Un grupo de árboles emigrando bajo el cielo.
O un árbol que pasara para la selva—solo—recto—
sobre sus innumerables patitas blancas.
Luis Vidales, «Paisajes ambulantes»
(Suenan timbres, 1926).
Tengo cinco años y canto «Los guaduales» a media lengua: de pie sobre la silla de la cocina, con la radio encendida y la cuchara de palo como micrófono. Repito la letra como una lora. Para mí, Silva y Villalba cuentan que los guaduales, entrelazados, van hacia el río; y yo los veo salir corriendo de la mano, levantando polvo con sus pies de raíces. Cuarenta y cinco años después, una noche, en un programa de radio para noctámbulos, el mítico locutor Julián Parra me pregunta por la canción de mi infancia. Respondo sin pensarlo, y al decir el verso en voz alta, frente al micrófono y a quién sabe cuántos insomnes, descubro que los guaduales nunca se movieron: solo se miraban en el río. Media vida cantando una canción que nunca existió.
Esa historia se la cuento a Juan Manuel Roca Vidales en una cafetería a pocos pasos del Parque de la Vida, donde la cuarta edición de la FILAQ, la Feria Internacional del Libro de Armenia y Quindío, por fin abre sus puertas el 13 de octubre de 2026, dos meses después del terremoto. Comparto mesa con el máximo vidaliano: poeta, ensayista, sobrino y heredero legítimo del universo de Luis Vidales, el calarqueño que en 1926 hizo sonar timbres y le abrió a la poesía colombiana la puerta del humor y la irreverencia. Le confieso que en la inauguración no leí las palabras que llevaba escritas.
—Me nació hablar —le digo—. Y hablé de esa niña sobre la silla de la cocina, convencida de que los guaduales tenían pies.
A Roca se le encienden los ojos mientras los huevos se enfrían.
—Parece una imagen de Vidales —agrega—: los guaduales de la mano, corriendo hacia el agua.
Nos reímos. La letra de Jorge Villamil, el médico opita que compuso la canción en 1965, es más clásica: sus guaduales apenas se miran en el río. Mi versión, en cambio, es prima hermana de «El paseo», el poema de Vidales en el que los árboles son
altos pájaros verdes
que hubieran escondido
en el plumaje
la otra pierna
Roca lo cita de memoria: es uno de sus favoritos.
—Te regalo otra parecida —repone y empieza a narrar.
Recuerda que, durante su infancia en Medellín, siempre se subía el mismo muchachito a los buses a cantar esa canción. Lo hacía con toda la seriedad del mundo hasta llegar al final, donde soltaba, muy convencido: somos como los guaduales, calaveras del camino. Y el bus entero se reía. Nosotros también, sospechando que el porvenir no es más que ese guiño: todos somos calaveras ambulantes; no hay que ser huesos sin carne ni piel para saberlo.
El 10 de agosto de 2026, a las 7:34 de la mañana y a cuatro días de abrir la feria, la tierra se sacudió con una magnitud de 7,4. La Crónica del Quindío afirma que fue el sismo más fuerte de la última década en Colombia y que solo en el departamento dejó más de 17.000 edificaciones afectadas. En la FILAQ perdimos pasajes, reservas de hotel y el capítulo de Calarcá, cuya Casa de la Cultura quedó en pie, pero herida. A cada persona del equipo le pasó algo: casas caídas, bibliotecas arrancadas de raíz y libros con las alas rotas. La vida permanece, aunque rota por dentro y con el tiempo en contra. Ante el sismo, las palabras: cambiamos la fecha, estrenamos sede y reescribimos el destino.
***
Desde el piso 12 de mi apartamento se ven los guaduales que están allá abajo, en la cañada. Mientras el edificio se sacudía, estoy segura de que se mecían como un océano verde que ondulaba delante de la cordillera, como si el temblor fuera apenas otro soplo, más hondo, que subía de las entrañas. Se doblaban hasta casi tocar el suelo y volvían, una y otra vez, sin quebrarse. Bajo tierra, el guadual no es una suma de tallos sueltos: es una sola lengua de raíces, un tejido ciego que se sostiene entero. Villamil lo supo antes que nosotros: la guadua también tiene alma y por eso aguanta. Los abuelos ya lo sabían; por eso levantaron sus casas de bahareque con ella, para que se movieran con la tierra en lugar de enfrentarla.
