La noche del 19 de junio de 2022 saludé el triunfo de Gustavo Petro Orrego en las elecciones presidenciales con una publicación o posteo en mi perfil personal de Facebook. En este resaltaba que la victoria de Petro era un triunfo de la Constitución Política de 1991, texto que entre otras buscaba generar mayores y mejores espacios para la participación política, especialmente de los sectores históricamente rezagados del poder.
No imagino haber nacido o crecido en una Colombia bajo el amparo de una Constitución distinta a la de 1991, especialmente porque siempre he sido un abanderado de las libertades individuales y del Estado social derecho y ha sido bajo esta Carta Magna que el país ha dado pasos admirables en el reconocimiento de minorías y en que aquí (con muchos matices esos sí) podamos vivir, creer o ser lo que consideremos, sin necesidad de estar afiliados a un credo o un solo concepto de moralidad y visión política.
La mención que hice al triunfo de Petro también fue porque había votado por él en segunda vuelta y lo hice con la certeza de que, aunque el discurso de cambio de Gustavo era válido en uno de los países más desiguales del mundo, con la necesidad de ingentes reformas que pusieran a los más pobres en el centro, Petro haría un muy mal gobierno, especialmente por su incapacidad de ejecutar o de llevar a la práctica las buenas ideas de las que habla en sus discursos.
Voté por Petro también porque no había más, porque la otra opción no tenía más propuestas que hablar chabacano y cerrar embajadas para ahorrarnos tres pesos; porque a pesar de que la derecha y el centro sabían del momento que vivía el país (luego de pandemia y de estallido social) y del animal político (Petro) al que se enfrentaban, presentaron lánguidas candidaturas para hacerle contrapeso. Voté por Petro con la esperanza (más que con la certeza) de que honrara y respetara la Constitución Política de 1991.
Precisamente por eso aquel posteo de junio de 2022 ha envejecido mal, porque hoy Gustavo y sus barras bravas andan empecinados en que necesitamos una nueva Asamblea Nacional Constituyente ya que supuestamente las reformas sociales que necesita esta nación adelantar, no son viables con el texto de 1991.
Es claro que nuestra Constitución no es perfecta y que las élites y la misma clase corrupta de siempre ha encontrado las formas no solo de hacerle “jugaditas”, sumarle “articulitos” o mover corruptela por debajo de la mesa; pero una Asamblea Constituyente termina dándole la razón a los áulicos que más por prejuicios que por conocimiento vaticinan que Colombia recorre el mismo camino de la Venezuela de Chávez, que precisamente luego de elegirse cambió la Constitución. Y a estas alturas no lo hacen mal, porque si algo ha demostrado Petro y sus seguidores es un ataque permanente a las instituciones, al sistema de pesos y contrapesos y a la prensa que lo critica.
Más allá de este panorama, el cálculo político puede salir muy mal. A pesar del respaldo de la plaza pública, de que el candidato de la izquierda tiene a estas alturas medio pie en la Casa de Nariño y de que incluso el Pacto Histórico ha sofisticado los mismos mecanismos clientelistas que usó la derecha para conquistar votos y elevar el fervor popular; en el marco de la llamada “democracia del péndulo” que vive América Latina, una nueva Constituyente podría desembocar en el mismo escenario que vivió Chile hace algunos años.
La polarización que reina en Colombia y el auge populismos autoritarios, casi siempre asociados a la derecha y a la ultraderecha son también un factor determinante que puede devolver al país décadas en materia de derechos y libertades en caso de que prospere la idea de Gustavo y el Pacto Histórico de una Asamblea Nacional Constituyente. Abrir esa puerta también significa echar por el piso más de 30 años de conquistas sociales, pues en la puja por redactar la nueva constitución, también entrarían los extremos políticos (Iván Márquez en su momento saludó las intenciones de Petro de adelantar la Constituyente y Álvaro Uribe no la ve con malos ojos) los fanáticos religiosos y un sinfín de fauna política colombiana que vería en este momento una oportunidad para recuperar mecanismos como la misma reelección.
El ambiente que prevaleció durante la Asamblea Nacional Constituyente que dio vida al texto que hoy nos rige fue de consensos y acuerdos, muy diferente al actual en el que la polarización y el desprecio por el que piensa diferente reinan en el país. Un nuevo proceso constituyente sería un nuevo ring del que los colombianos saldríamos aun con más crispación y desgaste político.
Resulta bastante paradójico y hasta triste que un presidente que perteneció al M-19, protagonista de aquella Asamblea de 1991 hoy sea quién más le estorbe ese texto. Por cuenta de las vanidades y del adanismo del burgomaestre (muy propio de cada inquilino de la Casa de Nariño), Colombia podría encaminarse a una aventura bastante peligrosa para este momento de la historia, porque si hay algo voluble son las masas y algo manipulable y es la opinión.