Nadie estaba pidiendo tanta basura

La transcripción de la reunión, las cien diapositivas enviadas al colega encargado de proyectos, el resumen ejecutivo que hace el asistente de gerencia, los correos que se envían con todos los adjuntos, el resumen que exige el gerente para leer en menos de dos minutos en formato de infografía.
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La basura ya abundaba antes de que nos llegara más, por imposición, y multiplicada por todos los rincones de La Red gracias a las máquinas. Teníamos suficiente de la análoga y de la digital: los libros no leídos, los borradores mentales sin analizar de proyectos personales, los escombros que se acumulaban a un lado del camino, las fotos de facturas viejas (o personas olvidables) que habíamos prometido borrar para liberar espacio. Todo eso guardaba un interés y una promesa, o quizás ni lo uno ni lo otro: si alcanzaban los recursos, íbamos a arreglar el desorden representado en la basura para hacer arte, llevar a cabo proyectos o crear espacio; si no, a nuestra muerte, quedaría para ser procesada por otros o para ser puesta a disposición de la sabiduría del camión de la basura (o de nuestros herederos).

Y antes de que nos llegara, por imposición, multiplicada por todos los rincones de La Red gracias a las máquinas, la basura ya estaba sobrepasando nuestras capacidades prácticas. Necesitábamos la plata para comprar el tiempo requerido para dedicar nuestra capacidad de categorización al trabajo de tomar los residuos del pasado y convertirlos en lo que decidiéramos. La basura era un estrés, pero prometedor, porque podíamos estimar la posibilidad de hacer algo con ella. Incluso los correos sin leer, las pestañas sin cerrar del navegador podían ser imaginados como correos leídos o tareas hechas usando nuestra capacidad humana de procesamiento.

Existe algo que podríamos denominar un estado de equilibrio subóptimo del mercado de la información del Internet. Gracias a esto, las máquinas generan una basura que nos llega impuesta y multiplicada. Aunque tanta contaminación de la información sea indeseable, existen suficientes incentivos para que las personas la generen y publiquen en masa. El resultado es que la lista de cosas por hacer se nos agrandó: si teníamos suficiente por procesar antes de que las máquinas la produjeran, ahora que la basura se autoregenera sí que estamos seguros de no dar abasto.

Nadie estaba pidiendo esto. Antes de que las máquinas pudieran producir basura por demanda, ya existía la discusión sobre el porqué de tanto rodeo, de producir tantos informes que nadie va a leer, de gastar tanto tiempo en reuniones. Ahora que las máquinas la generan las veinticuatro horas del día los siete días de la semana, nos tenemos que preguntar si eso nos está ayudando con los problemas que ya sabíamos que teníamos. La reunión que pudo haber sido un correo nunca se volvió un correo, sino que se volvió la reunión semanal en Zoom con el siguiente listado de cosas generadas por máquinas: la transcripción de la reunión, las cien diapositivas enviadas al colega encargado de proyectos, el resumen ejecutivo que hace el asistente de gerencia, los correos que se envían con todos los adjuntos, el resumen que exige el gerente para leer en menos de dos minutos en formato de infografía.

La basura tiene valor como promesa de proyectos, como exigencia a nuestra ambición y a nuestra creatividad, como parte del ciclo de los materiales y los usos: de los ladrillos a los textos, de las fotos a las cáscaras y los envases. Cuando se acumula, la basura nos recuerda que debemos hacer un alto en el camino para preguntarnos por el sentido de nuestros planes y el valor de nuestras acciones.

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  • Nadie estaba pidiendo tanta basura

    Pereira, 1987. Filósofo. Le interesa cómo decidimos bien y sabemos cosas bajo el supuesto de que somos frágiles y falibles. Investiga y escribe sobre cómo pensamos y decidimos cuando tenemos afán y cuando nos falta formación o información.

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