Mientras leía un estudio sobre la vida, obra y espiritualidad del místico español Juan de la Cruz (1542-1591), una pista sobre su cuerpo me llevó a la relectura de un pasaje del Quijote de Cervantes. Según José María Moliner —el autor en que leía sobre el fraile carmelita—, el traslado de los despojos del santo hizo tanto «ruido» entre las gentes de la región, que esa historia terminaría siendo el motivo de la aventura que El Caballero de la Triste Figura protagoniza en el capítulo XIX. Escribe Moliner que ese episodio:
«Se comenta en Castilla y Andalucía. Llega a los oídos de Don Miguel de Cervantes, siempre atento a cualquier hecho que, debidamente aderezado, pudiese entrar a formar parte de una novela que está escribiendo. Cervantes tiene cuarenta y seis años. Doce años más tarde publica su inmortal Quijote».
En la novela cervantina, el Ingenioso Hidalgo confunde la comitiva que se alumbra con antorchas, con un grupo de fantasmas. Luego de haberle prometido a su escudero que le defendería las costillas de cualquier enemigo, se va contra los sacerdotes que acompañan el féretro, huyen, y al único que queda allí, Alonso López, le pide cuentas:
«vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo muerto que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado, y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura que está en Segovia, de donde es natural».
Dicha referencia responde, en parte una inquietud que me acompaña desde que leí Un cadáver para armar (2007) del escritor colombiano Álvaro Miranda (1945-2020): ¿en qué momento se le revela que un argumento novelesco puede ser la sacra carnicería a la que se somete el cuerpo del santo para hacer de él reliquias?
Pregunta que resulta válida también para el mexicano Luis Felipe Fabre (1974) quien en 2021 narra las peripecias de un par de hombres que tienen la misión de robar el cuerpo de fray Juan en la novela Declaración de las canciones oscuras.
Es difícil precisar que sea el Quijote y su capítulo XIX el origen de ambas novelas. Lo que sí resulta cierto es que se trata de un antecedente valioso para preguntarse por qué el olor del santo moviliza la escritura. En el caso de Cervantes, donde la fantasía y la realidad están en pugna constante, el inestimable aroma se pone en entredicho, pues el licenciado explica que fue Dios quien mató a aquel caballero «por medio de unas calenturas pestilentes».
Pero, mientras seguimos en la pesquisa para documentar mejor la olorosa tradición sanjuanista, trataré de esbozar una conjetura para la lectura comparada de ambas obras: dado que el eje argumental gira en torno al poeta místico, es inevitable no ofrecer una reflexión metaliteraria sobre el espacio de la poesía en la vida cotidiana. De ahí que, entonces, el campo semántico de los olores, perfumados y nauseabundos, sea la oportunidad para asir, por un instante, lo que sea que es la poesía.
Atráeme y correremos juntos
Entre muchas diferencias que tienen las dos novelas, quizá la más significativa es el momento elegido para contar al santo. Mientras que en la narración de Miranda el tema es el cuerpo que va a ser troceado para componer con él objetos de piedad, en la obra de Fabre se aborda el robo del cuerpo en el monasterio de Úbeda y las peripecias que viven los ladrones de camino a Segovia.


Otro contraste en ambas novelas está dado por el espacio. Fabre desarrolla a sus personajes en los territorios de Castilla, mientras que Miranda los trae al Nuevo Mundo. Allí en la depresión Momposina la poesía mística se mestiza con cantos indígenas y africanos, así como el cuerpo de fray Juan, destinado a reliquias, da origen a los santos cristos venerados Mompox, San Benito Abad y Zaragoza:
«se había transformado en imágenes de arte, en tallas donde lo propio, sus huesos, y lo ajeno, la madera, se integraban».
Ahora bien, un tercer elemento para el análisis lo constituye la familiaridad que ambas novelas tienen con la picaresca. Ferrán y Diego, en Fabre, son ladrones que en distintos episodios resultan burlados y asaltados por pastores más intrépidos. También Francisco, el hermano de Juan, en Miranda, tiene que vérselas con quienes buscan enriquecerse proveyendo fetiches a partir del cuerpo del santo. Estamos pues ante una suerte de sacra carnicería o de místicas orgías en las que se comercia la corporalidad del religioso sin ningún pudor:
«Se trataba sólo de una manada de cerdos que entraba de modo atropellado al recinto con pedazos de carnes de reliquias entre sus hocicos y detrás de ellos un grupo de muchachos perseguía a los porcinos con palos en las manos» (Miranda).
«Y embriagados de aquel celestial olor llegáronse los carniceros con sus cuchillos y con sus dagas los rufianes y con sus navajas los barberos llegaron. Y llegáronse todas las gentes con innumerable concurso provistas de filos según su oficio y posición mas indistintas a su posición u oficio lo mismo todas apetecían su tajada de santo. Pelos de la barba, de los brazos, de las piernas, los más discretos. Uñas, pedazos de oreja, los acomedidos, y los callos que con las grietas se le habían hecho en los pies» (Fabre).
Por último, el olor que emanan aquellos despojos humanos son el testimonio de una vida poética y espiritual. Ese perfume resulta un bálsamo entre tantas afugias y tantas carreras en las que se pierde el auténtico sentido del vivir.
En el convento reinaba un silencio total. Bajo los falsos hábitos, Flaminio y Petra se acercaron al cadáver con filudos cuchillos. Un olor a jazmín invadía el ambiente. Era como si un frasco de perfume hubiera sido esparcido por entre paredes, pisos y techos (Miranda).
Pronto aquella fragancia se extendió como un rumor por la ciudad de Úbeda y despertó a sus gentes y despertó en ellas desconocidas ansias y desmesuras y las hizo levantarse de sus camas y vagar en la noche oscura, pues, sin saber cómo, supieron que el fraile Juan de la Cruz había muerto y supieron que tenían que acudir a verle (Febre).
Como un frasco que contiene ese aroma que enmudece los sentidos y despierta la conciencia, queda la poesía del santo en la que él y su doctrina se contienen:
«¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!».