
Nadie se cree realmente ese cuentico que echamos en Manizales, a modo de chiste malo, de que uno va a las funerarias a tomar tinto gratis. Los velorios son agotadores y difíciles, especialmente cuando se le tiene que decir algo al doliente o cuando el doliente es uno. Todo velorio es un tiempo complejo, como liminal, en el que se sabe que quien está en el ataúd murió, pero no se ha ido y, por lo tanto, aún está entre los vivos. Los velorios son entonces momentos en los que la tragedia tiene una pausa, que se reactiva cada vez que alguien da el sentido pésame, recuerda al fallecido o se pregunta qué hubiera pasado y qué pasaría si siguiera viviendo.
Y este relato sobre una persona fallecida es habitual, así nos duela mucho, pero es extraño que el velorio sea de una casa. ¿Cómo se vela una casa? Tal vez cuando todavía está ahí, entre nosotros, y no se ha ido, pero algún concepto técnico dice que ya no debería estar porque se murió, dejó de ser habitable, aunque todavía siga más o menos en pie, como en suspenso, sin pertenecer al mundo de los vivos ni al de las ruinas.
Una vez llega nuevamente la noticia de que la casa no es habitable, de que falleció prácticamente, solo queda preguntarse: ¿ahora qué sigue?, ¿se puede o no se puede entrar a sacar lo que quedó adentro? ¿Se tiene que creer firmemente en el concepto de quien dice que ya no es habitable o uno puede hacer sus propias valoraciones considerando que ya han pasado muchos temblores y terremotos, muchos momentos en los que la casa se ha mantenido en firme, o teniendo en cuenta que ahí se creció, se vivió, se sufrió, se gozó y que, realmente, si está de pie es porque quiere luchar? ¿O no?
También se pregunta uno si no es cuestión de meterle una viguita allí, un cuartón allá, arreglarle la fachadita y meterle unos cuantos pesos en vez de tumbarla. Y pues, si llega a ser necesario, entonces venderla ya, mientras sigue más o menos en pie, para no perderle la construcción en vez de vender un lote pelao.
Y esto es aún más complejo cuando la casita no es solo de uno, cuando hay más personas a las que les pertenece o que vivían ahí, porque entonces se hace necesario conversar, controvertir, discutir, conciliar y todas esas cosas que pensamos que podemos hacer muy bien y fácilmente, sobre todo cuando opinamos de la vida de los demás, pero que cuando nos toca, vemos lo difícil y lo lento que es, así como la paciencia que hay que tener con los otros y con uno mismo.
Y así empiezan a pasar las horas, los días y las semanas. Sin claridad, sin precisión, mientras hay que resolver a diario lo del desayuno, lo del almuerzo, lo de la comida y lo de la dormida. Mientras se lidia con lo que viene a la mente, se repite la sensación de que cada leve movimiento es un nuevo cimbronazo que nos va a cambiar la vida.
Y entonces uno se da cuenta de que lleva semanas velando una casa a la que no le quiere dar “cristiana” sepultura, ni uno, ni la alcaldía. También de que, si uno se decidiera a hacerlo, no falta el metido diciendo que le toca a uno tumbarla con sus propios recursos. Y se pregunta uno de dónde en medio de la tragedia. Como si no fuera suficiente lidiar con el daño emocional y material de esa decisión, sino que ahora también hay que preguntarse de dónde se va a sacar la plata para tumbarla y quién va a tener las fuerzas para hacerlo.
Y entonces, claro, si uno cree en cierta religión, se pega a lo que le haya dado mayores resultados, por ejemplo, a ese santo que uno cree que le ha cumplido. Y empieza a sonar esa idea de la resurrección, de que la casa no ha muerto, de que esto no es definitivo, la idea de que hay una salvación, de que el concepto del primer ingeniero no ha sido serio, igual que el del segundo y el del tercero, esperando que el cuarto se apiade de uno y de la casa, y diga que no, que eso es una belleza, que tantos años y sin caerse significa que lo que está pasando es que está en coma, pero que quiere es seguir viviendo.
