Ahora soy y estoy aquí, ahora ya no soy y me he ido, morir es sólo este sueño, esta ausencia, esta especie de paz o, no sé, una paz verdadera, volverme objeto, cosa, piedra dura.
La muerte de Carlos Gardel
Antonio Lobo Antunes
Este jueves falleció en Lisboa, su ciudad de toda la vida, el escritor portugués Antonio Lobo Antunes, eterno candidato al Nobel de Literatura. Vi la noticia y repetí el ritual que suelo hacer cuando muere un escritor: bajé a mi biblioteca para buscar qué libros tengo de él.
Encontré La muerte de Carlos Gardel, en una edición amarilla de pasta dura de Siruela, y eché de menos Memoria de elefante y No entres tan de prisa en esa noche oscura, otras dos novelas que sé que tuve, leí y subrayé, y ahora descubro que perdí en quién sabe qué préstamo, cuándo y a quién.
Ya no importa.
Ojeo La muerte de Carlos Gardel y descubro en la primera página con una letra enorme, suelta y curva, una dedicatoria que había olvidado: “Para Adriana. Antonio. Bogotá, 29.4.04”. La tinta es azul, aunque el tiempo la ha oscurecido. Los cuatro parecen nueves, pero estoy segura de que son cuatros, porque recuerdo el momento en que me firmó ese libro: fue en una entrevista que le hice en el Hotel Casa Medina, en la carrera Séptima de Bogotá, en la mañana de un jueves de abril de 2004. Él había viajado como invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, y yo llevaba dos meses trabajando en Canal Capital. Mi labor allí no era periodística sino administrativa, pero de vez en cuando ejercía mi amado oficio. Una vez entrevisté a Alfredo Bryce Echenique, risueño y hablador, y en otra ocasión a Antonio Lobo Antunes, profundo y adusto.
En 2004 ya existían en Colombia las cámaras digitales (yo tenía una) pero no eran comunes. Los teléfonos celulares sólo servían para hacer llamadas y la moda de la selfie era aún desconocida. Felipe Moreno me acompañó a la entrevista en calidad de camarógrafo. Felipe era un periodista y documentalista muy conocedor del mundo del cine, en particular del cortometraje, y dirigía el programa “El Espejo”. El programa se emitió por Canal Capital y jamás se me ocurrió guardar una copia, o pedirle a Felipe que me tomara una foto con el escritor o que nos tomáramos una foto los tres. Quedé feliz con haber tenido la oportunidad de hablar con él y que de ñapa me firmara el libro. Eran tiempos anteriores a Instagram.
No tengo registro visual ni escrito de esa entrevista, pero hay dos cosas que recuerdo bien de ese encuentro: La primera es que los representantes de la editorial de Lobo Antunes me pidieron que podía tocar cualquier tema, pero que por favor no fuera a mencionar a José Saramago. La segunda es la mirada de Antunes: tenía unos ojos azules, de un azul muy claro, casi transparente. Azules como ese mar de Lisboa que tanto narró; como si incluso en medio de los Andes estuviera habitando dentro de ese azul marino. Con esos ojos azules, profundos, sostenía la mirada. Y yo, que sabía que él había estudiado psiquiatría, que era un escritor famosísimo, y que había visto mucha muerte y mucho dolor, me intimidaba con su trayectoria, con su conocimiento sobre los vericuetos de la mente, y con sus ojos de agua que miraban con tanta intensidad.
No le pregunté por Saramago, pero por supuesto averigüé la razón del veto. Saramago había ganado el Premio Nobel en 1998 y acababa de publicar su Ensayo sobre la lucidez, una novela en la que imaginó una sociedad democrática en la que la mayoría de la gente decide votar en blanco. Poco antes de que Antunes aterrizara en Bogotá, Saramago había hecho un llamado público para que la comunidad internacional se condoliera con los 3.000 secuestrados que había en Colombia y que el gobierno de Álvaro Uribe Vélez tenía abandonados a su suerte en medio de una guerra cruenta, según su propia visión. Saramago, con frecuencia, hacía pronunciamientos públicos sobre derechos humanos, que generaban amor y odio, y muchos titulares.
