Lector sádico

8 de mayo de 2026

Los lectores son, en su mayoría, hedonistas y materialistas. Solo buscan el placer a través del libro: el diseño de la tapa, los acabados, el calibre del papel, la tipografía, entre otros.
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Los lectores existen por el libro. Sin ellos serían simples criaturas. Tristes y reprimidas criaturas errando, neuróticos por la tierra. El libro es la condición de su existencia. El lector es el efecto de este objeto fetiche. Y no solo es un objeto, es la causa de su placer; en él se encarna la posibilidad del goce y el disfrute. Leer, más que un acto intelectual, es un acto erótico y analgésico, liberador. Se lee por placer, para evitar el dolor. Y el libro despierta en quien lee el deseo, una necesidad de dominio y de posesión. El libro, a pesar de su pasividad (quizás esto sea su mayor atractivo), provoca en el lector sadismo: la compulsión de someter al objeto de deseo mediante una fuerza sexualizada y placentera. El lector sabe que el libro no tiene voluntad y, por ello, puede actuar perversamente para su disfrute; y porque sabe además que en la lectura —la expresión más cercana a la libertad— puede emancipar sus deseos más inmorales. La lectura es un campo sin restricciones, sin leyes.

Los lectores son, en su mayoría, hedonistas y materialistas. Solo buscan el placer a través del libro: el diseño de la tapa, los acabados, el calibre del papel, la tipografía, entre otros. En este punto, el libro es para el lector mera corporeidad. Y el ritual de la lectura radica en el cortejo y el fetiche. El propósito último del lector consiste en aparearse con el libro, intimar con su cuerpo, hacerlo suyo para encontrar lo pudendo: la desnudez del texto. Pero ¿cómo sucede esto?

Lo primero que hace el lector es tomar un libro de la biblioteca. (¿Por qué ese libro en particular y no otro? ¿Qué hay en la superficie del lomo, en las letras, en el nombre, que invita al lector a tomarlo? Cada lector con sus manías y sus respuestas). El caso es que cuando el lector lanza la mano —lento, «tímido»— y toca la piel del libro para liberarlo del sofocado anaquel, se produce un coqueteo. La mano del lector tiembla un poco, y en la yema de los dedos palpita la sangre que choca como el chorro de una manguera. Por alguna razón, el lector frunce las cejas y se toma la barbilla, o simplemente se acaricia el pelo, o abre los ojos (el catálogo de gestos puede ser interminable para ocultar las palpitaciones en todo el cuerpo). En medio de la agitación, se dedica a detallar el cuerpo indefenso y frágil del libro. No lo abre de inmediato. Espera, lo sopesa, lo acerca a su nariz, lo da vuelta. Estos gestos tal vez funcionan para disminuir la excitación que el libro le provoca —es importante señalar que hay otros pretendientes rondando—; entonces el lector, allí de pie, debe mostrarse confiado y matizar la vergüenza (o la perversión) del primer encuentro.

Es recomendable respirar con el libro en la mano, dejar que el aire entre por medio de una inhalación larga y profunda, y de ese modo soltarla luego para disminuir la frecuencia del pulso, para no entorpecer el contacto con la piel dura de la tapa, y que este no sea torpe ni tembloroso. Porque acariciar es un arte, librofilos. La delicadeza también es un factor primordial: para ello se roza el cuerpo del libro, la musculatura del lomo; se acarician los bordes, el filo seductor de las hojas que podrían romper la piel de los dedos y hacer brotar esa gota roja de placer sobre las páginas. Esta exactitud en los detalles mantiene la tensión del encuentro y evita las lastimaduras.

Aquí una recomendación: si el libro no provoca en el lector una sensación del orden de lo inefable, es preciso detener el cortejo. Por el contrario, si estas cualidades se cumplen, viene lo mejor: detrás de la dureza del cuerpo hay una zona profunda, blanda y erógena. Basta con desplegar la tapa para ver, por primera vez, la desnudez.

Acá es necesario que el lector no pierda de vista la delicadeza. Con el cuerpo del libro dispuesto, debe seguir tocando la piel de sus páginas y acariciando las rugosidades, la superficie lisa y limpia de las hojas. El lector emitirá un suspiro gimiente a causa del roce áspero y excitante que producen las páginas contra los dedos punzantes.

Una vez que el libro ha dilatado sus páginas, su cavidad está lista y lubricada gracias a las manos del lector que no dejan de acariciar los pliegues. De a poco, el lector y el libro van a olvidar lo que los rodea: los otros libros, los otros lectores. Se van a fundir. Van a fagocitarse.

El cortejo ha permitido que la mirada se endurezca, y de este modo comienza a penetrar tiernamente en la primera palabra, en cada frase, en cada párrafo, adentrándose más y más en el interior cálido —lubricado—. De pronto, el libro está dentro del lector. O el lector está dentro del libro. La mente se tensa, se contrae… se sacude, se pierde, se eleva, viaja… palpita, se electrifica, arde, quema, arremete, embiste, crece y se desinfla…estalla y fluye produciendo la descarga de pensamientos e imágenes que hacen chorrear las endorfinas por el lector.

Consejo final: si ha gustado, repetir cuantas veces se desee. Tal vez la segunda vez sea mejor.

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