El fámarco

6 de mayo de 2026

Lo que Marvel Moreno establece es la negación absoluta de lo erótico en una sociedad conservadora que transforma el deseo en horror.
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Leo a George Bataille. Atravieso los días de sol y lluvia y vértigo leyendo su libro El erotismo como un fármaco que enciende todas las células inanes. Hay días que leo porque hay una profunda incomodidad con el mundo. En este estado de suspensión leo como uniendo pedazos de fracturas de toda índole. Sucumbo a las palabras con un gesto que parece hostil, pero es el gesto a quién las palabras son el alivio, el refugio y el horror. Bataille propone dos palabras: continuidad y la discontinuidad. Esto unido al ser. Hay muchos conceptos en los que sabe pensar la existencia y apalabrarla. Pienso entonces que la  continuidad no se alcanza, pues somos seres indómitos, volátiles. Solo se alcanza en la muerte porque es un momento estable. Salvaje. La totalidad. Retorno inmanente. Lo discontinuo, en efecto, es el producto en la continuidad. Lo discontinuo crea. Aparecen la nostalgia y la melancolía como productos de una continuidad ya sepultada. Hay separación. Hay individualidad. Es acontecer entre la vida y la nada.

Surgen también las palabras erotismo, sexualidad y sensualidad. Con la sensualidad se refiere a la diferencia que se da entre lo animal y lo humano. En lo humano media el erotismo. En este suceder aparece el proceso de dar vida a otro ser, que es, en palabras de Bataille, un acto de continuidad momentánea, efímera. La conexión estalla y se desvanece, es la vida arrancando la vida, porque lo que emerge es discontinuo. Así, el erotismo es concebido como vida y muerte, piedra angular. Hay lecturas que nos hablan de cosas que nunca hubiéramos visto, como si las estuviéramos descubriendo. Hay preguntas, desconcierto, embelesamiento. Bataille es de esos autores indefinidos que logra, entre otras cosas, apalabrar la realidad de formas tan distintas y tan precisas.

Recuerdo mientras leo a Bataille a Marvel Moreno y su cuento: “Algo tan feo en la vida de una señora bien”. Un cuento fulminante como un acontecimiento. Laura de Urueta, la protagonista, encarna la discontinuidad del yo femenino: la sexualidad es mecánica, funcional. No hay placer. Ernesto es su esposo y es católico. Utiliza a Laura como “mero receptáculo” para saciar su animalidad. Los coitos son vacíos. Se profana el cuerpo de Laura sin nombrarlo, sin inventarlo con palabras. Es tanto más que eso. Es utilitarismo. El erotismo, en cambio, aparece como transgresión y experiencia interior que se niega: la clase social unida a la religión impide que suceda la “aprobación de la vida hasta en la muerte”. Laura es condenada a una continuidad material. Sus recuerdos fragmentarios de un deseo donde el yo se diluía contrastan contra el peso escabroso del matrimonio. Es curioso, pero el erotismo se revela como una fuerza reprimida que, al no poder introducir, se proyecta en vacío existencial, en una “pequeña muerte”. La finitud ante la imposibilidad de lo erótico. El cuerpo es reducido a instrumento: la piel, el tacto, sus formas, evocan la atracción y la repulsión. Se domestica la sensualidad. No hay atracción hacia lo obsceno-divino. Emite señales y lleva a Laura hacia la discontinuidad. Evade: “le oía hablar sin escucharlo, lo sentía hacer el amor imaginándose a sí misma en otro lugar, en otro tiempo. Parecía una broma, pero aquel juego le había permitido evadir a Ernesto”. Lo que Moreno establece es la negación absoluta de lo erótico en una sociedad conservadora que transforma el deseo en horror. Reprime la sensualidad y la sexualidad funcional conduce a la autodestrucción. Es una máquina de narrar la feminidad, la hostilidad y la crudeza. Moreno repasa algo difícil: rompe estándares de una sociedad que se tensa desde la tradición. Es ácida e indómita. Habló de cosas que ocultamos. Sin artificios, sin excesos, escribió para atravesarnos.

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  • Bogotá, 1997. Licenciado y Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira. Profesor de literatura. Parte de su trabajo de escritura ha sido publicado en el periódico El Espectador, Revista Corónica y el Periódico de poesía, de la Unam.

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