Devastación o represión

30 de marzo de 2026

Se nos hace difícil responder el dilema que hace tres meses teníamos con Venezuela: ¿prefieren un país arrasado pero libre, o un país soberano pero autoritario?, ¿devastación o represión? La respuesta que uno encuentre va a estar siempre equivocada.
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En un mundo simple de realidades simples no hay que dar muchas vueltas para distinguir lo bueno de lo malo.

El 1 de marzo, mientras llovían aceite negro y misiles balísticos en Teherán, Trump congratuló al valiente pueblo iraní que meses atrás dio un grito de auxilio y que sólo él tuvo el corazón de atender. Con una lluvia invisible pero igual de devastadora se desbarataron a su vez setenta años de esfuerzos diplomáticos en la Organización de las Naciones Unidas, y una suerte similar pareció pesar sobre cualquier otro sistema multilateral, como el de la Unión Europea, cuyos líderes no saben cómo decir que no sin decir «no», cómo decir «tal vez» para que a Trump le parezca un «sí» y que a los ciudadanos Europeos les suene a «no», o que los cuatro años de invasión rusa en Ucrania sean más indignantes que los ataques de Estados Unidos e Israel contra Líbano e Irán.

Cuando Trump reitera su intención de hacerse con Groenlandia y Panamá, tal como hace ahora con el petróleo venezolano, a muchos les da la impresión de que sólo existe un mal en el mundo: el imperialismo estadounidense. A otros, de los muchos que lo admiran, es fácil convencerlos de que la mano dura es más efectiva y justa que el apolillado y ornamental sistema internacional. Trump hizo lo que nadie más se atrevió a hacer: meter preso a Maduro, decapitar la dictadura de Irán y reemplazar las oxidadas cadenas institucionales con estructuras análogas y novedosas, como su Escudo de las Américas y su Junta de Paz .

En el enredo de buenos y malos, y de los muy buenos contra los muy malos, terminó por averiarse la brújula moral con que esa comunidad internacional exigía gobernar el futuro. Venezuela, entonces, y ahora Irán. Mientras tanto, entre las voces de protesta contra la errática política exterior de Donald Trump y la hipocresía de los líderes del mundo libre, se oyen a algunos que dicen abogar por la justicia social, por el feminismo, por los derechos LGBT, los laborales, los reproductivos y por todas las minorías, pero que sólo alzan la voz cuando los abusos ocurren en países occidentales o por obra de los enemigos conocidos. La brutal represión que por casi medio siglo el régimen iraní ha ejercido contra las mujeres, las personas LGBT, los ambientalistas, los activistas o los periodistas, ya sea que maten treinta o treinta mil, no deja rastros en las banderas o discursos de muchos que presumen de su abnegación. Los abusos de los gobiernos de Venezuela, Cuba, Nicaragua, Rusia, Bielorrusia o China contra su propia población se benefician de un silencio parecido.

Todavía llueve aceite negro en Teherán, y Donald Trump (el otrora candidato anti-guerras, laureado con el premio de paz de la FIFA) se da la libertad de cometer crímenes de guerra, castigar aliados desobedientes y colorear el mapamundi con su crayola escolar, todo con la excusa de liberar a los pueblos de sus tiranías.

Nos espantamos con la barbarie, con la sevicia, con la soberbia de un tirano con el dedo en el gatillo, y se nos hace difícil responder el dilema que hace tres meses teníamos con Venezuela: ¿prefieren un país arrasado pero libre, o un país soberano pero autoritario?, ¿devastación o represión? La respuesta que uno encuentre, si es que alguien genuinamente la encuentra, va a estar siempre equivocada.

En Venezuela, con el régimen aún en pie y sin horizonte de transición a la democracia, apenas han liberado a una parte de sus presos políticos y de paso abrieron sus pozos para petroleras estadounidenses. Si bien la guerra civil que temíamos no se ha materializado, el ataque a la ley internacional sirvió de colchón para esta nueva guerra con argumentos tan enredados como los de Vladimir Putin en febrero del 2022, en la víspera de su invasión a Ucrania.

Irán y Líbano sufren ahora la misma suerte que durante más de dos años convirtió a la Franja de Gaza en una gigantesca fosa común. Para liberarlos de la barbarie, como explicaba Netanyahu, primero hay que depurarlos. ¿Quién, acaso, no añora la libertad?, ¿quién no aborrece la opresión?, ¿qué más da un castigo colectivo si el objetivo es su liberación? Esas preguntas, que ya venía resueltas de antemano, no se las hicieron a los palestinos, sino al mundo. Al mundo simple de realidades simples, en donde el bien siempre prima sobre el mal.

Por eso, nos dicen, hay que cortar primero la cabeza del dragón. Las cabezas, claro, porque por cada cabeza cortada aparecen otras dos, y por cada militante muerto aparecen cuatro más, y así exponencialmente, como en los tiempos de pandemia, hasta que los estrategas de la purga encuentren el mal en todas las calles, las avenidas, los bulevares, las glorietas, las autopistas, los puentes, los túneles, los cruces de cebra, las guarderías, los colegios, las escuelas técnicas, las universidades, las cafeterías, las fábricas, los supermercados, los restaurantes, las peluquerías, los hoteles, los estadios, los coliseos, las piscinas olímpicas, los velódromos, las granjas, los cultivos, los establos, los corrales, los garajes, las casas, los edificios de apartamentos, los orfanatos, los ancianatos, los acueductos, las plantas potabilizadoras, las de tratamiento de aguas negras, las desalinizadoras, los camiones de basura, las redes de gas natural, las de alcantarillado, las líneas de alta tensión, los buses de transporte público, los parques municipales, las plazas, las alcaldías, los parlamentos, los juzgados, las oficinas de registro civil, las comisarías, las estaciones de bomberos, las cárceles, los centros de rehabilitación, las clínicas psiquiátricas, las funerarias, los cementerios, los osarios, los hornos crematorios, las imprentas, las salas de redacción, los platós de televisión, las estaciones de radio, las antenas de telefonía, las bibliotecas, las librerías, las casas editoriales, los museos, las galerías de arte, las iglesias, las mezquitas, las sinagogas, las farmacias, las ambulancias, las salas de urgencias, los quirófanos, las unidades de cuidados intensivos, máquinas de diálisis, las salas de neonatos, las de reanimación, los comedores comunitarios, los campos de refugiados y los teatros ahora convertidos en anfiteatros. Como el mal está en todas partes, es apenas lógico la purga de plomo, metralla y candela libera a todos por igual.  

En un mundo simple de realidades simples, unos terminan queriendo guerra y otros queriendo tiranía. Elegir entre devastación o represión es otra forma de imponer ambas.

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  • Manizales, 1998. Escritor y activista. Vive en Noruega.

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