Relativamente hace poco, en 1541, el gran querido Miguel Ángel estaba terminando de pintar “El Juicio Final” en la Capilla Sixtina. Por aquella misma época el artista, lastimosamente, se codeaba con santos. El maestro de ceremonias del Papa, un tal Biagio da Cesena, al ver cómo avanzaba la obra, fue con el chisme a su santidad, corriendo a tanta velocidad que los presentes temían que fuera a pisarse la sotana. Las malas lenguas que siguen existiendo, gracias a Dios, dicen que dijo: “Hay demasiados desnudos para un lugar tan santo. Esas pinturas son propias de un baño público”. Mucha pelota, parece, que Pablo III no le dio. Al enterarse de tamaña alcahuetería, Miguel Ángel, que era un ser de un talento tan supremo como vengativo, lo retrató en el infierno del fresco, abajo a la derecha, como Minos (el juez de los condenados), con orejas de burro y una serpiente enroscada que le termina mordiendo los huevos. Cuando Biagio fue a quejarse, cuentan que el Papa le contestó que su jurisdicción llegaba hasta el purgatorio, pero que del infierno no podía sacarlo.
Miguel Ángel murió en 1564. Un año después, contrataron a un amigo suyo, un pintor de brocha gorda, para taparle los genitales con trapos a los desnudos del fresco. De ahí su apodo: el fabricante de calzones. El chismoso de Cesena, en cambio, murió en 1544, después de cargar unos tres años con su retrato.
Casi cinco siglos después del chisme puritano y de los trapos para los genitales, en Argentina, el 24 de marzo de 2004, el presidente de turno, Néstor Kirchner, pronunció una palabra que pasaría a la historia. Estacionó su helicóptero en el patio del Colegio Militar de la Nación, en El Palomar, donde lo esperaba el jefe del Ejército, por aquel entonces, Roberto Bendini. Según se ve en las imágenes de la época, ambos caminaron en silencio por un pasillo, custodiados por otros militares, hasta una galería donde colgaban los retratos de los genocidas de la última dictadura, Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone. Kirchner levantó su mano derecha en dirección a los hijos del diablo y la dijo:
—Proceda.
Bendini murió en abril de 2022 e Infobae tituló: “Murió Roberto Bendini, el ex jefe del Ejército que bajó los cuadros de Videla y Bignone”. Digo, es parecido a cuando te dicen “sos hijo de…” y ya nadie te escucha el resto. Hay momentos que te definen tanto que terminan siendo tu obituario.
El pasado 15 de octubre, acá en Colombia, el Ministerio de Cultura del gobierno de Abelardo de la Espriella mandó a sacar de las paredes del Museo Nacional al menos cuarenta y siete piezas, entre ellas una bandera del orgullo, un afiche de Bernardo Jaramillo (al que mataron por hablar de más) y el balígrafo del Acuerdo de Paz. A diferencia de Kirchner, que bajó los cuadros de los que se encargaron de desaparecer gente, el Ministerio de Cultura se encargó de censurar la memoria de un pueblo, sin pedirle permiso a ese pueblo. Mismo gesto, causa contraria: uno bajó cuadros para mirar hacia adelante; el otro, para que nadie mirara hacia atrás. Dicen, dicen… que, al otro día de haber retirado las piezas, unos operarios con brocha gorda en mano estaban repintando las paredes vacías. Me puedo equivocar, pero desde Miguel Ángel cierta gente, algunos con delirios místicos y otros con prácticas totalitarias, vienen queriendo tapar lo que les conviene. Pero la historia tiene un humor ácido, che. De Biagio da Cesena no recordamos ni una sola cosa que haya hecho bien, solo que fue chismoso y que Miguel Ángel lo condenó para siempre al infierno, con un par de orejas de burro y una serpiente mordiéndole el lugar menos indicado, o el más sensible, qué sé yo. Y quién sabe qué le espera a esta gente con las paredes que dejaron vacías. Tal vez un día alguien los pinte a ellos. Dios sabrá, che. Dios sabrá…