Pareciera que las cosas están mal y empeorando. No importa a quién le preguntes, pero sí, pareciera. Unos dicen que estamos —con dificultad y contra la marea— corrigiendo los brutales errores que cometieron los que vinieron antes. Otros dicen que, dado el lamentable estado de todo en general, con suerte lograremos corregir un poco el rumbo para no llegar a la catástrofe que, evidentemente, está próxima a suceder si nos quedamos quietos. El que lo dude, que entre a esa madriguera del conejo que son las noticias.
¿Y qué pasa con lo bueno? No lo vemos, somos ciegos, otra razón más para la desazón suprema del héroe del poema de Barba Jacob, que se limitaba expresar, cantando, a ver si las palabras la lograban conjurar, el anhelo de una «profunda, abscóndita armonía».
¿Soluciones? A la orden del día, pero todas defectuosas. De acuerdo con los unos, habría que seguir un camino correctivo infinito, a ver si no volvemos al pasado, donde todo fue peor. De acuerdo con los otros, habría que evitar la catástrofe en primer lugar, y después mirar a ver si logramos con esfuerzo rescatar algo del pasado, donde todo fue mejor.
Lo deplorable de la imposible encrucijada humana lo encontramos en un pasaje de un diálogo perdido de Aristóteles, donde se cuenta que el heroico Rey Midas emborrachó al mitológico Sileno con el propósito de capturarlo y sacarle el secreto de qué es lo mejor de la vida. Lo que Midas no sabía era que el secreto guardado por el vejete sátiro borracho era una paradoja, lo que hacía que fuera mejor vivir sin saberlo. Después de mucho insistirle, Midas le arrancó a Sileno la siguiente información:
para los hombres es totalmente imposible obtener la mejor cosa de todas y participar de la naturaleza de lo que es mejor: en efecto, lo mejor para todos, hombres y mujeres, es no haber nacido. Sin duda la siguiente después de esto y la primera de las cosas que puedan conseguir los hombres, pero la segunda mejor es, después de haber nacido, morir lo más rápidamente posible.
En resumen: ¿quieres saber qué es lo mejor de la vida? Lo imposible, siguiente pregunta. ¿Lo segundo mejor? Mejor ni te digo, que no te va a gustar.
Este pesimismo efervescente nos obliga a conformarnos o bien con vivir en la ignorancia o bien con saber que lo mejor que podemos alcanzar no es ni tan bueno. Para los que se empeñan en seguir insistiendo, quejarse del estado deplorable de todo en general es una buena ocupación: al menos hablan con verdad. Esta es una buena estrategia para encontrar soluciones en un mundo imperfecto, pero no necesariamente corresponde a una descripción del mundo que nos rodea. Sin que nadie niegue que hay cosas buenas, incluso sin que nadie niegue que hay más de las buenas que de las malas, es posible que sea mejor estrategia hablar solamente de las malas y omitir las buenas, porque así es que les prestamos atención a los problemas y los solucionamos.
Para seres extremadamente online, pegados a las noticias y a los rollos virtuales que se alargan sin fin, el pesimismo efervescente parece un destino inevitable. Las cosas van mal y empeorando, y los signos de mejoría, en los raros casos en que los hay, siguen la lógica autocontradictoria de un paso para adelante y tres para atrás, en una demostración irónica de la futilidad de todo esfuerzo.
Pero el pesimismo efervescente puede no ser un problema de un lamentable estado de todo en general, sino de atención selectiva. Como en la vida de los detectives malditos de las historias, que creen que todo es un horror porque a ellos les toca ver todo el tiempo todo lo peor, en ciertas burbujas es inevitable fijarse solamente en lo malo, y terminar con una imagen sesgada, sí, pero proporcionada a la evidencia sesgada disponible.
Si es por su propia salud mental, quizás a los pesimistas efervescentes les convenga salir a tocar pasto, abrazar árboles, oler las rosas del camino, para que equilibren un poco la mirada. Pero quizás tengamos que hablarles pasito, para que no se demoren mucho en las cosas buenas de la vida, porque, al fijarse en las realmente malas, pueden estarnos haciendo a todos el favor de identificar problemas y haciendo lluvia de ideas de soluciones: podrán vivir en una alcantarilla emocional, pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio.