Para quienes se niegan a recibir el fuego de la IA

La IA está construida con base en información creada por los seres humanos y es, en cierta forma, un coro de perspectivas y posibilidades, un invaluable archivo.
Compartir publicación en

El cinematógrafo, el primer aparato que proyectaba imágenes en movimiento, llegó a Colombia en 1897; ese mismo año, Claudina Múnera se graduaba de la Normal de Señoritas en Medellín. Tenía veintiún años y llegaría a convertirse en una gran maestra. Era activista feminista y defendía el derecho de la mujer a educarse y a construirse un criterio. Pero a pesar de que la profesora Claudina era una mujer de avanzada en varios asuntos, también podía fijarse posiciones conservadoras y tradicionalistas. El 30 de marzo de 1933 publicó un ensayo en el periódico La voz de Caldas, en el cual alzaba su voz en contra del cine.

«La asistencia de los niños al cine, tolerada y fomentada inconscientemente por los mismos padres encargados de velar por el bienestar moral y físico de sus hijos, es una de las rarezas que nos ofrece el momento que vivimos. Tal costumbre, considerada ante la pedagogía, la moral, la religión y la medicina, no es perniciosa, es destructora de la generación formada en ese ambiente» escribió en su ensayo El cine y los niños.

Sus argumentos en contra de esta tecnología de comunicación eran que, con el cine, el público quedaba a merced de imágenes en las que había violencia (homicidios, suicidios y hurtos ocupaban un amplio porcentaje en las historias que se representaban en la época).

Leer estas apreciaciones hoy, casi cien años después, hace que nos cuestionemos si esa arremetida contra el cine, esa forma del progreso de su tiempo, fue una buena decisión, y la pregunta se responde sola. Aunque diera temor o curiosidad no saber cómo ese dispositivo podía transformar la mente humana, no debimos negarnos a la experiencia que nos ofrecía ese lenguaje artístico y tecnológico, que ha moldeado cómo nos miramos mutuamente y cómo narramos cosas desde diversas sensibilidades.

Una de las imágenes más poderosas que he visto en mi vida la vi en el techo de la Biblioteca Pública de Nueva York. En medio de esos arcos suntuosos está pintada la historia de la escritura y la imagen de la que hablo está justamente en el centro de una cúpula (parece una iglesia por su arquitectura extravagante y glamorosa). Las escenas representadas a través de la pintura recorren mitos y personajes históricos con los que se muestra la evolución de la palabra como hecho filosófico, intelectual, popular y artístico.

La imagen de la que hablo, la que gobierna toda esta gran constelación, es la de Prometeo entregándoles el fuego a los hombres. En este caso el fuego es una tecnología concreta: la escritura, el poder de dar inmortalidad a las palabras, que es un don proveniente de lo divino. La podemos transformar, por ejemplo, pensar en Lilith entregándoles el fuego a las mujeres.

¿Podemos imaginar a esos hombres, mujeres y no binarios negándose a recibir el fuego? El fuego, sí, eso que desde épocas primigenias de la sociedad contribuyó a mejorar el bienestar, aunque trajera, inevitablemente, costos que todavía estamos pagando. La tecnología, hay que decirlo, es un arma de doble filo: tiene pulsiones destructoras y constructoras, dependiendo del uso que le dé; y trae consigo costos ambientales porque cualquier cosa que exista en el planeta, sea un nuevo ser humano o un nuevo vehículo o una nueva tecnología, va a cobrar espacio y recursos.

La humanidad y el planeta no humano han pagado la renta del fuego, los vehículos de transporte, la fotografía, el cinematógrafo, las telecomunicaciones, la ciencia aeroespacial, la industria, la computación, el internet y más recientemente la inteligencia artificial, el fuego que recibimos las personas de este tiempo. ¿Nos vamos a negar a recibir este fuego?

Hay quienes sucumben a lecturas trágicas sobre el uso de la IA. Por ejemplo, están indignados con los costos que tiene esta tecnología, pero no observan de manera transversal que todo lo que hacemos hoy, incluyendo ingresar a una página web o escribir un mensaje en un chat de Whatsapp consume recursos; la IA no es la excepción. Lo que hay que ver es cómo administramos esos recursos para menguar la afectación ecológica, pero ese es un análisis para otra columna.

Otro de los argumentos es que la IA roba el trabajo colectivo de las y los creadores, pero lo que algunos ven como un robo yo lo encuentro como una democratización del conocimiento y del lenguaje. La IA está construida con base en información creada por los seres humanos y es, en cierta forma, un coro de perspectivas y posibilidades, un invaluable archivo de lo que se sube a la red, configurado incluso con sus miradas patriarcales, tóxicas, estereotipadas, hasta robóticas, de lo que hacemos y de cómo pensamos.

Cuando te asomas a la IA te asomas a una mirilla hacia la humanidad, te guste o no te guste, pero es también una arcilla que podemos ir moldeando desde todos los lugares con el privilegio a internet. Jamás la IA leerá la totalidad de nuestro mundo, nunca tendrá la profundidad que solo otorga el pensamiento orgánico. Nunca replicará nuestra magia. Nunca accederá a todos los rincones del conocimiento que solo habita en la carne, en nuestra electricidad interna. Entonces, ¿por qué nos preocupa?

El teléfono no reemplaza la voz y una foto no reemplaza el contacto con otra piel, pero tanto la foto como el teléfono nos trajeron hasta aquí, ahora la IA es el nuevo jinete hacia el futuro.

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, hace la diferencia. Puedes apoyarnos a través de Vaki.
  • Para quienes se niegan a recibir el fuego de la IA

    Feminista decolonial, escritora y editora. Autora de las obras Las ballenas son más sutiles (FCE, 2024), El oráculo térmico (Seix Barral, 2023) y El aparato que late (Domingo Atrasado, 2021). Ha ganado dos premios nacionales de narrativa. Es comunicadora social y magíster en Escrituras Creativas. Dirige la escuela La Maletra.

Publicaciones relacionadas

Si valoras el periodismo artesanal, ayúdanos a seguir adelante.
Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki.

En Barequeo nos interesa el periodismo artesanal, hecho a mano, con tiempo para escribirlo y tiempo para leerlo. Buscamos historias y enfoques como quien busca pepitas de oro.

Somos un grupo de periodistas que, desde Manizales, Colombia, generamos un medio de comunicación para fortalecer la deliberación pública desde nuestro territorio.

Creemos en la veracidad, la argumentación, el disenso y el valor de la escritura para la construcción de memoria histórica.

Correo: barequeo@barequeo.com

Cada aporte, grande o pequeño, es una pepita de oro valiosa para nosotros. Puedes apoyarnos con donaciones en la cuenta de ahorros Davivienda 108900805756 a nombre de la Fundación Barequeo (NIT 902045164-5) o a través de Vaki

Codirigen: Adriana Villegas Botero, Ana María Mesa Villegas y Camilo Vallejo Giraldo.