Que si el candidato insinúa burlonamente su desaprobación a un tipo de comportamiento; si él “lo es y lo esconde”, que si está casado o no; que si acusa a otros de serlo, si los discrimina, si se burla de otro candidato por su orientación o identidad; que un amigo del discutido candidato se ha sentido bien tratado cuando lo ha invitado a su casa, “a pesar” de que el invitado es homosexual; que acusa con acento burlesco-acusador a un opositor de tener amante hombre… O que si una señora candidata —heredera del poder político— habla como extraño, hace pausas muy largas, abre los ojos, se arregla el cabello como si estuviera sola y no en una entrevista política; que se la ve algo ensimismada o con comportamientos “autistas” —como bajo los efectos de alcohol, dicen. Que unas personas de derecha lideradas por un candidato a la Cámara se escandalicen y pidan la renuncia de una rectora porque a un panel de una universidad privada invitaron a una exguerrillera, y que la principal razón de la crítica sea que la acusan de guerrillera “abortera”. Que lo padres de estudiantes de un colegio privado religioso protesten porque la institución alquiló su auditorio —en hora diferentes de las de clases— para que uno de los partidos políticos realice un evento con el candidato contrario al que prefieren la mayoría de quienes protestan, o porque “en los colegios no se debe hablar de política”.
En paralelo, esta misma semana se supo que un exalcalde de un municipio caldense está detenido por haberle disparado a una mujer trans, con la cual estaba en un lugar que alquila habitaciones a parejas; y esa persona luego perdió la vida como consecuencia de la heridas recibidas —además de que otra persona ajena la situación también resultó herida. Nada que ver con asuntos electorales, pero sí con el ambiente social en el que vivimos y votamos.
Estas han sido algunas de las preocupaciones, escándalos o temas “menores” pero más llamativos del mundo de los candidatos al Congreso o a la Presidencia y de nuestras conversaciones —así sea solo por “redes sociales”. Y es que en esas preocupaciones y protestas se reflejan las actitudes, los valores o los supuestos sobre lo que debe ser la comunidad, la convivencia, las instituciones educativas, la esfera emocional, erótica y sexual de las personas. Empezando por el último caso mencionado, si el señor que le disparó a otra persona en una habitación de una “residencia” (donde, por cierto, no reside nadie) no hubiera sido un exalcalde —elegido por voto popular, obviamente— y quien ocupaba un cargo medio dentro del gobierno departamental, la relevancia social y noticiosa del tema hubiera sido menor. Por ser quién es, los lectores o audiencias somos tentados a pensar y preguntar cómo sucedió el incidente, si se trataba de una situación de sexo pago con una persona profesional y, fácilmente, podemos llegar a meternos en la intimidad del encartado: su identidad sexual, su rol social…
Ya para los casos de los candidatos y sus campañas, la información recopilada y difundida acerca de estos asuntos de señalamientos discriminatorios por orientación o prácticas eróticas o sexuales, o por posibles o supuestos consumos de sustancias, muestran una actitud de censura social sobre los candidatos como supuestos portadores de los valores y las prácticas de una sociedad a la que piensan gobernar o legislar (regular). Eso parecería que nos hace exigirles una especie de superioridad moral o limpieza, que no pueden tener. No esperamos que los candidatos sean personas normales, sino supuestos paradigmas de una moralidad diferente a la del ciudadano. La realidad es que ellos mismos juegan el juego de esa supuesta pulcritud y buenas formas, como parte de su campaña. Por ello, la mayoría se preocupa por aparentar, por esconder parte de sí, por no presentarse como son, en particular en relación con su identidad u orientación sexual. Y se comportan así, para poder explotar el prejuicio de muchos de sus potenciales votantes en contra de las minorías o de las diversidades, o simplemente de los “deslices” o imperfecciones que ellos y nosotros tenemos pero que nadie quiere reconocer o que se le señalen, como el haber tenido un aborto. Pues hacerlo podría tener algún costo electoral o requeriría poner en tela de juicio esos estereotipos, actitudes prejuiciosas, discriminaciones y exclusiones que se supone son esperables de los “buenos ciudadanos”.
La supuesta asepsia y cancelación de la entrada que una universidad privada debería tener frente a los reinsertados o desmovilizados o firmantes de paz; la condena y bloqueo que un colegio cristiano debe hacer de candidatos “non sanctos”; la infalibilidad o la supuesta “sanidad” de los candidatos, es parte de la cultura hipócrita e intolerante y con lógica “pecaminosa” en la que todavía se debate el diario vivir de muchos ciudadanos, sus conversaciones y bromas.
Eso sí, hay que reconocer que es por lo menos reconfortante encontrar gestos mínimos de modernidad y convivencia en la diferencia, como el hecho de que los candidatos Claudia López y Juan Daniel Oviedo puedan hacer campaña hablando abiertamente de sus parejas del mismo género, sin encontrarse con graves impedimentos, cancelaciones o valoraciones negativas —por fuera de las redes sociales, quiero decir, pues en ellas ya sabemos que no hay límite a la cancelación y agresiones de algunos. No sé si será porque en el momento no parecen estar cerca de ganar las elecciones presidenciales, pero me parece muy positivo que sus campañas sigan adelante incluso al lado de personajes de la derecha y centro derecha.
Pero tenemos que aceptar que nuestra cultura aún convive con esas dobles o triples contradicciones de querer condenar las diferencias y juzgar moralmente el comportamiento y actitudes de los otros minoritarios, en especial si son candidatos diferentes a nuestra posición política. Esto, mientras esperamos que nuestro voto será por una persona “perfecta”, que comparte los ideales que yo no he logrado hacer realidad en mi vida, pero que en la campaña de mi candidato esas diversidades o “debilidades” aparecen re-empacadas, disimuladas, escondidas, negadas o adormecidas, para ganar votos.
Y para cerrar… sobre las elecciones de mañana hablaremos después, con resultados en mano. Pero sobre lo que sigue en estos procesos, sí debemos decir que ya varios aspirantes a la Presidencia se han inscrito para competir en la primera vuelta. Y eso que aún falta que se descabecen otros 13 de los originales precandidatos, a partir de los resultados de las consultas de este domingo. Hace unos días se inscribió Miguel Uribe Londoño con el aval del Partido Demócrata (?). Ya están seguras también las candidaturas de Clara López, Mauricio Lizcano y Santiago Botero, sin partido pero avalados por firmas de ciudadanos “buenas personas”. Los demás interesados y habilitados tendrán plazo para inscribirse hasta este viernes 13 de marzo. Así va tomando forma el tarjetón de la primera vuelta presidencial, en el que al parecer serán 16 los nombres. Ya hablaremos de ellos y de sus campañas.