Mi voto es por Cepeda

29 de mayo de 2026

No es que no sea crítico de los errores del Pacto Histórico o que confíe ciegamente en Iván Cepeda como el personaje más idóneo para liderar esta nación; pero veo en su programa de gobierno una propuesta de país, una visión de transformaciones éticas, políticas y sociales.
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En dos días los colombianos iremos a las urnas para elegir a nuestro próximo presidente. Por primera vez en muchos años —al menos desde que ejerzo mi derecho—, salir a votar se siente como entrar en un campo de batalla. La polarización es extrema, los discursos de odio y las mentiras han escalado a niveles de violencia inusitados y los ánimos bélicos están cada vez más encendidos. De un lado está la gente que piensa que tiene derecho a defender su ignorancia con las armas y del otro quienes creemos que las sociedades deben encontrar caminos hacia el diálogo. No se trata de un asunto de buenos y malos, pero sí de dos maneras opuestas de entender la política, es decir la negociación de los asuntos que nos afectan colectivamente. Y es que en una elección se juegan muchas cosas: afectos, proyectos, sueños, derechos, posibilidades. Creo que no había visto una disputa tan feroz y enardecida, que apelara tanto a las emociones básicas y tan poco a las ideas, que jugara tanto al espectáculo mediático y a los montajes de la inteligencia artificial como en esta contienda.

Sé que quizá el título de esta columna se pueda interpretar como un intento burdo de proselitismo político —que de ningún modo compromete la posición de este medio—, pero hoy más que nunca me parece urgente tomar posición porque —y esto puede sonar a maniqueísmo medieval— estamos frente a la posibilidad infame de que gane las elecciones y nos gobierne uno de los peores seres humanos nacidos en este país; y eso no es un asunto de menor importancia. Un personaje deplorable podría ganar las elecciones y ocupar el cargo más importante del estado, un ignorante inflado a punta de mentiras, propaganda y altas dosis de violencia podría regir el destino de 50 millones de personas, administrando el país como si se tratara de su bufete de abogados. Por eso me parece importante expresar públicamente y sin ambages mi punto de vista, no para convencer a nadie pero por lo menos para asumir una responsabilidad ética como ciudadano.

El panorama es crítico, no sólo en Colombia sino alrededor del mundo y requiere que nos comprometamos decididamente con la defensa de la humanidad. El avance del neofacismo, el resurgimiento de los nacionalismos, el auge de la desinformación y las plataformas digitales, nos ubican frente a un escenario complejo en el que los algoritmos dan forma a la opinión pública y la gente decide su voto con base en cadenas de Whatsapp. Y no me refiero sólo a las tías uribistas —que no se dejan encantar por palomas—, y a los machos vieja guardia a los que arrecha el tigre. Hablo de profesionales de clase media, oficinistas y levantados de toda laya que adolecen del rancio arribismo que tantos arrastran en este país. Hablo de un antiprogresismo irracional, de una fobia patológica contra las izquierdas y de un desprecio por cualquier atisbo de justicia social; de una melancolía crónica por los vientos de guerra. Hablo de personajes tan mezquinos y ridículos como José Manuel Restrepo, el hombre sin atributos: que aunque economista y con doctorado se ha prestado para el circo del bufón de la mafia —al que le lava la imagen como su candidato vicepresidencial— y que no tiene ni un ápice de la dignidad que le sobra a una mujer como Aída Quilcué. 

Ese es el tamaño de las apuestas y ese el nivel de decadencia del debate público, en unas elecciones marcadas por los insultos y las afrentas personales, por los fakes y las caricaturas ramplonas; por la pobre cultura política de una sociedad a la que le puede más el odio anticomunista y el antipetrismo acérrimo, que la posibilidad de que un candidato que se vende como outsider y que se promociona con el tamaño de su pene pueda ocupar la presidencia de la república. Y no es que yo crea que este gobierno no ha tenido desaciertos, no es que no sea crítico de los errores del Pacto Histórico o que confíe ciegamente en Iván Cepeda como el personaje más idóneo para liderar esta nación; pero veo en su programa de gobierno una propuesta de país, una visión de transformaciones éticas, políticas y sociales, mientras que del otro lado escucho una caja de resonancia con slogans copiados de la nueva ola de la derecha global, con promesas de venganza y revanchismo, de destrucción más que de diálogo y de represión más que de libertad. Claro que hay otras opciones, que no ignoro las candidaturas mesuradas pero inanes de líderes serios y respetables; pero la coyuntura exige que asumamos posturas contundentes y el centro líquido es cada vez más insípido en su ambigüedad sin matices, en su ambivalencia sin compromiso moral, en su prurito y sus escrúpulos de eremitas iluminados.

Lo que se decide el domingo no es sólo la continuidad de un proyecto político: son dos visiones radicalmente opuestas de la vida, de la sociedad y del mundo. Una jalonada por la avaricia y la sed de poder; alimentada por el miedo y el rechazo hacia la diferencia; otra movilizada por el bien común, por la defensa de la vida y por el deseo de la dignidad. Pero tampoco seamos tan inocentes: están en disputa el aparato del Estado, los fortines burocráticos y el presupuesto de la nación. Pese a ello, saldremos a votar más movidos por las pasiones que inspirados por la reflexión y los argumentos. Porque no es lo mismo acudir al puesto de votación en camioneta que caminar varios kilómetros a pie para depositar en la urna la papeleta. Porque hay un país que despertó y que está naciendo, hay una sociedad que poco a poco va aprendiendo el significado y el valor de la dignidad, y esa esperanza no será tan fácil arrebatárnosla. Y sí, puede que eso suene romántico e incauto, pero frente a la banalidad del mal que pregona el tigre y que muchos consideran inofensiva y hasta cómica, no nos queda más que alzar las banderas de la paz y avanzar por las sendas de la alegre resistencia. Ojalá que rime y que se pueda.

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  • Quimbaya, Quincío, 1994. Antropólogo y maestro en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia, con especialización en Gestión de Proyectos Culturales de la Universidad EAN. Docente, investigador y gestor cultural en instituciones del Eje Cafetero. Autor del libro de relatos La cotidianidad es un cuerpo que agoniza (Sílaba, 2022). Autor y editor de publicaciones académicas y literarias como la revista Conjuro, el magazín Mano Negra y la revista Escarabeo. Algunas de sus columnas pueden leerse en https://cronicasypalabrejas.blogspot.com.

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