Domesticar espantos
En Camboya, los Jemeres Rojos estrellaban bebés contra los árboles. Uno de esos árboles es hoy un altar de plástico. Pulseras, juguetes, fetiches torpes que locales y turistas dejan —de buena fe— para aliviar las penas de las almas con baratijas.
En Choeung Ek, la ejecución era manual. Palas, hoces, estacas de bambú. Las balas son caras. Los cuerpos iban a fosas comunes que todavía, cuando llueve, devuelven huesos y tela que la tierra no termina de digerir.
Frente a ese árbol y a la urna con cinco mil cráneos, volvió la misma pregunta que me hice en Armero, en Hiroshima, y en el funeral de mi hermano un Viernes Santo: ¿dónde estaba Dios? No como pregunta filosófica. Como acusación.


Teodicea
De donde vengo, esa pregunta es una blasfemia.
En Colombia, Dios es un tic nervioso. Se le reza en catedrales y en garajes. Aparece en paredes húmedas, tazas de chocolate, y en muletillas que evaden la responsabilidad: lo futuro es Si Dios quiere; lo bueno es Gracias a Dios; lo malo es porque Dios sabe cómo hace sus cosas. Dios pone punto final a cualquier discusión. La religión funciona como póliza. El ateísmo, como falta de higiene social.
Me bautizaron sin preguntarme. Cumplí los sacramentos por inercia y me acomodé en una fe de bajo esfuerzo: tres misas al año para no arder, oraciones repetidas sin entenderlas, un miedo administrado al infierno. Con los años y los viajes no perdí la fe —que es otra cosa, más compleja—, pero sí la convicción de que el Dios heredado era el único viable. Las certezas universales terminan siendo el reglamento del barrio.
El mercado divino está saturado. Hay uno para cada desastre y cada favor: de los kami japoneses al panteón hindú, pasando por dioses a la medida, hechos a imagen y semejanza de quien los invoca. El que me tocó es omnipotente, irascible, y bendice guerras con la misma eficacia y arbitrariedad con la que otros curan el cáncer. Imponerlo exigiría una arrogancia que ya no tengo.
Y, sin embargo, todavía rezo. No todos los días, no de rodillas, no con las palabras que me enseñaron. Rezo sabiendo que probablemente no hay nadie. Pero rezo. En turbulencias, en salas de espera, en el momento en que algo que amaba empezaba a irse. O como el día que un tiburón me mordió un brazo y decidió soltarme.


El país sin viejos
Entré a Camboya desde Laos y vi autopistas enormes, vacías, construidas para un futuro que todavía no llega. Después noté la ausencia de ancianos. No algunos: casi todos. En los restaurantes, los meseros son niños; quien cobra es adolescente; los dueños son adultos jóvenes.
Parada obligada en Siem Reap por Angkor Wat. Me sumé, sin mucha resistencia, a los peregrinos del like en Ta Prohm —escenario de Tomb Raider—. Unos días deambulando por ruinas que todavía no acaban de excavar, sus respectivas noches de fiesta en un lugar que quiere empezar de nuevo y cargué ratas gigantes africanas usadas por APOPO en la erradicación de minas antipersona.
Tomé un bus nocturno hacia Phnom Penh. Pro: cubículos con colchonetas en lugar de sillas. Contra: llegué a las cuatro de la mañana. A esa hora, primero el morral, después la vida. Al amanecer, el Camboya de catálogo: palacios y templos de dorado omnipresente; mercados y tuk-tuks desbordando las orillas del Mekong. Yo iba a otra cosa.
Tuol Sleng S-21 y los Campos de la Muerte no son metáforas. Entre 1975 y 1979, Angkar —La Organización— ejecutó a casi dos millones de personas. Uno de cada cuatro camboyanos murió de hambre, tortura o ejecuciones rudimentarias. El país sin viejos no era una impresión: fue lo que quedó. Pol Pot se los llevó.


Los doce apóstoles
«El último hombre sobre la Tierra está solo en una habitación. Llaman a la puerta.» Aquí el hombre tiene nombre: Chum Mey.
El S-21 fue escuela y después prisión. Cuatro edificios de tres pisos, muros ciegos, pasillos largos, patio central, geometría obediente. Bastaría cambiar el revoque para confundirlo con el colegio donde estudié.
Por dentro, la simetría se rompe. Celdas colectivas y jaulas de ladrillo. En el suelo, baldosas vinotinto y oro —las mismas del garaje de mis abuelos, a dieciocho mil kilómetros—. En las paredes: fotos de ingreso que ya son de salida, herramientas de tortura, ropa y objetos de víctimas y victimarios. Hacia el patio, alambre de púas. Todavía tenso. Un jardín con tumbas y un arco que fue juego infantil y después herramienta para colgar cuerpos, sumergir en agua, sacar. Repetir.
Entraron entre catorce mil y veinte mil prisioneros. Doce sobrevivieron.
Doce. Si Dios estuvo ahí adentro, no entiendo cómo decidió: estos sí, los otros no.
Uno de ellos es Chum Mey. Tiene más de noventa años. Lo encontré sentado en una silla de plástico, firmando libros, respondiendo con voz cansada. Me acerqué. Pagué el libro. Posé para la foto. Hice exactamente lo que hacen los curiosos como yo, que llegamos con nuestras preguntas occidentales y nos vamos con un recuerdo y la conciencia aliviada de haber estado ahí.


