Las actuales elecciones presidenciales en Brasil nos dan la impresión de retornar a escenarios y sensaciones ya vividas. Quizá sea un efecto histórico derivado de la reelección inmediata. En el debate televisivo del domingo 18 de octubre, un formato en el que los candidatos pueden caminar por el escenario, el candidato del PL, Flávio Bolsonaro, le dice a Lula: «Quédese a mi lado Lula». Lula responde: «De la familia Bolsonaro quiero distancia, quiero distancia de paramilitar». Una escena muy parecida sucedió en el debate de 2022 entre Jair Bolsonaro y Lula. En otro momento del reciente debate Flávio Bolsonaro pregunta a Lula «¿Por qué 73% de los presos votaron en usted?». Lula rebate: «Quiero que el 100% vote por mí, hasta su padre» (Jair Bolsonaro condenado a 27 años de cárcel por intento de golpe de Estado).
Hay algo que retorna, no solo el riesgo de que se consolide un gobierno autoritario de extrema-derecha, también nuestras lecturas disponibles de la realidad. Se repite la final de 2022, con los mismos equipos rivales. El Partido Liberal (PL), con jugadores salidos de las canteras más retardatarias del país: iglesias evangélicas, latifundistas medievales, banqueros afines al soborno y una destacada reserva entrenada en los sótanos de los cuarteles. Todos juegan como extremos por la derecha, proclives al juego sucio (mentiras, acusaciones falsas, presiones a los jueces, sobornos, violencia y golpes de estado si las circunstancias lo ameritan). Cuentan con una numerosa y rabiosa hinchada, inmune a las evidencias, leales al absurdo y confiados en su capitán, Flávio Bolsonaro, que juega con el número 22. Esta fervorosa hinchada, que abarca tanto a las clases menos favorecidas como a los sectores privilegiados más añejos, suele sentirse a gusto ejerciendo una especie de “dramaturgia del atraso”: por ejemplo, el domingo 18 de octubre estos hinchas instalaron un misil inflable en la principal avenida de São Paulo, la avenida paulista, la arma de plástico llevaba escrito: «Trump lánzale una bomba nuclear a Brasil» . Son síntomas enfermizos de la historia, un espectáculo de la traición transmitido en vivo.
El otro equipo, que insiste en presentarse como la única alternativa progresista, es el Partido de los Trabajadores (PT), que viene ocupando la presidencia y siendo gobierno desde 2003, con dos interrupciones en su palmarés, el Impeachment de Dilma Rousseff en 2016, reemplazada por su vice-presidente Michel Temer (2016-2019, del partido de derecha Movimento Democrático Brasileiro – MDB) y el gobierno del ex-militar Jair Mesias Bolsonaro del PL (2019-2023). El PT interpretó las ilusiones de cambio y entusiasmó a sus simpatizantes garantizando derechos. Como era previsible, enfrentó las tinieblas más feroces, entre ellas escándalos de corrupción, y estuvo obligado a pactar con sectores de derecha, con los dueños de la riqueza nacional y con los bancos para lograr un mínimo margen de juego. Sus jugadores provienen de un amplio espectro político, desde líderes de movimientos sociales y sindicatos, hasta medio-campistas de la tecnocracia y políticos de centro-derecha. Su fórmula vice-presidencial, Geraldo Alckmin, del Partido Socialista Brasilero (PSB, un partido de centro), es una figura cuyos dribles están dirigidos a atraer electores más conservadores, a los indecisos y a los abstencionistas cabreados con la indigencia intelectual y la decadencia moral de los políticos del PL. Su capitán histórico, Luiz Inácio Lula da Silva, juega con el número 13.
Lula dijo una vez que él nunca ha ganado una elección en la primera vuelta. Parece un hecho recurrente. Esta capacidad de la realidad de no tener vergüenza de repetirse, nos hace sentir en un bucle político que nos arrastra en la espiral del tiempo. El hijo de Jair Bolsonaro encabeza las fuerzas del conservadurismo más rancio y enfrenta, una vez más, a Lula. El juego decisivo se repite. Si Úrsula Iguarán viera esto volvería a afirmar: «Ya esto me lo sé de memoria» (..) «Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio».

