El perro de Las Meninas

23 de marzo de 2026

La riqueza de estas obras de arte llenas de movimiento y personajes es que nos invitan a habitarlas. Su fuerza narrativa sobrepasa la falsa quietud de la pintura.
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No tenía idea de que se llamaba Salomón. Tampoco de que le habían escrito un libro, Verdadera historia del perro Salomón, y que su autor, Miguel Fernández-Pacheco, narra que en realidad no era un perro sino un criado del poeta Francisco de Quevedo llamado Ginés y que, por cosas de la fantasía, se transformó en animal para estar cerca de la mujer que amaba. Pero ese mastín español ubicado en la parte inferior derecha de la pintura Las Meninas (1656), de Diego Velásquez, me parece de lo más interesante de esta obra maestra analizada hasta el cansancio.

La pintura barroca, con su juego de espejos, tiene once personajes entre los que están el artista, el rey Felipe IV y su esposa Mariana de Austria; su hija, la infanta Margarita, y su séquito que incluye enanos y bufones. Pero no cuentan al perro, a pesar de que está en primer plano y Nicolasito Pertusato lo está pisando. Salomón permanece echado, con la cabeza erguida y la mirada abajo.

Claro, el protagonismo se lo llevan las personas porque —obvio— son personas y nos interesan sus historias. Sobre todo porque son reyes y Velásquez nos metió en su cotidianidad. Salomón, sin embargo, ¿qué nos puede contar un perro? Los semiólogos dicen que representa la fidelidad y tranquilidad en medio de una escena llena de movimiento, pero al parecer no se fijaron en que tiene las orejas hacia atrás. Un imperceptible elemento de tensión que, según la doctora Mindy Waite, experta en comportamiento canino, es “signo de miedo o ansiedad provocado por un lugar, una persona o un ruido”.

Las Meninas. Diego Velásquez, 1656. Museo del Prado, España.

He visto Las Meninas muchas veces, en fotografías y en el Museo del Prado, y solo hasta hace poco me fijé en Salomón. Ahora, cada vez que veo o pienso en esta pintura, me imagino a ese mastín español volteando la cabeza y mordiendo al bufón Nicolasito. Lo veo, con sus fauces de moloso, zarandeando a ese enano hipofisario por cansón. Y en esa fantasía la enana quitahipos Mari Bárbola grita asustada, con sus manos acondroplásicas levantadas, como pidiendo que alguien la cargue, porque el perro la embiste enrabietado, mientras las manoletinas de Pertusato saltan por el aire.

Y es que Salomón es grande. En la pintura su imponencia se percibe así esté echado; ahora, en sus cuatro patas, es de la talla de la infanta Margarita, que difícilmente se puede mover por esas enaguas en forma de cúpula. Igual le sucede a María Agustina Sarmiento de Sotomayor, dama de honor de la infanta, e Isabel de Velasco, otra menina, que tropiezan entre ellas mientras buscan protección en el guardadamas que acompaña a la viuda Marcela de Ulloa, que no para de insultar al estólido de Nicolasito, con su pantorrilla delgada entre los dientes del perro y desmadejado como una marioneta.

El aposentador de la reina, José Nieto Velásquez, huye del lugar y cierra la puerta que ilumina la escena, mientras que Felipe IV patea al perro para que suelte al catacaldos del bufón. Su esposa, Mariana de Austria, se sale del espejo para proteger a su hija y mancha su vestido con el pincel y la paleta de óleos que Diego Velásquez usa como escudo del mastín, que para ese momento ya tiene el pelaje erizado ante tanto escándalo.

Es una escena desopilante, lo sé, pero esa es la riqueza de estas obras de arte llenas de movimiento y personajes —como La ronda de noche, de Rembrandt, o La balsa de la Medusa, de Géricault: nos invitan a habitarlas. A reimaginarlas y reconstruirlas. Su fuerza narrativa sobrepasa la falsa quietud de la pintura que, en estos casos, son más cercanas al fotograma de una película.

Al final no sé qué pudo suceder con Salomón. A veces lo imagino solo, baboso y jadeante en medio de ese salón, recobrando la calma tras una escena digna de Cujo. Otras, molido a palos por el rey y el guardadamas. O echado a la calle, donde se aparea con otras perras y, dos siglos después, uno de sus descendientes es pintado, con asomo curioso, por Francisco de Goya en una de las paredes de la Quinta del Sordo. Perro semihundido, otra genialidad del arte español.

Salomón, un personaje secundario —¡qué digo secundario: de tercera!— de Las Meninas y que para muchos representa la lealtad, para mi es la amenaza latente. Es el suspenso. Es la bomba a punto de estallar tras la patada de ese sietemachos de Nicolasito Pertusato, ese sí un personaje de quinta, porque ir a pisar un perro…

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  • Periodista y diseñador industrial. Profesor en la Universidad de Manizales. Ganador del Premio Nacional de Periodismo “Orlando Sierra Hernández” 2024.

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