Por ahí circula una frase bonita, que me gusta, pero que no es cierta: “para ser feminista solo se necesita creer que los hombres y las mujeres tenemos los mismos derechos”. Ese será el comienzo, pero no está ni cerquita del camino que hay que recorrer para llegar a tener algo de conciencia sobre el lugar que ocupamos las mujeres en el mundo.
Creo que solamente los radicales de la machósfera y sus áulicos estarían en contra de que los hombres y las mujeres tengamos los mismos derechos, y eso va revelando parte del problema. En el papel es muy fácil decir que todos creemos en la igualdad, pero en la práctica preguntémosle a un hombre si le parece bien que el Congreso de su país decida si él debe planificar o no. Preguntémosle a un hombre cualquiera si le parece bien que alguien, además de él, decida sobre su cuerpo.
¿Qué hace falta para ser feminista? No me gustan mucho las discusiones que suelen surgir de esta pregunta porque tratar de ponerle reglas de parqués a una conversación en curso, a un movimiento social, y a un campo de estudio académico, es muy difícil. Pero hay que conceder que algo concreto se necesita para ser cualquier cosa. Digamos, para ser carpintero usted necesita algo más que saber usar una sierra, pero saber manejar la sierra es indispensable.
Empiezo por decir que lo que no se necesita es un carnet. Tampoco se necesita ser una perfecta feminista, me gustan más las feministas tipo Madonna que dicen cosas así: “Camille Paglia, la famosa escritora feminista, dijo que yo hacía retroceder a las mujeres al objetivarme sexualmente. Así que pensé: ah, si eres feminista, no tienes sexualidad, la niegas. Entonces dije: al diablo. Soy un tipo diferente de feminista. Soy una mala feminista”. Es cierto que somos tan libres como nos lo permite el dinero, el capital, el sistema, el mercado. Pero la libertad, o la autonomía, o la agencia, se ejercen siendo como queramos o como podamos, buenas, regulares o malas. Ser perfectas es el mandato del patriarcado.
Para ser feminista es necesario primero reconocernos machistas. Esto es importante porque es la propia conciencia del machismo que llevamos dentro lo que puede llevarnos a entenderlo y a desarticularlo. Pero para mí lo más importante es comprender que esta no es una lucha por mi liberación, por mis derechos, por mí. Esta es una lucha contra un sistema que nos oprime a todos, y no empieza ni termina conmigo. Tampoco empieza o termina con las mujeres. Y es por eso que está cobijado por una disputa mayor que es la que busca eliminar todas las desigualdades. Pero como los movimientos de izquierda están tuquios de maltratadores, de violadores, de hombres que abandonan a sus hijos, etc., lo que corresponde es mantener las divisiones.
Y aquí vamos llegando a la nuez de lo que quiero decir: esa cosa que ahora llaman feminismo de derecha, no es nueva. Es el feminismo de la primera ola, de las mujeres blancas liberales (a las que por clase pertenezco) que reclamaban el derecho al voto y el derecho al trabajo (cuando tantas otras mujeres siempre han trabajado). Son las mismas del empoderamiento como centro del discurso, de las conversaciones sobre el amor propio y los techos de cristal, consideraciones importantes y necesarias en un punto de la historia, pero ahora revaluadas. ¿Suena bonito?, claro, pero nos aleja del colectivo. Te hace creer que con una sola que se supere vamos bien y es al contrario: esta disputa solo terminará cuando todas estemos del otro lado.
Vengo a esto porque noto que el discurso feminista está siendo instrumentalizado por hombres y mujeres que han repetido la estrategia mil veces. Se presentan como aliados, nos piden concesiones, que ablandemos las exigencias, que las hagamos más digeribles, que nos moderemos, para luego comprar o corromper los liderazgos, diluirlos, licuarlos y presentar como una lista de chequeo la inclusión de las mujeres en el mundo de las decisiones más reaccionarias.
Son los mismos que quieren que veamos como un logro feminista la inclusión de mujeres a las que no les interesa esa lucha por la liberación colectiva en el nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella. Pretenden que veamos en la inclusión de Vivianne Morales, María Fernanda Cabal o Elsa Noguera, un gesto de igualdad. En la candidatura de Paloma Valencia un triunfo de todas las mujeres. Eso lo que es es un triunfo de una clase. Son los mismos que quieren que creamos que un colectivo que tiene por nombre “Mujeres por la democracia” reivindica derechos colectivos de las mujeres, como bien lo mostró esta semana en su cuenta de Twitter Cristina Nicholls.
Bueno, me han ido contando: @MujeresxDcol es un grupo de mujeres predominantemente de derecha. De Cristinita Plazas para arriba. No es un grupo de la sociedad civil ordinario, es una organización alineada con el conservadurismo más febril. Toda opinión que salga de ellas o de su…
— Cristina Nicholls (@Nicholls_C_) July 8, 2026
Hay que estar alerta porque en la medida en la que avancemos estos intentos de cooptación serán más frecuentes. A nivel mundial cada vez más mujeres nos identificamos con los movimientos feministas y, por tanto, nos ubicamos cada vez más hacia la izquierda de todo el espectro político, del centro para acá, y por eso mismo nos hemos convertido en foco. Si no tenemos claridad de lo que somos, de lo que buscamos, es fácil que nos compren con baratijas. Somos todas o no es ninguna. Se necesita algo más que ser mujer para ser feminista.