Abelardo llegó rompiéndolo todo. Es cierto que ya lo hacía desde su campaña, pero ni los más fatalistas pudieron imaginar que era posible imponer tantos cambios y esgrimir un discurso tan violento como no fuera por un golpe militar. Al mismo tiempo, dentro de tantos cambios y tantas narrativas escandalosas parece primar una especie de parálisis que, quizá, no tiene tanto que ver por el susto del terremoto sino por la concusión de darnos de frente con una pared invisible.
Para nuestra vergüenza, la pared no tuvo el don de la transparencia: estuvo en las márgenes de nuestra propia miopía. Pensar en el futuro de Colombia basándonos en sus normas y transformaciones internas es una tarea a medias si no incluimos también las transformaciones del sistema multilateral al que pertenecemos, y al cual le debemos la ilusión de tener las riendas de nuestro propio futuro.
Aunque el incendio parecía lejano, el olor a chamusquina que nos llegó de todo el continente debía ser motivo de alarma. Pensar en nuestro país como excepcional, y por eso dejar en segundo, tercer o hasta cuarto plano las cuestiones internacionales, sigue la misma idea peregrina de hace más de seis años: que una epidemia lejana es asunto de quienes la padecen. Así como las pandemias, los incendios y los maremotos, las catástrofes políticas desconocen fronteras, tradiciones y cualquier ilusión de excepcionalidad.
La desinformación en redes sociales (y la cada vez más opaca naturaleza de sus algoritmos) habían llevado a Javier Milei a la presidencia de Argentina un año antes de que Trump regresara al poder. En ambos casos fue evidente el papel de estas plataformas digitales en la polarización política, pero, a diferencia de los estadounidenses, los argentinos no pudieron influenciar de ninguna manera la intrusión de la “algoritmocracia” en su sistema electoral.
Tampoco los brasileños pudieron combatirla: habiendo sobrevivido por los pelos a la administración de Bolsonaro, el Supremo Tribunal Federal impulsó una campaña de regulación de las redes sociales que fue boicoteada por las mismas plataformas “Big Tech”, cobijadas muy lejos de las fronteras y jurisdicción brasileña.
Esa chamusquina llegó también, como el polvo del Sahara y el ventarrón de los huracanes, de las cada vez más agrietadas democracias del Viejo Mundo. Los países europeos han sido explícitos en sus alarmas sobre las redes sociales como autopista de propaganda, desinformación e injerencia política que, a través de sus algoritmos, ha promovido discursos de odio y ha llevado a los partidos extremistas desde las márgenes hasta los primeros puestos en las encuestas.
Quizá nos creímos a salvo del escándalo por la victoria de Gustavo Petro en el 2022, pero, lejos de la novedosa estrategia de propaganda de Abelardo de la Espriella, las bases ya estaban consolidadas desde una década atrás. En el 2016, empresas como Cambridge Analytica combinaron la explotación de datos personales en las redes sociales con una estrategia que ya no nos vendía publicidad personalizada sino propaganda a nuestra medida, teniendo como resultado inmediato la salida del Reino Unido de la Unión Europea (Brexit) y el triunfo de Donald Trump en su campaña presidencial.
En Colombia, ese mismo año, estábamos enfrascados en nuestro propio debate frente a los Acuerdos de Paz con las FARC y la sorpresa del “NO” en el plebiscito. Juan Carlos Vélez Uribe, miembro del Centro Democrático y además el líder de la campaña del “NO”, se ufanó en la prensa sobre su novedosa estrategia de manipulación a través de las redes sociales. Es escándalo duró poco, pero la impunidad permitió que las escandalosas narrativas (entre ellas, la de la supuesta ideología de género) terminara consolidándose en nuestra memoria colectiva. Esas ideas fueron encarnadas por Iván Duque, en el 2018, y son ahora el lema popular de Abelardo de la Espriella.
Así como la escandalosa estrategia del “NO” coincidió con el Brexit y el primer triunfo de Trump, la impunidad de los responsables y la falta de regulación de estas plataformas fue llevando a extremistas desde los memes hasta el poder, y esas deflagraciones puntuales y aparentemente aisladas del 2016 tienen al mundo que conocemos al borde del abismo.
Abelardo de la Espriella, entonces, no es el causante de nuestra desgracia ni producto del uribismo. Abelardo es la chispa en el terreno reseco que durante una década nos olvidamos de regar. Esa chispa, lastimosamente, no es origen de la generación espontánea, sino la pavesa de un mundo en llamas cuya chamusquina ignoramos. Más pavesas han de caer, y el papel de nuestro país en el mundo puede enardecer el incendio que nos consume.