Supérstite
Mey nació en 1931, al sur de Camboya. Sexto hijo de una familia rural sin hambre ni abundancia: casa, arroz, ganado. Su padre tocaba en bodas, bebía y a veces se alborotaba. Nunca los golpeó. Su madre trabajaba la tierra.
A los diez años ya era huérfano. Vivió con hermanos, jugaban con un carro de bueyes, trabajó donde pudo. Comía lo que había: ranas, anguilas, sopa de cerdo. Se educó en una pagoda. Fue monje novicio un año. Olvidó todas las oraciones. De joven, disfrutó las peleas de gallos y las carreras de búfalos cerca de la frontera con Vietnam. Probó suerte en Phnom Penh: sin dinero, terminó en la calle. Remó barcos cargados de leña y aprendió a fumar narcóticos.
Creció mientras Francia exprimía Indochina como una finca diciendo civilizar y proteger sotanas. Luego llegaron los japoneses y después, otra vez los franceses. Hasta que campesinos, haciendo trampas y túneles a mano, los derrotaron en 1954.
Aprendió mecánica en 1952. Años después, encadenado en una celda, esa sería la única razón por la que no lo mataron.
Se casó a los treinta y tres con Sam Savorn —el matrimonio lo arregló su jefe con una prima—. Tuvieron cuatro hijos. Pagó una dote muy alta —según él—. No quedan fotos, las enterró cuando Pol Pot tomó el poder.

Día cero del mes cero del año cero
Cuando Estados Unidos tomó el relevo en Vietnam, el napalm no respetó fronteras. Entre cien y trescientos mil civiles camboyanos murieron bombardeados y muchos más fueron desplazados. En 1970, el general Lon Nol derrocó a Sihanouk. Desde el exilio, el rey terminó aliado con los comunistas.
Mey trabajaba construyendo puentes. La guerrilla los quemaba y los volvían a levantar. Les disparaban varias veces al día. A veces respondían. A veces corrían. En 1972 abrió un taller. Funcionó. Duró poco.
Angkar decidió reiniciar el país: un delirio llamado Kampuchea Democrática. Una sociedad rural sin ciudades, clases, dinero, escuelas, templos ni pasado. Sin religión —en un país profundamente budista—. Angkar no toleraba competencia.
El 17 de abril de 1975 entraron a Phnom Penh. No hubo combate. La ciudad estaba llena de refugiados famélicos. La gente salió con banderas blancas creyendo que la guerra había terminado.
Mey lo recuerda. Dice que eran las nueve de la mañana. Vestían de negro. Había niños con fusiles y mujeres con cohetes. La gente vitoreaba. Él también. A las cinco de la tarde, altavoces y soldados puerta por puerta ordenaron evacuar. «En tres días podrán volver.» No hubo bombardeos. Nadie volvió.
Mey tomó arroz y salió con su familia. Había tanta gente que por momentos no sabían qué hijo era suyo. Con cada retén fueron perdiendo algo: ropa, documentos, joyas, personas. Caminaron sobre cadáveres hinchados o aplastados. De noche, improvisaban cambuches sobre el pavimento.
Tras varios días de marcha, su hijo Chum Phalla, de tres años, murió de fiebre y diarrea. Mey pidió un azadón, lo enterró al borde del camino y siguió caminando. Lo obligaron a seguir.

Primero mataron a mi padre
Angkar necesitaba un mecánico. Mey se ofreció. Lo devolvieron a Phnom Penh con un salvoconducto. Reparaba motores, máquinas de coser. Su esposa e hijas cosían uniformes. Pero las familias ya no eran tal: hombres y mujeres vivían separados. Un encuentro al mes. Una comida al día.
Las dos hijas mayores —Chum Sopheap y Chu Kanady— desaparecieron. Las buscó muchos años. Supone que murieron.
La paranoia era el paisaje. Bastaba usar gafas, hablar otro idioma o tener manos sin callos para ser señalado. El 28 de octubre de 1978 le tocó a él. Lo llevaron a Tuol Sleng amarrado y con los ojos vendados. Lo registraron en la sala que hoy funciona como recepción. Después: desnudo, golpeado, encadenado.
«Nos trataban como animales. Nos daban cajas de municiones para defecar. Si alguien ensuciaba el suelo, lo obligaban a lamerlo. Si hacíamos ruido, latigazos. Dos cucharadas de sopa de arroz —sin arroz— al día: lo suficiente para no morir. Si hubiéramos atrapado una rata, la habríamos comido cruda.»
Doce días de interrogatorio en un cuarto estrecho: un escritorio, una cama oxidada, grilletes, cables, un palo con alambre, sangre seca en el suelo. Golpes mañana y tarde. Paraban para comer. Volvían. Las preguntas: KGB, CIA. Él no sabía qué eran.
Pensó en suicidarse. No había cómo.
Recuerda a Seng y Tit golpeándolo hasta cansarse. Uno le arrancó la uña del dedo gordo con alicates. Le ataron un cable a la oreja y lo electrocutaron. Sintió arder los ojos y la cabeza estallar. Se desmayó dos veces. Cuando despertó, inventó historias absurdas sobre la CIA. La verdad no importaba. Necesitaban una confesión. Sin ella, los matarían también a ellos.
Cita un proverbio jemer: «Si un perro loco te muerde, no lo muerdas tú. Si lo haces, también estás loco.» Por eso no los culpa. Los considera víctimas. O porque culparlos no cambia nada, y él lo sabe.
Cuando firmó la confesión, lo pusieron a reparar máquinas de escribir dentro de la prisión. Solo eso lo mantuvo vivo. No la fe. No el mérito. No la justicia. Una habilidad aprendida décadas antes por razones sin ninguna relación con esto. Algo indistinguible del azar lo separó de los otros diecinueve mil. Si eso es la providencia, es la más cruel que puedo imaginar. Y sin embargo una parte de mí quiere que sea providencia. Porque si fue solo azar, entonces todos los que murieron no tuvieron ni siquiera eso: ni Dios, ni sentido, ni nada que los eligiera. Solo mala suerte.


