El argumento debí simplificarlo en algo así como que la joven moría y el muchacho quedaba con una tristeza tan grande, que hacía llorar a quien leía dicho libro. Mal. Muy mal. ¿Cómo pude dedicarme a estudiar literatura después?
El sueño del paraísoCrédito: Fotograma de El sueño del paraíso, de Carlos Palau.
Fue en la etapa del colegio en la que memoricé que un tal Jorge Isaacs había escrito una historia de amor titulada María. El argumento debí simplificarlo en algo así como que la joven moría y el muchacho quedaba con una tristeza tan grande, que hacía llorar a quien leía dicho libro. Mal. Muy mal. ¿Cómo pude dedicarme a estudiar literatura después?
Ahora bien, un acercamiento más amable a María y a Isaacs se dio a través del paseo a la Hacienda El Paraíso. Eran los tiempos del seminario. Los Padres nos llevaron de vacaciones a Cali para conocer la obra de los Misioneros en la ciudad, con un programa que sumaba al conocimiento de la congregación algo de esparcimiento y formación cultural también.
Entonces, en medio de la visita a parroquias, colegios, piscinas y ríos, un día nos llevaron a la casa que, si bien perteneció a los Isaacs durante poco tiempo, ahora es un museo que introduce al visitante en otra época, devolviéndolo unos doscientos años atrás. Reconocida como el escenario de María, en ella viviría su autor al regresar de sus estudios de bachillerato en Bogotá.
Hacienda El Paraíso, en El Cerrito, Valle del Cauca.
Trato de recordar cuáles fueron las impresiones que me hice en ese momento. Sí, la frescura y la belleza de la casa. La roca en que se sentaban a leer Atala. Y, los días después en que uno de mis compañeros, Acuña, animado por esa visita, leyó la novela y testimonió con sus lágrimas el efecto romántico. Mientras tanto, yo permanecía indiferente.
Pensé después, cuando era estudiante universitario, que tendría que leerla para Literatura colombiana. Para el ensayo final, recurrí a trabajos eruditos y capítulos específicos, por lo que María siguió lejos de mí, en un libro de segunda que me aburría abrir. Esta situación cambia cuando soy profesor y alguien me pregunta si considero la necesidad de un canon que se deba enseñarse en la educación secundaria. Sí, fue mi respuesta inmediata. Y a continuación me enredé tratando de explicar que el problema era el cómo. Sí, soy de una corriente que espera lectores por sorpresa y cercanía de los referentes más que por la imposición de un currículo, aunque, me preocupa que desconozcamos unos mínimos en la tradición.
Esa conversación me movilizó para entenderme de una buena vez con Efraín e Isaacs. Además, conté con el acicate de Adelaida Fernández, novelista que en 2015 recibió el Casa de las Américas con La hoguera lame mi piel con cariño de perro (En 2017 se editó por Seix Barral como Afuera crece un mundo). Precisamente la obra de Fernández resignifica los capítulos que sí había leído de María en la universidad, los referidos a la historia de Nay y Sinar.
Lo que ha venido después es una tarea bibliográfica en la que, además de la novela misma, se incluyen otros títulos de ese universo que me perdí durante tanto tiempo. Por ejemplo, Fogón de negros de Germán Patiño Ossa, un estudio sobre la cocina del Valle del Cauca a partir de las descripciones de las mesas a las que se sienta el joven Efraín. Gracias a Patiño, hoy leo, palabra a palabra, con fruición estas líneas:
«Sea dicha la verdad: en el almuerzo no hubo grandezas; pero se conocía que la madre y las hermanas de Emigdio entendían eso de disponerlos. La sopa de tortilla aromatizada con yerbas frescas de la huerta; el frito de plátanos, carne desmenuzada y roscas de harina de maíz; el excelente chocolate de la tierra; el queso de piedra; el pan de leche y el agua servida en antiguos y grandes jarros de plata, no dejaron qué desear».
