Según lo explica el gerente de una de las firmas encuestadoras (César Caballero), en Colombia un encuestador típico logra aproximadamente un 30% de personas que acepten ser encuestados. Eso significa que debe tocar a la puerta de unas diez casas para lograr la respuesta de tres personas; o que debe tocar en 300 puertas para lograr unas 100 encuestas. Y que para conseguir 5.000 encuestas persona-a-persona se requieren unos 15.000 intentos. Por lo que si una encuesta se aplica durante cinco días, deberán acudir a un promedio de 3.000 hogares por dia para recoger mil encuestas cada día. Toda una labor, por la cual se cobran cientos de millones.
Ahora bien, los datos de las encuestas no deciden el resultado de la votación pero sí pueden hacer que una porción de los votantes indecisos cambie su intención de voto. Claro que si eso sucede no es responsabilidad de las encuestas sino de las personas que no tienen una preferencia clara, y que de todas manera andan buscando referentes para resolver sus dudas. Los resultados de las encuestas ofrecen criterios o razones para que las personas reafirmen o cambien su intención de voto, pero no se puede pensar que la mayoría de los ciudadanos cambian su preferencia u orientación según cómo le esté yendo a su candidato en las mediciones que se publican. Igualmente, los directivos de las campañas revisan las encuestas y reaccionan o redirigen su orientación según los resultados de las mismas; y con base en ello cambiarán algo del estilo, la estrategia o expresiones del candidato. Pero nunca será tanto como para que la mayoría de electores que no lo prefieren lo hagan luego de tales cambios. No se puede satisfacer a todos los selectores ni a todas las encuestas.
En medio de la complejidad que significa cómo ganar la voluntad de los electores, aparece un aspecto interesante: el número de posibles votantes según los estratos o niveles socioeconómicos del país. La Encuesta de Hogares del DANE calcula en el 7% los adultos potenciales votantes de nivel alto; o sea aproximadamente 2,8 millones. Mientras que de los del medio son un 18%, que se serían 7.4 millones de personas. Y en los estratos bajos estaría el 69% de los colombianos mayores de 18 años; es decir unos 29 millones de personas. Así las cuentas, si votara más o menos el 50% de los colombianos de todos los estratos, los electores de hoy podrían ser: 1,4 millones de estratos altos; 3,7 millones de estratos medios y 14,5 millones de los estratos bajos. Aunque para esta elección los cálculos optimistas esperan unos 24 millones de votos, o sea que votaría el 58% del potencial de electores. Con lo cual los votantes subirían respectivamente a un poco más de: 1,7 millones; 4,3 millones y 16,7 millones. Ojalá sea así. Claro está que las personas de estratos altos son siempre las más disciplinadas y votan en su mayoría. Por el contrario, la gran población de niveles económicos bajos es habitualmente menos dada a hacerlo: se estima que votan algo como el 60% de ellas. Y a los de estratos medios generalmente se les considera más móviles en este tipo de elecciones. A propósito, para unos analistas, los potenciales votantes que estaban indecisos equivalían a 4.5 millones, mayoritariamente mujeres, y principalmente de nivel económico medio bajo. Es claro que así exista una mayor probabilidad de votar por una tendencia o partido en los dos extremos de la escala socioeconómica, no se puede adscribir matemáticamente un candidato a esos estratos.
En otro sentido, es igualmente una visión incompleta suponer que un candidato gana una elección por la campaña que haga. Las campañas no ganan elecciones si no existen bases, antecedentes, afiliación o identificación previa de una parte de los electores con el candidato, con su partido o con su tendencia. O si no suceden situaciones críticas con los otros candidatos, que lleven a que otro sorprenda o aproveche los errores o eventos sobrevinientes. Una campaña impactante y con mucha financiación no gana las elecciones por sí sola. Un mal candidato, un candidato sin credibilidad, sin carisma o sin partido generalmente no llega. Casos sorprendentes los ha habido —como el de Rodolfo Hernández—, pero esto solo se da cuando los demás lo permiten, le abren espacio, fallan en sus estrategias, o cometen errores graves, y -claro- cuando el candidato emergente tiene con qué financiarse.
En forma similar, suponer que tener mucho dinero para invertir en una campaña garantiza el triunfo también es ingenuo. Sí se requiere dinero para la publicidad (volantes y afiches, medios, redes sociales), los gastos de viajes, la logística (mítines, concentraciones o marchas), alimentación, refrigerios, etc.. Y se podría extender casi indefinidamente el monto que se invierta en una campaña (sin incluir la compra de votos, que es otro asunto…), y sin embargo no ganar la elección. Existe sí una correlación entre la popularidad o favorabilidad de un aspirante y su probabilidad de recibir donaciones, aportes y créditos bancarios. Una buena inversión en campaña es necesaria para atraer votos, pero no suficiente.
Cuando conozcamos los resultados de esta primera vuelta veremos a nueve candidatos aburridos o resignados, y tal vez a varios de ellos económicamente quebrados o con grandes deudas. Es claro que a partir de las encuestas de intención de voto se puede pronosticar que habrá dos aspirantes a la presidencia por los que pronto estaremos votando en segunda vuelta. Veremos quiénes serán, pero hoy el escenario electoral cambia y llega el momento de las alianzas rápidas, forzadas, obligadas o inevitables. Para una parte del electorado el resultado será el mejor, y correrán a buscar cómo ganar apoyo entre los frustrados. Pero para otra buena porción de votantes será momento de hacer razonamientos personales del tipo: “tendré que votar por el menos malo de los dos”. Veremos entonces cuál será nuestro “peor es nada”; o en contra de quién nos tocará votar, a la manera del “voto útil”. En tres semanas muchos decidirán -o decidiremos- cuál “sapo” nos tendremos que tragar.