De nuevo la cifras. Porque este país supone la verdad y la razón con números, en comparativos, nos calman los porcentajes, llevamos a cuestas las fechas, el número de damnificados, de estructuras afectadas, de edificaciones demolidas, de muertos, de desaparecidos que también son cifras. Cómo si deshumanizar el paisaje a través de los números hiciera más llevadera la tragedia.
En El Río Suena, con la psiquiatra Mariana Aranda y los comunicadores Liliana Cardona y Daniel Muriel, mencionan que: “La Organización Mundial de la Salud sugiere 10 psiquiatras y 160 psicólogos por cada 100.000 habitantes. En Colombia hay 2,5 psiquiatras y 11 psicólogos por cada 100.000, cifras que evidencian el déficit en atención oportuna para la salud mental, que se agravó con el terremoto”. Más cifras que se suman a las antes mencionadas y a otras, sobre las que yo misma he puesto atención como el “micro-ensayo del terror”(cuánto vale un muerto) con el que fui citada por Ana Cristina Restrepo en su columna de El Espectador y que refiere al valor COP de un muerto en Colombia Valor que remplaza “el peso en oro” de otras interpretaciones constitucionales pasadas, o la cifra del valor igualmente en salarios mínimos pero de acuerdo con el promedio de la edad del muerto y la esperanza de vida de los colombianos: cuántos años de trabajo podría haber vivido y trabajado el muerto, por salario mínimo mensual, sacar la cuenta. Siempre y cuando el comparativo fuera por muerte natural.
En el microscopio de las cifras, como si se tratara de un examen de laboratorio, deberíamos contabilizar la hemoglobina derramada en glóbulos rojos en el sismo, en la guerra, en la pobreza. Y pensémoslo en litros de sangre “El cuerpo humano adulto tiene en promedio entre 4.5 y 6 litros de sangre, lo que equivale aproximadamente al 7% u 8% del peso corporal total” (IA)
Así que a 12 semanas del terremoto tenemos más cifras: la salud mental de los colombianos, el Fondo Milagro, cuánto cuesta una demolición: casi lo que vale la construcción del mismo. Pero, quiero hacer énfasis en la distancia con la cual nos vamos poniendo parches como si no hablar del drama lo hiciera más aséptico, limpio de gérmenes y que en realidad describe la patología de esta sociedad. Por eso es importante saber con cuántos especialistas por número de habitantes carecemos los colombianos. No ya para determinar un drama sino para responder al por qué del silencio con el que asumimos las acciones que vamos enfrentando. Cómo las cifras con las cuales medimos los resultados de las elecciones en Colombia que no alcanzaron un dígito la diferencia entre los votos por los candidatos a la presidencia, comparamos las elecciones del Brasil y de alguna manera “tranquiliza” la distancia entre Lula y Bolsonaro.
Pero, no es a esto a lo que quería referirme cuando comencé a escribir. Quiero hacer énfasis en el silencio con el cual castigamos nuestra respuesta una vez obtenemos las cifras. El silencio de todos los “demás” mientras los judíos eran llevados a los campos de concentración, que describe y analiza Hannah Arendt. Y hoy las cifras del genocidio de Gaza con el que quedamos afiliados los colombianos con nuestra “participación” en las decisiones en organismos internacionales. También nos alineamos con el drama cubano, pero desde la orilla de los 17 países que piensan que se debe mantener el cerco económico.
El silencio con el cual soportamos “todos” los años secuestrados por las FARC o los paramilitares y que hoy mismo bautizamos con otro nombre: disidencias, bloque, comando como si hiciera diferencia estos son “otros” y, así mismo confundimos a los “nadies” de Alfredo Molano con los “nunca” de Abelardo. Ahora hacemos memoria sobre el silencio de “todos” ante el genocidio de la UP, las ideologías cercenadas por el asesinato de los pensadores, ideólogos o como quiera nombrarse a la cantidad de muertos valientes que como decía L.C. Galán, de los que están llenos los cementerios. Ahora ponemos esos muertos en la mesa del laboratorio y está bien porque los traumas se curan hablando, recordando, haciendo memoria de los acontecimientos. El otro asunto es la cifra del valor a pagar, indispensable para ser “curados”.