Mañana estarás conmigo en el paraíso
Pol Pot, delirante, ordenó ataques en la frontera. El 7 de enero de 1979 el ejército de Vietnam entró a Phnom Penh. Cuatro años terminaron de golpe. A Chum Mey lo desataron. Nadie explicó nada. Salió con un grupo de prisioneros y guardias, todos mezclados, caminando hacia Choeung Ek.
En el camino vio a su esposa: llevaba un bebé de dos meses que él no conocía. No hablaron. Aparecieron camiones vietnamitas. Disparos, polvo, gritos. Se escondieron. Luego caminaron horas hasta un monasterio.
En la madrugada, jemeres rojos los obligaron a salir. Un kilómetro después, empezaron los tiros. Su esposa le gritó que corriera. Eso hizo. Cuando la mataron, el niño todavía lloraba. Mey no volvió. Era un suicidio. Lo persiguieron. Se escondió seis días en el bosque.
Regresó como pudo. En el camino se le unió una mujer más joven, huérfana. Un mes después se casaron. Tuvieron seis hijos.


Polvo eres
Mey volvió a trabajar con el Ministerio de Transporte. En 1982 viajó a Alemania del Este y visitó campos nazis. Reconoció los patrones. Le sorprendió que allí los prisioneros tenían camas y podían bañarse.
Los Jemeres Rojos se fueron a la selva y siguieron combatiendo. Pol Pot huyó durante años. Lo capturaron en 1997. Murió al año siguiente sin juicio. En 2003, el gobierno camboyano y Naciones Unidas crearon un tribunal. Mey testificó contra Kaing Guek Eav —el jefe del S-21, conocido como Duch—. Cadena perpetua. No alcanza.
Trabajó hasta 2005. Desde entonces repite su historia en libros, documentales y conversaciones como la nuestra. Regresa casi a diario al jardín de Tuol Sleng a trabajar con la asociación de víctimas Ksaem Ksan. Ahí conocí la obra de Vann Nath y Bou Meng.
Durante años pensó que habría sido mejor morir. Aguantó porque quería que el mundo supiera, que los muertos no fueran olvidados. No habla de perdón divino ni de plan superior. Habla de memoria. Como si, a falta de Dios, hubiera decidido ser él el registro. O como si hubiera entendido a Buda —que nunca prometió salvar a nadie—, sino enseñar a liberarse del sufrimiento.

¿Banalidad del mal o Dios de vacaciones?
Si Dios salvó a Chum Mey, lo hizo de la manera más caprichosa posible: le dio una habilidad irrelevante en cualquier otro contexto, la dejó ahí latente, y décadas después la usó como criterio de selección entre veinte mil personas. Y también eligió no salvar a los otros dos millones. Ni escuchar a la esposa que murió mientras el bebé lloraba. En eso no hay bondad. Hay tiranía, o hay nadie.
También puede ser que Dios estaba y no hizo nada. Presenció todo sin intervenir. No sé qué es peor: la impotencia o la indiferencia. O no había nadie y la barbarie fue enteramente humana: funcionarios, no monstruos. Niños con fusiles obedeciendo órdenes. Hombres que arrancaban uñas en horario de oficina.
Crecí usando a Dios como depósito de explicaciones, culpas y consuelos. Camboya no me curó. Me dejó con algo peor que la incredulidad: la nostalgia de creer. Como cuando creía los muertos iban a algún lugar y el sufrimiento tenía propósito.
Ya no puedo decir que Dios sabe cómo hace sus cosas. Lo que sé es que en Camboya había un letrero de «No molestar» y que alguien lo obedeció. Y que yo, de vuelta en el hotel, esa noche, antes de dormir, recé.