Tiene razón el que dijo que estas elecciones son, principalmente, una cuarta vuelta. Percibimos estos ciclos que vuelven, juegos convergentes que logran que el pasado permanezca en el presente. De ahí que no se trate de un déjà vu, porque no es un episodio efímero. Estamos ante hechos que se sedimentan desde el primer gobierno del PT, que anunció que iría profundizar la democracia y sus resultados no despegan con el esplendor esperado, que ofreció transformaciones para garantizar la igualdad y la justicia, pero sus efectos parecen truncados. La inflación y los conflictos agrarios arrecian, la violencia contra pueblos indígenas y poblaciones negras no se detiene, continúa la expansión del crimen organizado y, en una entrevista reciente para esta segunda vuelta, Lula admitió estar a favor de reducir la edad de responsabilidad penal de 18 a 16 años (limitado a delitos graves), un cambio repentino en su postura que incomodó a organizaciones sociales y sectores de izquierda. En esta temporalidad política de ciclos que se repiten la idea de «cambio», de «renovación», fue arrebatada al PT que, según el relato de la extrema derecha, «tuvo tiempo de hacer mejoras para la vida de los brasileros» y quiere otra oportunidad para concretar las promesas.
En este ciclo electoral no todo parece clonado del pasado reciente. Un nuevo componente interviene en las campañas: disputar la visión de mundo, entre ellas, comprender que el trabajo por la inclusión ciudadana y los derechos continúa pendiente. Los simpatizantes del PL han urdido un terco relato de odio al PT, acusado de estar casi 23 años en el poder, envejeciendo en la inercia política de un paquidérmico Estado heredado. Pero este relato de los partidarios de Bolsonaro no solo distorsiona el curso de los acontecimientos, también es utilizado para enmascarar sus graves hechos de corrupción, golpismo y alianzas con «milicias ilegales» que recae sobre los hijos de Bolsonario y sus socios políticos. Como suele ocurrir con otras figuras de la extrema derecha en América Latina, la única forma de anular su prontuario criminal y escapar de algún tribunal de justicia, es asumiendo la posición de peón de los Estados Unidos. Aquí aparece un tema sensible de nuestra historia, la injerencia norteamericana y sus planes imperialistas, principalmente, sus acciones empeñadas en evitar, a cualquier costo, una transformación profunda de las estructuras de injusticia económica y social. Para quien quiera entender por qué la campaña de Flavio Bolsonaro es rehén de los planes de Trump y Marco Rubio en Brasil, puede ver el episodio 6 de la serie Revelando, titulado Pátria Submissa (Patria Sumisa), donde se explica muy bien cómo el proyecto del PL, bajo la presión o instigación del gobierno de Trump, consiste en entregar los recursos de tierras raras estratégicas de Brasil a Estados Unidos, amenazando su soberanía nacional. Ese es el núcleo político de lo que está en juego, además de los derechos conquistados para pueblos indígenas y para las mujeres, de los programas de atención a la población precarizada y de los sectores LGBTQI+, así como la defensa de la Amazonia.
Es un escenario de sombras propios del bestiario tropical latinoamericano, en el que entra en juego una táctica maestra para sustentar y conferirle sentido al engaño: los procedimientos tecnológicos para condicionar el comportamiento de los votantes, captar y comercializar su atención. Puede decirse que, además del control de los medios de producción económica, los socios del bolsonarismo, también disponen del control de los medios de producción emocional. Operaciones cognitivas destinadas a movilizar los odios, los resentimientos, a conducir los miedos y las frustraciones de tal modo que se desactive la capacidad de comunicación y entendimiento sobre los problemas cruciales del país.
Es un hecho que en las campañas electorales actuales, principalmente en América Latina, es usada una ingeniería del caos para orientar una lectura de la realidad. Mensajes disparados, como lo muestran las granjas de bots de Cerimedo, para repetir un sesgo confirmatorio de un modo desengañado, triste y rencoroso de verse a sí mismo en las tormentas políticas. Un nihilismo funcional a las tinieblas, una antipatía aliada de la incertidumbre que también pretende afectar las capacidades de repuesta de quienes aun creen que es posible luchar por un mundo más amable y justo.
En los últimos días han salido a las calles miles de estudiantes, trabajadores y movimientos sociales en defensa de la soberanía y los derechos democráticos. Han sido demostraciones alegres y coloridas en rechazo a a las amenazas autoritarias. Anuncian el voto por el PT, muchas incluso sin convicción petista alguna, sino por rechazo al bolsonarismo. Aquí las formas de la fiesta son las mismas formas de la lucha política, encuentros festivos, cantos, música, máscaras, la coreografía del carnaval volcada a espantar el complejo de inferioridad. Algunos lamentan que estas respuestas que calientan las calles, que son en definitiva las que alimentarán la disputa ideológica también en las redes virtuales, lleguen tan tarden, justo en los minutos de prórroga de la campaña. Esperamos que en este alargue de la segunda vuelta, que tiene cara de cuarta, el heroísmo improbable del entusiasmo popular consiga la victoria.