«Al final no hay Ítaca», de Sebastián Rodríguez Cárdenas (fragmentos)

El subtítulo de este libro publicado por Jaravela es "Brevario de desencantos", una descripción precisa de su contenido: textos cortos que muestran cómo en Roma o en París, la gracia está en la travesía del día a día y no en el punto de llegada.
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23.10.22

Mucha gente a la entrada de Villa Medici para ver a Annie Ernaux. Algo debe significar aún el Nobel, incluso si no es un significado literario. Siendo así, no sé si alegrarme. Son las 5:15 pm y aún no permiten el ingreso. Hace calor de verano.

24.10.22

Ayer estreché la mano de una premio Nobel y era una mano frágil, mortal, humana.

Annie Ernaux llegó con un retraso de diez minutos, acompañada de su traductor. Fue recibida con un aplauso que se convirtió en una ovación de pie. Dudo que la hubiesen recibido así sin el Nobel, que no puede modificar la sustancia del texto, pero sí la percepción que se tiene del autor.

Es una mujer de edad, con dificultad para caminar y para dejar las manos quietas, claramente nada pretenciosa, incluso tímida y aún en shock por la noticia del Nobel. Mencionó que volvería a encerrarse para escribir el discurso para la ceremonia de diciembre en Estocolmo.

El calor se mantuvo durante toda la charla, pero mientras el traductor sudaba, ella permanecía imperturbable.

Hablaron de cada una de sus obras, de su contexto, su difusión, su escritura; haciendo énfasis en la idea de «justesse», que sin duda es de difícil traducción. Yo diría «precisión».

Constantemente mencionó la memoria y el tiempo como personajes principales de sus obras, y que los lectores habrían de completar el género de sus escritos, que ella misma no podía definir entre novela y autobiografía. Habló también de literatura femenina y feminista, de los dominantes y de los dominados.

La charla cerró con otro aplauso y otra ovación de pie.

Afuera estaba M. È.—a quien ya había saludado al entrar— y la editorial que la publica aquí en Italia. Ernaux se sentó en una pequeña mesa junto a su editor italiano, que le ayudaba con la ortografía de los nombres.

La mayoría de las personas llegaba con el libro ya abierto y lo dejaba en la mesa como si se tratase de una obligación que no tenía más opción que cumplir. Algunas fotos, pocas palabras. Yo la saludé, le agradecí por su literatura y por su memoria, y, mientras le daba la mano, sonrió en agradecimiento, una sonrisa genuina. Nunca había visto, ni escuchado en persona a un premio Nobel de literatura y, naturalmente, mucho menos le había sostenido la mano. Fue una experiencia bella, incluso si me cuento entre los snobs desagradables que aparecieron con el premio. Cuando ya me despedía, le pregunté si leía español. Me dijo que un poco. Le pregunté si recibiría un libro. Me preguntó si estaba publicado en Gallimard. Me reí y le dije que no, que no había sido traducido. Me dijo que sí, que lo recibía, no sin antes cerciorarse si era yo el autor, señalando el nombre en la portada. Y eso fue todo, Laberintario, al menos por unos segundos, en las manos de un Nobel. Me gustan los símbolos, incluso si es probable que lo haya botado o abandonado en apenas unas horas. Ya me ha sucedido con gente irrelevante, que me suceda con un Nobel no está tan mal. Lo dejó en manos de su editor mientras terminaba de firmar. Quién sabe dónde estará el libro ahora y si tendrá o no lectores. Habent sua fata libelli[1]…

25.10.22

Leo las traducciones de Quasimodo. Nada más. Hoy no conoceré a ningún Nobel.

26.10.22

Encuentro con V. en Villa Balestra. El cielo y el silencio aquí son casi ficticios. No hay una sola nube y la masa azul invariable me produce una sensación de asfixia.

⁂

Inquieto.

