Me parece curioso que en el sector literario se analicen asuntos relacionados con todo menos con la escritura. En el gremio editorial, por ejemplo, se estudia qué se publica, cómo, qué tanto. En las librerías se revisa cuánto venden, dónde están localizadas, qué ganancias les quedan. En los públicos lectores se investiga lo que leen, en qué tiempo, de qué manera, pero nadie se pregunta por la gente que escribe y por cómo crean una obra.
Parece que a nadie le importa cuánto gana una persona que se dedica a las letras, cómo sostiene sus proyectos literarios, cuánto tiempo le toma crear un libro o qué necesita invertir para lograrlo. Cuánto gasta en formación, transportes, materiales, programas informáticos, Internet; lo que le paga a una tutora para que le guíe o a una editora privada para que le refine el texto. Si tiene que irse de viaje para elaborar vivencias, inscribirse a una biblioteca o comprar libros vitales para su investigación.
Un artículo reciente de El País dice: «El dato que alarma a las librerías de España: la mitad de los títulos que tienen disponibles no vende nada». ¿Por qué ese dato preocupa a las librerías y no a quienes escriben esos libros? ¿Por qué la mirada se pone en los negociantes y no en los creadores? Lo literario se reduce a las dinámicas del mercado, no a las actividades creativas.
Soy consciente del papel tan importante de las librerías en la cadena del libro y por eso hago el Tour de librerías, pero son negocios que viven de lo que hacemos las y los escritores, y la verdad es que les va mejor que a nosotros: por cada libro vendido ganan el 35 %, quien lo escribió se gana apenas el 10 %.
Los libros, mientras se van gestando, pagan arriendo y servicios públicos, pero nadie parece preguntarse cómo es que su escritora o escritor cubre esos gastos. Al sector solo le preocupa el arriendo de los libros ya paridos y cómo es que las librerías sostienen el funcionamiento de sus locales y empresas.
Es como si el sistema de salud solo se preocupara por la ciudadana que ha nacido, pero no brindara asistencia a la que apenas se está creando. El sistema literario tiene el ojo puesto en los resultados, pero no atiende las condiciones para el cultivo de los proyectos.
Las becas de creación y las residencias de escritura del Ministerio de las Culturas o el Idartes son insuficientes: son pocas y no alcanzan para cubrir lo que cuesta la escritura de un libro. Y existen casos aún más absurdos, como el de esas convocatorias que nos quieren hacer el favor de publicarnos el trabajo sin pagarnos un peso por ello, como es el caso de las colecciones Autores Caldenses y Libros al Aire, de la Secretaría de Cultura de Caldas.
Otras veces, los estímulos financieros solo van dirigidos a librerías o editoriales independientes, pero no a escritores independientes, que pasan años trabajando en un mismo texto, torean rechazos editoriales y se sostienen de hacer talleres o corregir tesis, mientras pagan la seguridad social de su propio bolsillo.
Digo «escritores independientes» y no «escritores» a secas porque hay una diferencia gigante entre ambos grupos. Es muy distinto escribir cuando te ganas un sueldo como profe de tiempo completo de una universidad porque, aunque no te quede mucho tiempo para escribir, al menos no escribes en la tabla de la incertidumbre financiera, como hacemos las y los que somos emprendedores.
Otro escenario lo proporcionan los premios literarios, donde radica una contradicción que tampoco se ha revisado bien, pues lejos de ser reconocimientos, funcionan como alivios financieros. No son regalos, son recursos para la supervivencia o incluso para cubrir las deudas en las que te metes cuando escribes un libro.
Hace pocos días la escritora argentina Samanta Schweblin, que está radicada en Berlín desde hace varios años, se ganó un premio de un millón de euros por su libro El buen mal y dijo en una entrevista: «Tener que encontrar tiempo para escribir no es fácil: es algo muy caro, y me doy cuenta que en Argentina sale mucho más caro que lo que sale en donde vivo yo».
Ya antes se había referido a las condiciones materiales que se necesitan para ejercer la escritura: cuando ganó el Premio Booker Internacional dijo que era «Un sueldo para siempre», desromantizando la idea de los premios que, en realidad, no lo son. «Donde el campo dice vocación, aparece trabajo. Donde dice reconocimiento, aparece remuneración. Donde dice premio, aparece salario», asegura Paola Simonetti.
En últimas, la gente que escribe desde el privilegio y sin ganar premios es porque recibe una herencia, a lo Virginia Woolf, una pensión o la financiación de una familia que le sostiene la pluma. Tal vez todo esto explique porqué son tan pocos los escritores nacidos en sectores populares.
En su libro Dinero y escritura, Olivia Teroba se hace preguntas que me inquietan: «¿Cómo influye el mercado y las condiciones materiales en lo que se escribe y en quién puede escribir? La escritura, ¿es una forma de autoexplotación? ¿La precariedad es una condición romántica de quien escribe o es una estructura de poder normalizada?».
Quienes escribimos normalmente lo hacemos en condiciones precarias porque la verdad es que a la literatura no le importan sus escritores. Solo los libros que se venden.