Llamar acoso al acoso

29 de marzo de 2026

Hasta hoy las denuncias se relacionan con periodistas acosando a periodistas. Un capítulo grave, aunque sospecho que hay uno aún más abultado: el de las fuentes acosando a periodistas.
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A mí también me pasó. 

O no.

O más o menos sí.

Es complejo. 

Los periodistas, acostumbrados como estamos a poner titulares, a decir “corrupción”, a escribir “conflicto de interés”, a hablar de peculados por apropiación o de celebración indebida de contratos, a veces nos enredamos para nombrar lo que nos atañe a nosotros mismos. 

A nosotras mismas.

Desde el viernes 20 de marzo el tema nacional es el acoso sexual en las salas de redacción.  Los presentadores Jorge Alfredo Vargas y Ricardo Orrego salieron de Caracol Televisión, el noticiero con más audiencia de Colombia, en medio de investigaciones por denuncias de acoso, y a ese hecho se suman las viejas y nuevas quejas por acoso y silenciamiento de mujeres que pesan sobre Hollman Morris, director de RTVC, el sistema de medios públicos del Estado colombiano (del Estado no significa del gobierno). Todos estos hechos desataron un tsunami en el que las nuevas generaciones de mujeres periodistas evidenciaron en redes sociales y en medios de comunicación que no se trata de casos aislados o excepcionales, sino de prácticas sistemáticas y recurrentes en distintas salas de redacción. Esta semana ellas le han dicho acoso al acoso y abuso al abuso y han hablado fuerte y claro sobre compañeros de trabajo que las sometieron a relaciones sexuales no consentidas, que las emborracharon en fiestas y luego abusaron de ellas, que les dieron besos forzados, que las manosearon, las tocaron, las morbosearon, les invadieron su espacio personal, les enviaron desnudos por chats, y un etcétera de situaciones que crece con los detalles que cada una narra. 

Celebro la valentía de ellas, para denunciar a sus propios colegas, en campañas que circulan en redes con las etiquetas #NoAlPactoDeSilencio #YoTeCreoColega, #MeTooColombia y #QueLaVergüenzaCambieDeBando.

Hasta ahora, buena parte de las denuncias se relacionan con periodistas acosando a periodistas. Un capítulo grave, aunque sospecho que hay uno aún más abultado: el de las fuentes de información acosando a periodistas.

Hombres, de todos los perfiles y profesiones, pero sobre todo en roles de poder, acosando a periodistas mujeres, por lo general jóvenes.

Mujeres periodistas tratando de conseguir información para su medio (para editores que muchas veces presionan por chivas o primicias) y hombres-fuentes que ven en esa labor de reportería un resquicio por el que pueden acceder a favores sexuales. Se imaginan intercambios mutuos del tipo ¿yo te doy la información que necesitas, pero qué me vas a dar tú a cambio?

A mí también me pasó. 

O no.

O más o menos sí.

Es complejo. 

Han pasado más de dos décadas. Yo era corresponsal de El Espectador para el Eje Cafetero en una época en la que las noticias sobre orden público eran el desayuno, el almuerzo y la comida. Guerrilla, paramilitares, narcotráfico, pescas milagrosas, secuestros, cilindros bomba, extorsiones, homicidios. No había una sola semana sin noticias de este tipo y yo era la única periodista de mi medio en la región. Es decir, no podía pedirle a un compañero de trabajo “por favor encárgate tú”.

Las fuentes son variadas, pero entre esas fuentes siempre están las autoridades. En una época anterior a Whatsapp y al mail, el relacionamiento implicaba hacer todas las semanas algo que hoy se ha perdido y sigue siendo importante: ir hasta la oficina de las fuentes y hablar cara a cara, en diálogos personales. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hay de nuevo? A veces en esas entrevistas no surgía nada de valor, pero a veces sí, y esas veces justificaban el esfuerzo.

En mi rutina de visitas frecuentes estaba la policía, una fuente clave en la información sobre orden público. El comando quedaba en el mismo sitio donde está hoy, en el barrio Linares de Manizales, y aunque hace décadas no entro, recuerdo que el despacho del comandante quedaba en el segundo piso. Era una oficina amplia, con ventanas a la calle. 

En una ocasión me dijo que por qué no me soltaba el pelo. Yo usaba una cola de caballo bien templada. Sonreí y lo dejé pasar.

En otra ocasión comentó algo sobre mi ropa. Sobre lo bien que se me veía la blusa. Lo dijo mirando la blusa. Sonreí y lo dejé pasar.

Era una fuente importante para mi trabajo. No me podía poner ni quisquillosa ni peleona. Todavía estaba muy joven y ya escribía para un medio soñado. La visita semanal me permitía confrontar o corroborar información de interés público relevante para mi trabajo, y por eso regresaba.

Una tarde me preguntó que qué me pasaba. Le respondí con honestidad: tenía un dolor de cabeza fuerte, algo muy común en mí. Me dijo: “ven te doy unas goticas homeopáticas” y yo ingenua como era (como soy) me paré y lo seguí. Entramos a una especie de vestier y cerró la puerta. Había uniformes y cosas personales, pero también legajadores y documentos. Era un cuartico pequeño. Se paró frente a mí, a milímetros de distancia, como esperando algo, y yo me quedé petrificada como una estatua humana. Sentía el olor de su colonia y su respiración fuerte. Extendió los brazos por encima de mis hombros, dizque para buscar las gotas en un entrepaño que quedaba sobre mi cabeza, mientras yo trataba de controlar mi cuerpo para que por el temblor no lo fuera a tocar. Buscó por uno o dos minutos eternos. Yo no me movía ni hablaba. Su cuerpo se interponía entre el mío y la puerta. Creo que me vio la cara de terror y se arrepintió. Dijo “parece que no las tengo acá”. Apenas pude sacudirme del pánico me fui, sintiendo un latido intenso en la sien. 

Pero después, en la calma de la casa, pensé que ni siquiera me rozó, que yo me estaba imaginando un riesgo inexistente, que quizás él sí me iba a dar las gotas y que en realidad no había pasado nada. Concluí que la culpa era mía por sentirme tan paranoica.

Y entonces a los pocos días volví.

Y cuando regresé, luego de hablar del orden público y de las noticias me dijo: “la vez pasada te veías muy tensa, pero hoy te noto más relajada. Si quieres pasamos allí y te doy las gotas. Ya las encontré”. Y me señaló la puerta con una sonrisa inequívoca.

Le dije “no, gracias” y me fui. 

Nunca más volví. 

Me chiviaron varias veces. 

Hoy entiendo que fue acoso, pero hoy tengo 51 años. En ese momento, joven, inexperta y vulnerable, no tuve las palabras para nombrar ese asco, esa incomodidad, esa vergüenza y ese miedo.

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