Los rostros de la muerte en Camposanto, de Marcela Villegas

A cada tanto, para gratitud de quien lee, nos encontramos con símiles vívidos que tienen efectos inmediatos, que obligan a parar la lectura, respirar, saborear, y seguir adelante.
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Dos nouvelles sobre madres e hijas, en las que la muerte por enfermedad intenta blandir su hoz triunfal, se me han aparecido en el último mes en que el saldo a favor de la huesuda ha estado al alza por otro rubro: el terremoto. Ambas de autoras manizaleñas. Se trata de Camposanto, de la fallecida Marcela Villegas y de Clemencia en el Mar de las Ninfas, de Edna Lorena Cuesta, (que pasaré a referir en una próxima entrada). Ésta, superviviente del cáncer, aquella, víctima del mismo.

Ya venía picado con Marcela Villegas, cuyo talento literario pude conocer de primera mano en pandemia, dos años antes de que en 2022 decidiera volver a Colombia a morir dignamente y adelantársele al cáncer de ovarios que igual nos privaría de tenerla entre nosotros, escribiendo.

En ese 2020, presta y generosa, nos compartió una crónica maravillosa que relataba cómo los pavorreales se apoderaban de las calles despobladas de Miami. El aplauso de la crítica por Camposanto, que ganó el Premio a Novela Corta de la U. Javeriana en 2016, ya se había convertido en entusiasmo general cuando se conoció la triste noticia. “Es un libro bello y sabio, que con sutileza habla de violencia y desmemoria”, ha escrito del libro Adriana Villegas en La Patria.

Con estos alicientes llega el lector a la historia de Amalia y su madre Elena, quien poco a poco ve cómo su alzhéimer la corroe. Amalia sale de su negación inicial cuando se entera a través de la empleada que su madre guarda una carne en el clóset y la hedentina se apodera de la casa, situación que la aún joven Amalia (54 años) decide negar rotundamente.

“Ella siempre tuvo la convicción de que podía resolver sola cualquier problema que le trajera la vida… porque era soberbia, qué duda cabe, pero también porque tenía una educación privilegiada y su inteligencia estaba secundada por fuerza de voluntad y una gran capacidad de trabajo”.

La plasticidad narrativa de Villegas se evidencia al pasar de la primera persona de Amalia a la voz de su madre en algunos capítulos. Allí se nos revela el oficio el oficio de antropóloga forense de Elena. Acá, como no podía ser menos, entra el segundo gran temas de la historia: la memoria y la violencia, los muertos enterrados que han pasado años sin recibir ceremonia sepulcral. Miren este relato de Elena en su trabajo, cuando se refiere al asesino de los muertos que está desenterrando:

 “Sé que coopera para quitarse de encima un par de años de cárcel, pero es imposible no darse cuenta de que tiene eso que llamamos sentido del deber. Nos ayuda con la exhumación porque es lo que debe hacer (para bajar condena). Hace doce años debió haber pensado lo mismo…cuando dispuso matarlos de un machetazo limpio para ahorrar munición…y cumplir con desagrado la exigencia extravagante de ensartar la cabeza de uno de ellos en un poste de cruce de caminos…el hombre me tiende la mano para ayudarme a salir de la fosa y yo le sonrío. Del mismo modo en que nada en este lugar indica que es un cementerio, en su mano tendida no hay indicios de que es un asesino”.

La digresión reflexiva también tiene lugar, sin pesadez, en la voz narradora de la forense: “Muchas veces las familias de las víctimas están ahí cuando excavamos, observando desde atrás a la cinta amarilla, buscando reconocer como suyo, un pedazo de ese naufragio enterrado”, apunta Elena.

La capacidad de Villegas de dramatizar y sondear la condición humana de manera a la vez sintética y profunda, le permiten al lector congraciarse con las protagonistas y no apartarse de la página. “Me confiesa que cada vez le cuesta más trabajo leer. Hasta la comprensión de una noticia corta en el periódico le representa un esfuerzo enorme. Se le nota el miedo y me mira pidiéndome un lazo que le saqué de ese pozo”.

A cada tanto, para gratitud de quien lee, nos encontramos con símiles vívidos que tienen efectos inmediatos, que obligan a parar la lectura, respirar, saborear, y seguir adelante.

“…No soporto la sangre viva y su terquedad de río”; “…mi mamá nos dedica a ambas una de sus miradas de sarcasmo triste”

“se queda mirándome mientras sostiene un libro en la mano, el dedo índice dividiendo las páginas. No es una mirada de enojo ni tristeza; sus ojos líquidos están vacíos de expresión, como los de un pájaro”.

Y en las descripciones físicas, la precisión aparece:

“salgo al parque en frente del edificio. Es una explanada enorme y sin gracia, polígonos de césped moribundo rodeados de concreto y adoquín”.

Termino con esta cita que nos permite ponernos en perspectiva desde el oficio de la protagonista para repetir el adjetivo que ya usé arriba y que mejor le calza al libro: la vivacidad de la prosa incluso en temas tan fuertes como los que aborda esta historia.

“Tomo la bota izquierda y la invierto con cuidado sobre la bandeja de lavado. Los huesos arrastran un reguero de cucarachas. Algunas de ellas suben por mi brazo y yo arrojo la bandeja lejos, gritando y maldiciendo. Intento quitarlas de encima con manotazos espasmódicos. La piel me hormiguea mientras me arranco la bata de laboratorio y la tiro contra la mesa».

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  • Los rostros de la muerte en Camposanto, de Marcela Villegas

    Manizales, 1987. Periodista de la Universidad de Manizales y magíster en creación literaria de la Universidad Central. Fue reportero de los diarios Q’HUBO y La Patria, Actualmente se desempeña como docente de bachillerato en La Dorada.

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