«Cortafuegos», de Germán Córdoba (fragmento)

30 de mayo de 2026

La segunda novela publicada por Germán Córdoba habla de amistad, libros, fútbol y derrota. El capítulo que publicamos ofrece un recorrido por los escritores suicidas: Ernest Hemingway, Stefan Zweig y Sandor Marai, hasta llegar a Andrés Caicedo.
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III

Oigo cómo los trozos de leña consumidos se derrumban, así que voy hasta la chimenea y la organizo un poco. Le pongo un tronco grueso, que espero dure lo que resta de la noche, y sobre todo de la remembranza. Aún no es domingo y pongo a hacer un poco más de café, esperando que así sea.

Veo las gotas descender despacio en el vidrio, como lágrimas. Recuerdo entonces lo duro que fue eso. Aún lo es. Tal vez, a esa edad, el estupor es un paliativo con el que intentar desoír el estrépito de la tragedia. Así, de un sopetón, aún sin entender muy bien de qué se trata esto, uno queda notificado de la finitud de la vida; eso vuelve pesimista a cualquiera. Eso sí es perder la inocencia, volverse adulto de un palazo, lo demás es solo explosión hormonal. Fueron días muy oscuros. La gente me veía y me trataba con mucha lástima. Yo no quería ningún consuelo y por eso me encerré y me aislé. Creo que, de tanto hacer fuerza para no llorar en público, después a solas tampoco pude hacerlo, y si hay algo peor que la tristeza es tener una atorada, que se resiste a salir. Una enfermiza, de esas en que uno no se puede sentir peor. Consumía las horas repasando tantas imágenes de las cosas que hicimos juntos. Las buscaba por mi memoria una y otra vez, como un retroproyector dañado. A veces me detenía en alguna, otras aparecían más rápido, y las cotidianas se difuminaban; las recorría como queriendo evadir la ausencia que intuía se me vendría encima, como si se me cayera en la cabeza todo el techo oscuro de la noche.

A veces, también, muchas, me echaba la culpa. Eso suele ocurrir. Uno insiste en hacerse responsable de la tragedia. Me decía —con razón— que yo era el único que sabía del abusivo, humillante y brutal trato que padecía, y que, a pesar de eso, no hice nada ni se lo dije a nadie. De haberlo hecho habría perdido un amigo, pero quién sabe, tal vez el Mono no hubiera sufrido tanto y, ¿quién quita?, de pronto seguiría vivo.

No hubo velorio ni ceremonias fúnebres porque decían que había cometido un pecado, uno muy grave. Eso me evitó encontrarme a su padre, a quien aborrecí con todas las fuerzas de las que es capaz un niño. Nunca más lo vi. Su familia debió cargar con la profunda tristeza de semejante tragedia y el señalamiento de la gente y sus habladurías. Al Mono lo enterraron en un cementerio especial que había para suicidas en la montaña de Los Calavera. Al poco tiempo se fueron de Pasto.

Nunca más jugué al fútbol. Después de ese “manotazo duro, y el golpe helado”, como dice Miguel Hernández en esa Elegía que canta Serrat y que no me canso de escuchar:

Ando sobre rastrojos de difuntos,
 y sin calor de nadie y sin consuelo
 voy de mi corazón a mis asuntos.

 Se va decantando la certeza de la ausencia y eso es desolador…

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

A mí se me convirtió en una tristeza que se anidó agazapada en un reducto de mi carácter. Pero rápido se aprende que eso se debe ocultar, hay que hacerse de una máscara, de un escudo. El mío, con el tiempo, fue volverme “simpático”. Siempre un chiste, un apunte, la risa como prótesis. Como Garrik. Eso, con algo de amabilidad, te vuelve un tipo agradable, cordial. Pero la tristeza sigue ahí, instalada a gusto, como un charco empozado, donde de vez en cuando los vientos de una canción, de una imagen, de una película, de un libro, de un paisaje, de un recuerdo, lo revuelven un poco, y en el fondo eso no te disgusta; te hacen sentir vivo y honesto, con tu taciturno y verdadero humor. Pero eso no es para la tribuna, eso es solo para uno.

Cuando vi que el trago le revelaba al mundo esta faceta, no me gustó; no estaba bien, a nadie le importa, por eso no bebo. Además, el alcohol y las drogas maquillan, así sea de forma pasajera, la cruda intensidad de la existencia, y eso tampoco me gusta. Pero sí fumo; el cigarrillo se lleva lo más de bien con la murria. Nada más personal que la tristeza. Cuando estoy solo me gusta sacarla a pasear, pero creo que eso es melancolía, que es como ese gusto por afligirse, que bien dosificada y arropada pues no está mal. Dice Calvino que “la melancolía es la tristeza que ha adquirido ligereza”. La soledad es otra cosa, en ella hay silencio afuera, pero no adentro.

