Leí La Vorágine después de leer el ensayo: «La vorágine de José Eustasio Rivera: Su significación para las letras de lengua española del presente», de Rafael Gutiérrez Girardot que aparece en su libro de ensayos Cuestiones (1994). Gutiérrez Girardot a su vez leyó La Vorágine preguntándose cosas. La saca de ser una novela regionalista o de denuncia social sobre la explotación del caucho y la encasilla en una obra moderna que encarna la crisis existencial del hombre contemporáneo: la selva y el viaje de Arturo Cova son la imagen de un problema histórico filosófico, pues asiste a la fragmentación del sujeto y a la pérdida de sus referentes absolutos. Son personajes ambiguos, contradictorios. La selva no es idílica, es el caos, deshumaniza y revela el caos interior del hombre. Personajes con ADN que terminan siendo devorados por la novela misma. Escribe Gutiérrez Girardot: “Esta obra se encuentra necesaria y, si se quiere, fatalmente en medio de esa tradición, y su extraordinario acierto consiste en haberla enriquecido no solamente con la creación de un personaje sino con la relación armónica de todos sus elementos, esto es, con una obra de arte que, dentro de la historia de la lengua española, no tiene paralelo”.
La Vorágine, en efecto, se instala a través de su publicación en un panorama latinoamericano donde la novela no se concebía como la construcción total del mundo. ¿Qué obras en Latinoamérica dialogaban con La Vorágine? ¿Qué tradición seguía La Vorágine con todo su universo literario? Es una novela que se construye a partir de una estética moderna: hay multiplicidad de voces y fragmentación del relato que rompen con el realismo tradicional hispanoamericano que luego se verá en las novelas del Boom latinoamericano. Rivera parte de la literatura de viajes que van desde las crónicas de Indias hasta diálogos con obras cercanas como Manuela de Eugenio Díaz Castro. La lectura de las crónicas le permite el desarrollo de una mirabilia que, en definitiva, es lo admirable de las cosas. En este caso, la selva y su abrumante vivacidad que termina aplastando al hombre.
Américo Vespucio, por ejemplo, es dueño de una mirabilia que se acentúa en su escritura y lo narra a través de lo maravilloso, es decir, nos comparte su asombro por lo extraño que siempre está a punto de suceder. Vespucio fabula y se entrega al descubrimiento de lo inesperado mientras recorre una extensión que no tiene límites. Describe de manera detallada la vida cotidiana que sucede en el Nuevo Mundo y su atmósfera que se despliega. Escribe: “Lo que aquí vi fue que vimos una infinitísima cosa de pájaros de diversas formas y colores, y tantos papagayos, y de tan diversas suertes, que era maravilla: algunos colorados como grana, otros verdes y colorados y limonados”. Recoge con sus ojos el paisaje e interpreta las instituciones y su orden en las nuevas tierras: las interpreta de acuerdo a sus recursos, esta vez, recurre al Nuevo Testamento para justificar y dar precisión a sus juicios: “en aquellos países hemos encontrado tal multitud de gente que nadie podría enumerarla, como se lee en el Apocalipsis”.
La vorágine, sin duda, se convierte en un catálogo de mirabilias que Rivera va revelando: Arturo Cova es un poeta. Cosas banales se poetizan. Escribe: “De todo nuestro pretérito sólo quedaría perdurable la huella de los pesares, porque el alma es como el tronco del árbol, que no guarda memoria de las floraciones pasadas sino de las heridas que le abrieron en la corteza”.
Cabe anotar, entonces, que Rivera dialoga con dos culturas: por un lado la cultura hispanoamericana y la cultura europea que recibe de la formación de Caro. Sus personajes nos son héroes, sino seres comunes que se enfrentan a un destino en un escenario vibrante como es la selva. Traza la ruta del héroe que propone Joseph Campbell en la medida que los personajes se van desintegrando en el camino. Son los seres de abajo que escuchan el llamado del destino, pero la selva y la vida se interpone y los deja al azar. Inicia: “Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Rivera, en tanto, entrega su personaje al azar porque la fatalidad circunda. Se enfrenta con un nihilismo donde todos los parajes llevan a ninguna parte. Son personajes entregados a la fatalidad mientras la selva calla indiferente. “Y mientras el cauchero sangra los árboles, las sanguijuelas lo sangran a él. La selva se defiende de sus verdugos, y al final el hombre resulta vencido”.
