Mirarse a la cara, exponer ideas y excusar contradicciones es, más que el icónico reality show que llega cada año junto al fenómeno de El Niño, un termómetro necesario para medir si los discursos grandilocuentes son el delirio de una fiebre o un proyecto de país.
En un debate presidencial, cada quien con su micrófono y su botellita de agua, deben enfrentarse en tiempo real y sin asesores de imagen tanto a las preguntas del moderador como las réplicas y escollos de sus co-candidatos. Deben mostrar claridad en sus ideas, o destreza en el lenguaje, o el carisma con que se precian en los carteles de su campaña. Deben, sobre todo, mostrarse con humildad ante el país que pretenden administrar.
No viene sólo de esta década la mala costumbre de ver la política como otra sección más del entretenimiento, y que el escándalo, el humor, las fantasías o las emociones fuertes se vuelvan requisitos innegociables para no sufrir la suerte del descolorido centro en un sistema político atascado en un ciclo de centrifugado.
En un debate, por más amañado que se vuelva, no sirven de nada los bots ni los hashtags, no ladran tan fuerte las jaurías digitales y se fuerza un estándar mínimo de decencia entre los que se declaran enemigos acérrimos, y que a su vez tienen de base a un país de enemigos acérrimos. Un ejemplo de humildad o de decencia, podría decirse, aunque a veces eso es pedir mucho.
«Pedir mucho», sin embargo, es algo apenas lógico cuando hablamos de gente que pretende gobernarnos. La falta del debate podría interpretarse como muchas cosas, desde cobardía hasta soberbia. Después de todo, habrá que elegir a alguien para gobernar. Los de siempre o los de nunca, quienes se dicen la solución al problema del cual son parte, quienes se anuncian conservadores cuando proponen la desmantelación radical del estado de derecho, quienes se precian de progresismo cuando cuando defienden o ignoran los abusos cometidos por sus compañeros de partido. Y quienes pretenden gobernar un país a punta de intérpretes ideológicos y trinos en X.
En X, y no en Twitter, porque lo que ocurre en Colombia quizá es sólo un síntoma de un fenómeno global: la X-ificación de la política. Una forma colorida, chistosa y paliativa para hacer más digerible la desmantelación de la democracia a punta de memes.