La felicidad sí está hecha para ser compartida.

Durante todos estos años, aquellos que decidieron acabar con su vida llamaron mi atención. Pero no hablo de los músicos famosos, casi todos muy jóvenes, despachados por sobredosis; eso, para mí, es solo euforia desatada. O esos que, despreciando la lógica y la vida misma, terminaron accidentados como consecuencia natural de su desenfreno. Esos no son suicidios. Suicidio es aquel acto premeditado en que, en un momento de locura, desesperación o de absoluta conciencia —¿o exceso de cordura?—, alguien decide quitarse la vida. Esto ha sido satanizado por unos —la iglesia, como siempre, más amiga de la ignorancia que de la razón, aporta su cuota de doctrina y amenaza—, y romantizado por otros. Para unos, un acto de cobardía, para otros, uno de inmenso valor.

Hay suicidios como protesta, esos me parecen salvajemente consecuentes. Como, por ejemplo, el monje budista que para protestar contra la represión del régimen comunista de Ho Chi Min se prendió fuego en el centro de Saigón y permaneció inmóvil hasta morir. O el de Mohamed Bouazi, ese joven vendedor ambulante tunecino que hizo lo mismo por la confiscación de su puesto de frutas y la humillación que dijo haber recibido de los oficiales municipales cuando fue a presentar una queja por este hecho. Su sacrificio desató la revuelta popular de 2010 y 2011 en Túnez, que provocó la huida del dictador Zine El Abidin, después de haber estado cerca de veinticuatro años en el poder y desencadenó una serie de manifestaciones violentas en los países vecinos que se conoció como la Primavera Árabe.

Aquellos que se vuelan enceguecidos por el fanatismo, o por la promesa de encontrarse con su dios, tampoco merecen mi respeto, ni como suicidas, ni como nada. No solo por el daño que causan —que ya es mucho—, sino porque su decisión no es consciente. No sé si alguien que decide quitarse la vida lo es, pero estos son más bien el producto del sectarismo, de la ignorancia que es su partera, y de una fe enfermiza.

Aunque el suicido se me volvió una obsesión, por mi cabeza nunca ha pasado la idea de hacerlo. No he tenido razones o valor ni siquiera para pensarlo. Como dijo Cioran: “No es elegante abandonar un mundo que lo pone todo al servicio de nuestra tristeza”. Una cosa es la melancolía y otra la depresión. La primera es un estado del alma y la segunda una enfermedad. Para la primera no hay cura, tampoco se requiere; para la segunda sí, y así debería tratarse.

Para mí, leer y escribir son el mejor antídoto para llevar la primera y espantar la segunda. Justo ahora que estoy dedicado al fascinante oficio de los libros, que como una guaca se me apareció en la vida, un día me topé con uno que fue mi entrada al territorio donde se funden los dos temas que ahora me apasionan. En Saturno, de solo sesenta y ocho páginas, Eduardo Halfon le reprocha al padre su rechazo por decidir ser novelista y no ingeniero, y hace un recuento de aquellos que, dedicados a este oficio, decidieron quitarse la vida. Después encontré otros libros que se preguntan por qué se suicidan los escritores. Tal vez influenciado por Espinoza ya no leo ensayos, que sobre este tema hay muchos. Pero sí leí a Camus y su Mito de Sísifo: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

Camus, al conocer la historia del ciclista Fausto Coppi, dijo “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”. Al día siguiente, el 4 de enero de 1960, en compañía Michel Gallimard, su editor y amigo, quien conducía a gran velocidad su Facel Vega en una recta sin obstáculos, terminaron contra un árbol y el auto partido en tres pedazos. La causa: perdieron el control por el estallido de un neumático. El escritor argelino tenía solo cuarenta y seis años y había sido el segundo más joven en recibir el Nobel, solo cinco años antes de esta absurda tragedia a la que, como suele pasar con los genios, no le sobra ironía, pues el ciclista italiano no había muerto en un accidente, sino víctima de la malaria.

Entre los restos del accidente se encontró un maletín con ciento cuarenta y cuatro páginas, el manuscrito de su novela autobiográfica. El primer hombre se publicó treinta y cinco años después, y cuando la leí me fue imposible no recordar al Mono. Cuenta Camus que de niño era un hábil delantero, pero su abuela le restallaba el látigo en las noches cuando revisaba sus alpargatas y las encontraba demasiado gastadas. Él no podía evitar las ganas de jugar al fútbol, y entonces descubrió que en la portería podía practicarlo y evitar los golpes de la anciana. A los dieciséis años ya era el arquero titular del equipo juvenil. Esta experiencia dejó una de sus frases más célebres y repetida: “Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, todo cuanto sé con mayor certeza acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol, lo aprendí en el Racing Universitaire D’Argel”.