Y «Los guaduales» es la canción de la que no me puedo desprender. Villamil la compuso como quien pinta una acuarela al pie de la montaña. Habla como testigo: dice haber visto llorar a los guaduales en las tardes, cuando el viento baja por los valles y los hace temblar. Y en los mismos versos están alegres: entrelazados, se miran en el río y bailan con el canto de las mirlas y las cigarras. Luego viene el polvo que se levanta en los caminos, las ráfagas que los azotan, el paso del campesino. Ni una palabra de derrumbe: nada más que hojas, agua, pájaros y tierra suelta. Y al final, sin aviso, Villamil gira la cámara hacia nosotros y nos hermana con ellos:
Y todos vamos llorando
o cantando por la vida.
Somos como los guaduales
a la vera del camino.
Supongo que de eso se trata el aprendizaje: desaprender la rigidez del cemento y matricularnos en la pésima conducta de la guadua, que prefiere ensayar pasos de baile frente al viento antes que obedecer el libreto oficial del desastre.
***
En Montenegro, uno de los municipios más golpeados, el sismo afectó más de 2.000 edificaciones. Frente a la Plaza de Bolívar, el temblor no solo fracturó la sede de la Alcaldía, sino que hirió de muerte el marco de viejos aleros y fachadas de la colonización antioqueña. Allí, en una casona cafetera de bahareque y teja de barro, vive La bruja de la montaña, la librería de Yesenia Ortega y su prima Tatiana Quintero, bautizada como el libro de la escritora calarqueña Gloria Cecilia Díaz. Llevaba dos meses y cuatro días con las puertas cerradas. Las abrieron solo para recibir uno de nuestros Círculos de la Palabra, la presentación de La rama vacía, el nuevo poemario de Misael Ruiz, publicado por el sello Animal Sospechoso de Juan Pablo Roa.
Subimos despacio por el espinazo de un animal herido: cada escalón, una vértebra rota. Juan Pablo escribió al día siguiente en sus redes que eso fue lo más difícil: ver cómo se iba «todo un mundo y toda una historia de vida». Los poemas de esa tarde, sin que lo hubiéramos planeado, hablaban de la desposesión. En medio de la lectura, lanzó una pregunta:
—¿Qué se llevarían de sus vidas si de un día a otro les tocara marcharse?
Nadie contestó en voz alta. La gente se fue acercando entre poema y poema, como quien entrega una llave, a contar lo suyo. Yo respondí por dentro, sin dudarlo: los gatos. Los libros… que me perdonen.
Leímos sabiendo que esos muros tienen los días contados. Las construcciones vecinas serán demolidas, como más de noventa en el municipio; al caer, corren el riesgo de llevarse a la bruja por delante, pues en aquel tiempo se edificaba en hilera, con un solo esqueleto compartido, hombro a hombro. A los solares vacíos no los aguardan hogares, sino parqueaderos: donde hubo zaguán, patio y cocina habrá rayas blancas sobre el asfalto. Cien años de memoria cobrados por hora o fracción. Yesenia y Tatiana ya consiguieron otro techo, dos cuadras más allá. El guadual es terco. Bajo tierra no conoce linderos.
***
En la mesa quedan los huevos fríos y dos tazas sin vapor. Pago la cuenta y le ofrezco mi brazo.
—Vamos de brazo —recita Roca—. Monograma significativo / que no hemos podido descifrar.
—En mi pupila del lado del paisaje —continúo yo.
—… llevo el monóculo de la luna —finaliza y seguimos el camino.
Quizás el monograma seamos nosotros: él, el primero o el último de los vidalianos; yo, la anfitriona con la suerte de tenerlo en esta feria que casi no fue. Al cruzar el Parque de la Vida, siento que algo se me enreda en los tobillos. A Roca le brota una hoja en la copa del sombrero. Avanzamos despacio, entrelazados, rumbo al río. Nuestras sombras se desprenden de nosotros y corren hacia el agua, tomadas de sus manos huesudas. En esta tierra que tiembla, hasta los guaduales mudan de paisaje.