureado, dentro de una chocolatina Jet. Una fogata en plena cancha de fútbol y un asado de reconciliación entre la selección noruega y la inglesa, y entre Donald Trump y el espanto del ayatolá Ali Kamenei. Un cara a cara entre Abelardo de la Espriella y Álvaro Uribe en la casa-estudio de Protagonistas de Nuestra Tele. Y todo esto, más que en un sueño, en un programa de televisión apachurrado en la franja entre El Minuto de Dios y las noticias de las siete de la noche. Y las noticias, entonces, que sean otras.

Que las noticias sean noticias bonitas.

Y que todo el mundo sea feliz por orden mía.

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  • Pensar en cosas bonitas

    Manizales, 1998. Escritor de ficción, columnista, caricaturista y activista político. Exlíder del Comité Noruego de Solidaridad con América Latina y miembro de la organización LGBT Skeiv Verden. Está vinculado a movimientos civiles por la democracia y la libertad de expresión.

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