Después de descubrir a Halfon me interesaron las historias de esos escritores que decidieron quitarse la vida. Malditos, obsesivos, atormentados, deprimidos… No existe un patrón de conducta o un perfil definido que sirva para clasificarlos a lo largo de la historia. La lista es interminable. Si se quiere, comienza con el mismo Sócrates, a quien le dieron a escoger entre renegar de sus ideas o quitarse la vida, y el viejo optó por lo segundo. Le siguen nombres muy famosos: Mishima, que cometió seppukku; su maestro, el nobel Kawabata; Virginia Woolf, que llenó su abrigo de piedras y se adentró en el río Ouse; Sylvia Plath, que antes de meter la cabeza en el horno dejó en la habitación de sus hijos dormidos un plato de pan con mantequilla y dos tazas de leche; Emilio Salgari (hijo de suicida); Nerval, Foster Wallace y Philipp Mainländer eligieron ahorcarse; Tamiki Hara, superviviente de Hiroshima, optó por lanzarse al paso de un tren; el rumano Dragos Protopopescu se hizo decapitar por un ascensor; el polaco Tadeusz Borowski, superviviente de Auschwitz y autor del libro Por aquí para el gas, damas y caballeros, se suicidó dos años después de publicarlo y a los tres días de haber tenido una hija. ¿Cómo lo hizo? Con gas. Hay muchas dudas sobre si lo de Levy y Lowry fueron suicidios o accidentes. Conrad y Poe fallaron en el intento.

De manera singular, me conmueven las muertes de Marai y Zweig. El húngaro, que de manera genial describió la decadencia de la burguesía centroeuropea en los difíciles años de la posguerra, se suicidó, a los ochenta y nueve años, de un tiro en la cabeza, el 21 de febrero de 1989. La muerte de su mujer Lola, con la que compartió más de seis décadas de su vida, en enero de 1986; al año, la de su hijo adoptivo Janos, y después la de sus hermanos, lo dejaron en la desolación más absoluta, como lo consignó en sus diarios: “La soledad que me envuelve es tan densa como la niebla invernal, es palpable. Hasta la ropa huele a muerte”.

Stephen Zweig, uno de mis escritores favoritos, sobre todo por sus biografías, murió en Petrópolis. El día anterior le mencionó a Ernst Feder que su amigo, el ministro de Educación de Colombia, Germán Arciniegas, lo había invitado a Bogotá, “tienes que ir” le dijo Feder, a lo que el escritor austriaco solo contestó: “No, no espero hacer ese viaje”. Al día siguiente fue encontrado en su cama, con una corbata oscura perfectamente anudada y su esposa Lotte recostada a su lado con un kimono. Sobre la mesa de noche unas monedas, una caja de fósforos y un vaso vacío. “Saludo a todos mis amigos”, escribió en su nota de despedida. “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí”. Una radical decisión fruto del desarraigo, de su errancia por el mundo, y sobre todo por el pavor que le produjo pensar que los nazis ganarían la guerra. Tenía sesenta y dos años. Creo que este gran escritor se apresuró por falta de información veraz o, como lo anotó él mismo, por impaciencia.

Aunque no fue el único que tomó la fatal decisión de manera apresurada. Recuerdo que la primera vez que me dio por escribir, abrumado por mi fracaso, Espinoza me contó sobre John Kennedy Toole, víctima del complejo de Edipo. Su madre, convencida de la genialidad de su único hijo, determinó tanto la historia de éxito del libro como la muerte del escritor. La devoción que le prodigaba caló en la vida y personalidad de Kennedy y le impidió creer que su novela no era perfecta. Cuando presentó su manuscrito a una editorial y le fue devuelto con la indicación de que debería hacer algunas correcciones, ofendido e indignado, decidió guardar el texto, de más de trescientas páginas, en una caja de zapatos y meterla en el fondo de su armario. Entró en depresión y empezó a consumir alcohol de manera desmesurada y a tener problemas con su madre. Fue una de esas discusiones con ella la que lo llevó a abandonar la casa. Se propuso recorrer Estados Unidos en carro hasta que finalmente, el 26 de marzo de 1969, en las afueras de Biloxi, Misisipi, parqueó a la sombra de unos pinos, conectó una manguera del exosto a la ventana del conductor, y se durmió aspirando todo el monóxido de carbono de su Chevy Chevelle azul. Después del golpe sufrido por esta tragedia, su madre recordó el texto del que había hablado su hijo y se propuso hacer todo para publicarlo. Después de innumerables rechazos, logró que en 1980 la Universidad del Estado de Luisiana editara la novela. Al año siguiente, el Premio Pulitzer la consideró la mejor del año y actualmente se dice que La conjura de los necios es una de las mejores obras del siglo XX en Estados Unidos. 