Como señalé antes, la escritora Adelaida Fernández quiso un feliz para Nay, la nana de Efraín y María lejos del triste final que le otorga Isaacs en su novela. Isaacs cuenta cómo esta mujer, antes Nay y luego Feliciana, fue arrancada y esclavizada en África, separada de su enamorado Sinar, traída a América, madre de Juan Ángel, en los capítulos XL-XLIII. Pues bien, Fernández infunde en ella el espíritu de rebeldía y pronto está superando los límites de la hacienda para vivir la aventura del regreso a Gambi0,a en compañía de su hijo a quien devuelve un nombre que le suene más a su tierra, Sundiata.
El recorrido de Nay desde la Casa de la Sierra hasta el puerto de Buenaventura sumerge en escenarios que nada tienen de idílicos pues son los bélicos de la Guerra de los Supremos.
Otra obra que gira en torno al universo de Isaacs y que también se ambienta en una de las tantas guerras civiles del siglo XIX es La mítica travesía de Yuso Takeshima de Gonzalo España (publicada antes con el título de El japonés que amó la María). Se trata de una narración doble en la que, por un lado, Isaacs es novelado desde su gesta militar, a la vez que se cuenta cómo un japonés que ha leído la ficción emprende un viaje hasta las tierras del Valle del Cauca, movido por las descripciones románticas de dicho paisaje.
Esta leyenda sobre la presencia japonesa en el Valle ha dado origen a estudios, ensayos, crónicas, incluyendo la narración cinematográfica a través de Carlos Palau y su película El sueño del paraíso (2007).
Fotograma de El sueño del paraíso, película de Carlos Palau.Fotograma de El sueño del paraíso, película de Carlos Palau.
Así, el interés por conocer mejor a Jorge Isaacs, puso en mi mesa de lecturas la biografía La búsqueda del Paraíso de Fabio Martínez (2ª edición de 2017). Gracias a esta lectura, el novelista que había imaginado de manera edulcorada se transformó en héroe romántico. Lo amé entonces y con la complicidad de Xiomara recorrí un periplo que nos llevó de la Hacienda, en El Cerrito, hasta su tumba en el cementerio San Pedro de Medellín.
Tumba de Jorge Isaacs en el Cementerio San Pedro, de Medellín.
Con muchos datos rondando en la cabeza, intenté entonces una obra de teatro a partir del ensayo que Fernando Cruz Kronfly le dedica a la Casa de la Sierra en Amapolas al vapor. En su texto, el maestro recorre el aposento de Efraín, el comedor, el costurero, los baños, para explicar a partir de la obra literaria, el arquetipo que se construye en la memoria sobre el propio hogar.
De ahí que en mi drama el fantasma de Isaacs (o de Efraín) llegue herido a escuchar los diálogos en los que se promete amor para siempre, pero también se come, se nada, conversaciones en las que la vida es amable.
Cuarto de Efraín en la Hacienda El Paraíso.
Hace dos años, Mariana, la estudiante que interpretó a María cuando estrené mi propuesta, estuvo en la Casa de la Sierra con su papá. Me compartió algunas fotos de esa visita. Sentí la emoción de quien descubre una nota alta en la parte superior de una prueba. Claro está, hay mil cosas por mejorar en los parlamentos, en la formación de los actores, no quiero pensar que tengo un dispositivo didáctico ya terminado. Hay razones para intentar de nuevo. Al fin de cuentas, apuesto como docente, en lo que Gonzalo España ha puesto en boca de sus personajes:
«Lo que nosotros hemos decidido es que en sus páginas aprenderán a leer, amar y llorar nuestros hijos. Que Dios se apiade de Usted y de ellos»
Gonzalo España, El japonés que se enamoró de la María
Licenciado y Magíster en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Docente en la IE Miracampos de Quinchía (Risaralda). Ha cultivado la narrativa en cuentos y novelas, así como la reseña de libros en prensa.
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