27.10.22

Me doy cuenta de que repito las mismas cosas una y otra vez, como si todo fuese mentira. Quizás lo sea. Me di cuenta también de que no han pasado ni siquiera diez días desde el collegio y, sin embargo, lo siento como una cosa del pasado. No tiene que ver con el collegio en sí, sino con mi percepción del tiempo. Hoy, por ejemplo, tuve que preguntarle al celular qué día de la semana era. Jueves, respondió, y yo permanezco incrédulo.

28.10.22

Aparte de nauseabundo, lento. Lentísimo. Cada página es un desierto y, al intentar comenzar con la escritura, me encuentro con la misma esterilidad. El día no ha sido ni bueno ni malo. Ha sido sin adjetivos, sin atributos. O quizás lo que no tiene atributos soy yo. Alguien debería escribir un libro al respecto.

El 7 de diciembre convocaron a una reunión de bienvenida en París. Es probable que vaya y, de paso, iría también a Londres de ser posible, aprovechando que podría llegar directamente a King’s Cross. Me detiene lo que nos detiene casi siempre: el dinero.

⁂

No me cabe duda de que hay un componente cíclico en mi depresión —o comoquiera que llegue a llamarse el diagnóstico de este infierno en miniatura. El problema, evidentemente, es que el ciclo pasa desapercibido en tanto la depresión misma afecta la percepción. Eventualmente, una relectura del diario en esa clave podría dar algunos frutos, pero dudo que sea concluyente. De cualquier forma, me vería enfrentado a la inacción del conocimiento: saber las razones y entender el comportamiento de la depresión, sin que los síntomas mermen un ápice.

Hoy el día fue mucho menos productivo que ayer. Mañana seguramente estará vacío. Yo, siempre, un habitáculo de la nada.

29.10.22

Cada día me siento más inclinado a creer cualquier teoría que explique la vida como expiación o como infierno, y que prometa no gloria, sino serenidad. Pero tenía razón Bentham: el hambre no es pan, desear no es tener, y la evidencia apunta a la ausencia de sentido o la vida como el capricho de un dios malevolente. Qué mayor señal de esa malevolencia que un mundo en el que todo —cualquier cosa— es poesía.


[1] Los libros tienen su propio destino.

"Al final no hay Ítaca", de Sebastián Rodríguez Cárdenas (fragmentos)

En su perfil de Goodreads dice que Sebastián Rodríguez Cárdenas «estudió Derecho en su ciudad natal, sin encontrar en las leyes más que un resquicio para la literatura. Apasionado por la relación entre las letras y el poder, continuó sus estudios superiores en filosofía política y jurídica en University College London, dedicándose al intersticio entre el derecho y la filosofía desde la academia».

Al final no hay Ítaca. Brevario de desencantos es, según la reseña publicada por Jaravela, una obra que «entre reflexiones cotidianas, obstáculos menores y hallazgos inesperados, transmite la esencia de la vida en el extranjero: ser visitante en todas partes y aprender que lo valioso no es solo el destino, sino el trayecto mismo».

El autor presentó esta obra ayer viernes, en el marco de la 17° Feria del Libro de Manizales, en una conversación con la periodista Sofía Gómez Piedrahíta. El libro está disponible en el stand de la editorial Jaravela en la Feria del Libro que se realiza en el Centro Cultural Rogelio Salmona y cierra mañana, domingo. Para ver la programación completa ingrese a este enlace.

Al final no hay Ítaca.
Editorial Jaravela
Manizales
Abril de 2026
299 páginas
ISBN: 9786289747317

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  • "Al final no hay Ítaca", de Sebastián Rodríguez Cárdenas (fragmentos)

    Manizales, 1993. Es poeta y escritor. Doctor en Derecho por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) y en Filosofía por La Sapienza de Roma. Desde la academia y la literatura, ha explorado los vínculos complejos entre las letras y el poder. Su obra transita por los umbrales de la música, la historia y el arte, en los que convergen polifonías de la errancia, el absurdo, el poder y los límites del lenguaje. Es autor de Transmutaciones del vacío: el problema de la soberanía y el estado de excepción (2018), Laberintario: antología de cuento (Taller Rocca Ediciones, 2020) y Al final no hay Ítaca (Jaravela, 2026). 

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