Pero un suicidio difícil de descifrar es el de Hemingway. ¿Por qué un escritor, cuyos personajes consideraban que quitarse la vida era una cobardía, decidió hacerlo? Unos días después de su muerte, que en un principio su esposa quiso hacer parecer como un accidente, García Márquez escribió: “Hemingway no parecía pertenecer a la raza de hombres que se suicidan. En sus cuentos, en sus novelas, el suicidio era una cobardía, y sus personajes eran heroicos solamente en función de su temeridad y su valor físico”. Me parece inverosímil que alguien que había construido un mito de hombre portentoso, que sobrevivió a tres guerras, participó en la Primera Guerra en el frente italiano, asistió a la guerra civil española, y cubrió la Segunda como periodista, decidiera una mañana ponerse su vieja bata, ir hasta donde tenía su generosa colección de armas, tomar su Boss calibre 12, la de matar elefantes, ponérsela en la boca y halar el gatillo.

Hemingway tuvo una infancia difícil. También tuvo un padre salvaje, un tipo inestable e irritable que solía golpearlo, y que inauguró la fatídica saga familiar cuando Ernest tenía veintinueve años. Pero el verdadero odio del nobel era hacia su madre, que durante su infancia lo vestía como niña y lo llamaba Dutch Dolly, algo así como “muñequita holandesa”. Además de su padre, tres de sus hermanos también se quitaron la vida, e igual decisión adoptaría, tiempo después, su nieta. Sin duda, una familia con un sino trágico. En su libro más aclamado, Hemingway escribió: “El hombre no está hecho para la derrota –—se dijo el viejo pescador en medio de la lucha—. El hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

Entre los colombianos están Silva y su tiro en el corazón, cuya ubicación exacta le pidió señalar días antes a un médico amigo. Y Andrés Caicedo, el genio caleño que a los catorce años ya había escrito una obra de teatro, quien tuvo una juventud repleta de cine, literatura, licor y drogas, dijo que vivir más de veinte no tenía sentido, y el día que recibió el ejemplar de su única novela, ¡Que viva la música!, se tomó sesenta pastillas de secobarbital. Tenía veinticinco años. Los cuentos de Destinitos fatales fueron de mis primeras lecturas juveniles, y tal vez por ello es uno de mis favoritos. Sobre todo “Maternidad”.

Digo juventud, pienso y trato de recapitular. Ver la vida en retrospectiva es mirarla ya sin peso, lánguida, sin ese agobio con que nos empeñamos en revestirla cada día. Es descubrir que las cosas vienen y se van. Las vivencias y los problemas, hasta las tristezas. Madurar es acumular esa información, aunque siempre de forma tardía. No hacía falta preocuparse tanto, no hacía falta sacrificar tantas horas en busca de lo efímero. Cuando se es joven, hay un afán por crecer, por hacerse mayor; es creer que el futuro será la oportunidad para desplegar los sueños y concretarse, porque con las ganas se tiene suficiente para hacerlo. Demasiada confianza en el empeño, o demasiada ignorancia en la vida. Andrés Caicedo, al contrario, tenía la certeza de que con la juventud se va también la oportunidad de soñar, y que vivir sin hacerlo carece de sentido.

Oigo al perro roncar. Mi espalda me exige ponerme de pie un momento, voy al baño y de paso a la habitación por cigarrillos, ya me fumé el último de la cajetilla que tenía a la mano. Debo agregar eso a la lista del mercado.

Cortafuegos

Penguin Random House – Sello: Ediciones B

Abril de 2026

Bogotá

252 páginas

ISBN: 9786287878181

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  • Pasto (Nariño), 1967. Cuando era estudiante del colegio San Francisco Javier publicó algunas columnas de opinión en el diario El Derecho. En 1989 obtuvo el segundo lugar en la categoría superior en el Concurso Na­cional sobre Derechos Humanos, organizado por la embajada de Francia. Estudió Derecho en la Universidad de Nariño e hizo una especialización en Planificación y Administración del Desarro­llo Regional en la Universidad de los Andes. Ha publicado columnas en Lecturas Dominicales de El TiempoSemana y en El Diario del Sur, del cual fue colaborador habitual durante dos años. Sembró un árbol donde ahora descansa su perro Bachi y le hace feliz que sus dos hijos heredaran su pasión por el Independiente Santa Fe. Es autor de El fragor de la leña verde (Ediciones B).

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