Los instantes son como los latidos del corazón: solo suceden una vez. Ninguno se repite. Cada espasmo muscular es único en su especie, y cada hombre posee un número definido de latidos, aunque no sabe a ciencia cierta cuántas veces va a latir su corazón. El hecho es que cada latido es uno menos y, a pesar de su ritmo, que en apariencia es incesante, nadie puede engañarse con la ilusión ingenua de la reversibilidad. Los latidos no volverán.
Lo irreversible del instante, o como Vladimir Jankélévitch lo denominó con el neologismo de lo primúltimo, es decir, prima, lo primero, y última, lo último, nos hace pensar en el nacimiento y en la muerte, en todo aquello que surge y desaparece en la fugacidad del instante que nace y muere, que queda atrás y del que solo el recuerdo, la ausencia, el olvido y el vacío pueden servirnos como consuelo de lo perdido.
Pero, ¿qué hace que un recuerdo se considere un acto vivido y no la imagen de una ilusión perdida, en la que nuestra imaginación actúa para tranquilizar la conciencia inquieta y desesperada a causa de lo que ha sido y no podrá ser más?
Y aunque, como se dijo de los latidos, los instantes parecen repetirse, de ningún modo —y sin duda— ninguno se repetirá. Se juega en cada instante un nuevo instante más y, si no hacemos nada con él, quedará relegado a la eternidad. Nunca regresará, en toda la infinitud del tiempo, un instante como el que vivimos hoy: ustedes leyendo las palabras que rebotan en su cabeza, atentos y expectantes a la brevedad de este momento que luego quedará para siempre en el baúl de los instantes perdidos.
Lo irreversible es omnipresente; es natural a nuestra existencia. Lo primúltimo dice la verdad de la vida, como si esta estuviese hecha de miles de vidas infinitesimales que se juegan constantemente su aparición y desaparición.
¿Cuántas vidas tendríamos si cada instante fuese una vida? La vida no es otra cosa que una serie de kairós, de momentos precisos, como dirían los griegos, que necesitan de nuestro esfuerzo y compromiso para intentar, al menos, agarrar lo que más podamos de ese instante-vida que a cada instante se nos va.
Todos los momentos tienen en su esencia la magia de lo fugaz. Son una mariposa de colores que vuela y nos deja ver, por la brevedad de un suspiro, sus alas y el batir de estas, para luego desaparecer. Es por ello que nos corresponde solo a nosotros, y a nadie más, agarrar al vuelo esa fugacidad.
Allí está nuestra libertad. Justamente en esa posibilidad de actuar que se renueva una y otra vez y que, lejos de ser una servil reiteración monótona de la vida que borbotea en la instantaneidad, convierte cada “otra vez” en sí misma en una nueva y primera vez, otra vez única y primera para la eternidad.
O, si me lo permiten, cada instante es una prima vera. Es, como diría Vladimir Jankélévitch:
“Es la hora: ¡la Hora! En un instante será demasiado tarde, porque esa hora apenas dura un momento. El viento se levanta: es ahora o nunca. No desperdicien su única oportunidad en toda la eternidad; no pierdan su única mañana de primavera.”