Y entonces, del velorio se pasa a la esperanza y a cierto optimismo, que siempre es cruel. Está uno yendo y viniendo, entrando y saliendo, pensando que si la casa pudo con uno mientras sacaba algunas cosas, entonces todavía aguanta con todos. Diciéndose, a veces en voz alta y a veces sin voz, que no es tan grave, que ya no tiembla, que eso no vuelve a pasar pronto, que mientras tanto hay que vivir ahí, que ya después llegarán nuevamente las preguntas de cómo y cuándo, a ver si se le mete alguna plata, ¿de dónde?, no se sabe, pero siempre con la expectativa ¿falsa? de que se pueda.
Y así se vela la casa de mis abuelos, en donde todos crecimos, jugamos y compartimos. La casa que siempre nos acogió y que soñamos que permanezca en pie.
Por fuera se ve que no la pasó bien, que le dolió, que se quejó, que nos dijo que tal vez le faltó cuidado, que no aguantó, que hizo lo que pudo, pero que el sacudón fue muy fuerte.
Y da lástima y da tristeza y da pena, como cuando uno está en la funeraria. Duele ir, da pesar ver a los que lloran al difunto, “alma bendita”. Y al mismo tiempo, uno siente ese dolor, pero todavía no la ausencia, porque el muerto está ahí, no se ha ido aunque ya no esté y no vaya a volver, pero al final todavía se puede ver. Incluso, uno puede pensar falsamente que entonces las cosas pueden cambiar, que todo es un sueño, una mala pesadilla, que no era tan grave, que no fue así, que esto no es cierto.
Sin duda es un caso raro, porque entonces la casa sí debía ser evacuada, sí debe esperar conceptos técnicos, como que si toca tumbarla, como que está uno esperando que alguien, un “mago” de la ingeniería diría uno, de esos con la mal llamada “malicia indígena”, diga que no, que eso con un par de cositas y unos ajustecitos queda buena. Porque al final, pues si no se cayó del todo es porque algo la sostiene o entonces lo que está pasando es que nos está recordando que era frágil, que tocaba meterle mano, que había que tenerle más amor, tal vez, y cuidarla, pero al mismo tiempo sabemos que todo puede ser una ilusión, porque hay que salir de ella, hay que soltarla, hay que dejarla ir.
Pero es que este no es un velorio de dos días sino de semanas, posiblemente de meses. Y alguien dijo que bueno, que la tumben, que miren de dónde sacan fuerzas, pero están los otros que no, que cómo la van a tumbar, que quedó mejor parada que muchos otros edificios, de esos actuales que valían un jurgo, que más de 100 años de historia significan que está es buena, considerando que en esta tierra tiembla cada rato y que nunca le había pasado nada grave.
Entonces uno deja de ver las velas, los lamentos dejan de ser diarios. Y como no está definida aún la fecha del entierro, no se tiene claro si uno tiene que llorar con la misma intensidad o si se puede calmar, más bien esperar la fecha del nuevo concepto, para ahí sí llorar la ausencia cuando sea claro que va a llegar. Mientras tanto está ahí, sosteniéndose y entonces, piensa uno en aprovecharla. Pero también están las órdenes de no usarla, de no habitarla, y se queda uno en ese estado liminal, como catatónico. Ni aquí, ni allá. Ni muerta, ni viva. Simplemente a la espera, en velación. Tal vez aguardando ese concepto que diga que todo está bien, o de que la crueldad del optimismo se haga presente y sea necesario tumbarlo todo hasta que no quede de ella sino un lote que no dice nada, que no refleja las historias, que no le hace honor a los abuelos que la construyeron y vivieron sus últimos años en ella. Y así tendríamos que olvidarla, porque como diría alguien, no recuerdo quien, la muerte comienza por el olvido.

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