La visión política de Lobo Antunes era distinta. Para empezar, Lobo Antunes creía que por el autor hablaban sus libros y detestaba la pose del intelectual. “Odio a los intelectuales porque sólo distribuyen ideas, prefiero la sangre”, había dicho años atrás. Sin nombrarlo, Saramago encarnaba a ese tipo de intelectual que Lobo Antunes aborrecía: Saramago era un beligerante autor comprometido desde el punto de vista político, partidario de asistir a foros, dar entrevistas, suscribir cartas públicas y participar en polémicas. Lobo Antunes, en cambio, tenía fama de un carácter difícil, ensimismado y hermético.
«Si me preguntasen lo que se debe hacer respondería enseguida —Estar solo porque no existe conversación que no sea tediosa, ¿de qué sirve conversar?», escribió en La Muerte de Carlos Gardel.



A diferencia de Saramago, hijo de una familia pobre campesina, Antonio Lobo Antunes era un médico hijo de médico, que creció en una casa lujosa en medio de Benfica, un barrio popular de Lisboa. Entre 1971 y 1973 el futuro escritor fue alférez de milicia y participó como médico militar en la guerra de Angola. En 1974 hizo parte de la Revolución de los Claveles, y perteneció al Partido Comunista Portugués. Para ese entonces ya se había especializado en psiquiatría y en 1979 publicó Memoria de elefante, la obra que lo alejó de los consultorios clínicos y lo llevó a dedicarse de tiempo completo a escribir obras que beben de su experiencia médica y de sus años en la guerra.
Más allá de las diferencias políticas, la distancia entre José Saramago y Antonio Lobo Antunes en materia literaria es abismal. Los libros de Saramago suelen conectar con el lector desde el comienzo, con tramas comprensibles y un ritmo que obliga a avanzar. Son libros con millones de lectores en todo el mundo. Lobo Antunes es lo contrario: sus libros son difíciles, lentos, con mucho flujo de conciencia y con estructuras complejas. El paso de la página invita a detenerse y a pensar ¿qué es esto que acabo de leer? ¿entendí? ¿es necesario releer? Son libros para un público más reducido, de gran densidad y belleza lingüística, aunque esa belleza, para un lector en español, depende en buena medida de un magnífico traductor.
De la entrevista con Lobo Antunes recuerdo que hablaba un perfecto español. No portuñol sino un español correcto, fluido y rico en vocabulario. Me habló sobre la experiencia traumática de la guerra, sobre la posibilidad de morir, de ver la muerte, y sobre el dolor que puede causar el poder. No solo el poder político, sino cualquier poder vertical sobre el oprimido. Y me habló también del oficio de escribir. De la disciplina militar que se requiere para sacar un libro adelante, que tiene poco de inspiración y mucho de trabajo concentrado y silencioso, puliendo palabra por palabra cada frase, cada párrafo, cada página. “Escribir es escuchar con más fuerza las voces que te hablan. Solamente tienes que traducirlas y organizarlas. La escritura, si la ves mejor, es un delirio organizado”, le dijo en 2019 a El Mercurio, de Chile.
Cuando hablé con él no sabía algo que contó en 2018: que siendo niño fue abusado sexualmente por su profesor de moral: “Comenzó por palparme las rodillas y luego subió por los pantalones».
Durante más de cuatro décadas publicó alrededor de 40 libros y cultivó una rivalidad pública con José Saramago, que se mantuvo en tablas hasta 1998, cuando los suecos le dieron el Nobel a Saramago. Como resultaba improbable que dos autores en lengua portuguesa recibieran el Nobel en una misma década, habría que esperar al menos 15 o 20 años para el Nobel de Lobo Antunes. “Que se joda el Nobel. No me vengan a hablar de ese premio”, dijo en 2018, cuando se cumplieron los 20 años y la academia sueca se abstuvo de dar el premio ese año, por un escándalo sexual que involucró a uno de sus miembros.
Han pasado ya 27 años y José Saramago sigue siendo el único autor en lengua portuguesa que ha recibido el Nobel. No se lo dieron a Fernando Pessoa ni a Jorge Amado ni a Clarice Lispector y tampoco se lo dieron a Antonio Lobo Antunes, quien murió este 5 de marzo, a los 83 años. Dos días antes Gonçalo M. Tavares recibió el Premio Formentor de las Letras 2026. Lidia Jorge también está en esa fila.