Ahora bien, la obra de Rivera se distingue por sus rasgos modernistas porque dibuja la modernidad y toda su crisis. Individuos con crisis que se lanzan a la fatalidad del destino. Hombres determinados al destino de lo violento que a su vez son voces que se van configurando a través del relato. En principio está la voz de Arturo Cova que parte desde la ciudad, pasa a los llanos y termina en la selva. Inicia un viaje desde dos perspectivas: el viaje del desplazamiento y el viaje interior. Asistimos a una transformación de Cova.
La novela está hecha de voces. Aparece la voz del compilador, de Arturo Cova y del redactor. El compilador recibe el manuscrito que recibe del Cónsul en Manaos. Son figuras que se mezclan y que propone Rivera para asentar la veracidad de la novela. A modo de epígrafe hay un fragmento de la carta de Arturo Cova: “sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad incipiente y me lanzó a las pampas, para que ambulara vagabundo, como los vientos, y me extinguiera como ellos sin dejar más que ruido y desolación” Rivera, en tanto, solo es fiel a los cambios del destino pues sabe que su personaje y el resto de los personajes están condenados a la fatalidad del destino. Aparece, al final a modo de epilogo la suerte de los personajes: «Hace cinco meses búscalos en vano Clemente Silva. Ni rastro de ellos. ¡Los devoró la selva!».
Así pues, encontramos la voz de Arturo Cova y de Alicia. Construye desde una geografía intima, familiar. Es una pareja que vive en un centenario y que huye de la ciudad. Huyen de una Bogotá que parece un pueblo. El viaje es la forma de evitar el señalamiento social. Alicia huye de un matrimonio convenido, que va en contra de sus sentimientos. Se entrega a Cova. “Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza.” Cova, entonces, se convierte en un prófugo de la justicia social pero termina encerrado en el vértigo de la selva.
Cada personaje está dotado de una voz. Rivera sabe muy bien configurar voces porque se ajustan a la medida del personaje. La voz de Pepe Morillo Nieto (El Pipa) es la voz popular. Se adapta con facilidad a las circunstancias. Hay inocencia en sus acciones y comparte con Cova la huida. Ambos son prófugos. Su muerte es el castigo por acciones que hacen sus manos en las propiedades ajenas. La imagen de la violencia en una selva que crece indiferente: “Y tirándolo de la coyuntura, lo llevaba de rastra, entre las rechiflas de los gomeros, hasta que furibundo, le cercenó los brazos con el machete, de un solo mandoble, y boleó en el aire, cual racimo lívido y sanguinoso, el par de manos amoratadas. El Pipa, atolondrado, levantóse del polvo como buscándolas, y agitaba a la altura de la cabeza los muñones, que llovían sangre sobre el rastrojo, como surtidorcillos de algún jardín bárbaro”.
Los personajes encuentran al narrador, en este caso, a Arturo Cova para que construya sus propias narrativas. Rivera se nutre de elementos reales para llevarlos a la ficción. Sobre Arturo Cova sostiene Eduardo Neale-Silva, destacado investigador de la obra de Rivera, es la imagen Luis Franco Zapata que conoció Rivera en Orocué en 1918. Neale-Silva afirma: “ Franco Zapata fue, en parte, el prototipo de Arturo Cova, el personaje central de La vorágine, pues su vida sirvió para la configuración de algunas escenas importantes de la novela. (…) Había nacido en Manizales, el 10 de enero de 1888. (…) En 1912, poco después de cumplir veinticuatro años, salía por segunda vez de Bogotá, en compañía de una varonil muchacha de dieciséis, llamada Alicia Hernández Carranza, a quien querían casarla sus mayores con un viejo terrateniente.” En una de las ediciones de la novela encontramos una fotografía del escritor tomada en realidad por Franco Zapata en una ranchería de pescadores y con la siguiente descripción: “Arturo Cova en las barracas de Guaracú.” Los personajes emergen como un desastre. Aparece Barrera, Pezil, Zoraida Ayram (Narcisa Saba, en la vida real) que fue mujer de Julio Barrera Malo (Narciso Barrera en La Vorágine). Franco Zapata reveló la amplitud y los secretos de la selva a Rivera. Luego Rivera los vivió en carne propia. Denunció sin explicaciones, justificado por sus deseos descomunales. Encarnó la voluntad y el deseo de escribir como si estuviera encarnando lo imposible. Nos dijo cosas. Todavía cuando tantas vorágines van sucediendo.