Hay una confianza excesiva en la resistencia de los afectos. Suponemos que porque algo ha sobrevivido años podrá sobrevivir indefinidamente, pensamos en el amor como una construcción sólida cuando quizá se parece más a una vajilla heredada: útil, hermosa a veces, pero vulnerable a los golpes más insignificantes.
Mucho antes de la despedida, mucho antes del silencio y de la ausencia, aparece una pequeña anomalía. Una conversación que deja una sensación extraña, una decepción tan modesta que resulta ridículo mencionarla, una pregunta que no se formula, o un miedo que se administra como quien guarda dinero debajo del colchón. Nada grave. Al menos eso nos repetimos.
Lo extraño es que nadie sabe exactamente cuándo comienza el daño. Con las relaciones ocurre lo mismo que con ciertas casas antiguas. Un día descubrimos una grieta en la pared y actuamos como si hubiera aparecido durante la noche, pues nos cuesta aceptar que probablemente llevaba años avanzando detrás de la pintura. La vida cotidiana contribuye al engaño: seguimos preparando café, preguntando cómo estuvo el día, haciendo compras, pagando cuentas, planeando vacaciones… La normalidad posee una extraordinaria capacidad para ocultar la erosión.
Quizá por eso el final de una relación suele parecer desproporcionado y quienes observan desde fuera se sorprenden. ¿Todo terminó por eso?, ¿por una discusión?, ¿por un mensaje?, ¿por una omisión?
Pero el incidente visible casi nunca es la causa, es apenas el lugar donde finalmente cede la estructura. Las personas preferimos las explicaciones dramáticas porque son más fáciles de narrar: una traición, una mentira o un abandono. Resulta más incómodo admitir que algunas historias concluyen por acumulación: por desgaste, por la lenta sedimentación de pequeños desencuentros que, individualmente, no justifican nada y juntos lo explican todo. Durante mucho tiempo creí que la diferencia entre una fisura y una fractura era una cuestión de gravedad, ahora sospecho que es una cuestión de tiempo.
El fin inicia en una grieta que encontró la oportunidad de continuar. Y quizá ahí radique la dificultad de amar: no en las grandes catástrofes, sino en la imposibilidad de localizar el daño cuando todavía es pequeño. Nadie sabe con certeza qué conversación debe tener, qué pregunta formular o qué herida atender antes de que sea demasiado tarde. Nos movemos a ciegas. Aplicamos remedios improvisados: más palabras, menos palabras, distancia, proximidad, nuevos acuerdos y viejas promesas.
Confiamos en métodos cuya eficacia desconocemos porque no existe una ciencia de las pérdidas afectivas, son apenas intuiciones. Tal vez por eso las rupturas dejan una sensación tan parecida al desconcierto. No solo duele aquello que se pierde, también duele descubrir que nunca entendimos del todo cómo funcionaba.
Al final quedan los restos habituales: fotografías, hábitos, recuerdos y preguntas. Queda la sospecha de que aquello que parecía romperse de repente llevaba mucho tiempo partiéndose en silencio.