Para señalar con ironía la astucia de alguien suele decirse que descubrió el agua tibia. Un baño caliente no inspira temor. Estamos tan familiarizados con esa temperatura que imaginarla como una amenaza para nosotros o para el mundo es una exageración. El asunto cambia cuando una inmensa masa de agua se calienta de manera anómala y, además, lo hace en el océano más extenso del planeta.
Entre los 50 y los 150 metros bajo la superficie del Pacífico ecuatorial central y oriental, el agua está mucho más caliente de lo habitual. En algunos sectores la diferencia supera los ocho grados por encima del promedio. Esa inmensa reserva de calor anuncia el regreso de un viejo conocido de la ciencia climática: El Niño. Para 2026, ese calor ha comenzado a reorganizar el mar y la atmósfera con una rapidez fuera de lo común.

Este año, El Niño ha crecido hasta ganarse en los titulares el nombre de «súper Niño». Los organismos meteorológicos, más cautos que los grandes medios, evitan ese calificativo —tan efectista como impreciso— y prefieren hablar de un El Niño muy fuerte. Según la agencia estadounidense que vigila el océano y la atmósfera (NOAA), existe una probabilidad superior al 70 % de que alcance esa categoría entre septiembre de 2026 y febrero de 2027.
Si el calentamiento mantiene su intensidad, sus efectos se sentirán mucho más allá del Pacífico. Algunas regiones afrontarán sequías prolongadas, incendios forestales y pérdidas agrícolas; otras recibirían lluvias torrenciales capaces de provocar inundaciones y deslizamientos. En Colombia, la disminución de las precipitaciones podría reducir el caudal de los ríos, comprometer los embalses y encarecer los alimentos y la energía. El Niño no determina por sí solo cada sequía o aguacero. Sin embargo, sí altera la circulación atmosférica, lo que vuelve más probables ciertos extremos y amplifica sus consecuencias.
¿A quién se le ocurrió llamarlo «Niño»?
El nombre nació mucho antes que los satélites y que la sofisticada tecnología con la que hoy se mide la temperatura del mar. A finales del siglo XIX, los pescadores de las costas de Perú y Ecuador advirtieron que, cada cierto tiempo, el Pacífico se calentaba y las redes regresaban casi vacías. El agua tibia alejaba los cardúmenes y paralizaba la pesca durante semanas. Como esa visita coincidía con las celebraciones decembrinas, la llamaron El Niño, en alusión al Niño Jesús. Décadas después, la oceanografía reveló que aquel calentamiento costero era apenas la señal más visible de una transformación que se extendía por todo el Pacífico tropical en ciclos que reaparecían cada pocos años sin un ritmo fijo.
El Niño nace de la relación entre el océano y la atmósfera. En condiciones normales, los vientos que soplan a lo largo del ecuador empujan el agua cálida de la superficie hacia Asia y Australia. Este desplazamiento permite que, frente a las costas de Suramérica, ascienda desde las profundidades agua fría y rica en nutrientes, sustento de una de las zonas pesqueras más productivas del mundo. Cuando esos vientos se debilitan, el agua caliente avanza hacia el centro y el oriente del Pacífico. El ascenso de agua fría pierde fuerza y las grandes lluvias tropicales se desplazan con el calor. Entonces, como una enorme maquinaria cuyas piezas han cambiado de lugar, el sistema entero comienza a funcionar de otra manera.
Además, el proceso se refuerza a sí mismo, y cuanto más se calienta el Pacífico oriental, más se debilitan los vientos y, al perder fuerza, permiten que el agua continúe calentándose. Este circuito, descrito por el meteorólogo Jacob Bjerknes en 1969, no se prolonga de manera indefinida. Con el tiempo, otros movimientos oceánicos y atmosféricos lo frenan hasta extinguirlo. Una amplia revisión publicada en Nature, encabezada por Axel Timmermann y elaborada junto con decenas de especialistas, explica que este juego de impulsos y contrapesos nunca ocurre de la misma manera. Varían la zona donde se acumula el calor, la respuesta de la atmósfera y las consecuencias de cada episodio de El Niño.
El Niño toma fuerza
En junio de 2026, la NOAA declaró la llegada de El Niño. Dos meses después, el calentamiento del océano ya coincidía con cambios en los vientos y las lluvias del Pacífico tropical. Para vigilar el fenómeno, los científicos observan, entre otras áreas, una franja del Pacífico central conocida como Niño 3.4, cuya temperatura se calcula con datos de satélites, boyas y barcos y luego se compara con el promedio climatológico. Durante julio, la NOAA registró en esa zona una anomalía de 1,4 grados Celsius. Más cerca de Sudamérica, en la región Niño 1+2, frente a Perú y Ecuador, la diferencia llegó a 2,9 grados.
Por su parte, el Instituto Internacional de Investigación para el Clima y la Sociedad (IRI) sigue la temperatura superficial de Niño 3.4 mediante un índice tradicional. Su cálculo indica cuánto se aparta el agua del promedio histórico. Según sus registros, la anomalía mensual alcanzó 2,03 grados en julio, mientras que el valor semanal centrado en el 12 de agosto llegó a 2,7 grados. Ese aumento muestra que el mar continuó calentándose, aunque sus cifras no pueden compararse directamente con las de la NOAA porque existen diferencias en los datos, los periodos climatológicos y los métodos utilizados.
Para distinguir el calentamiento causado por El Niño del aumento general de la temperatura del planeta, la NOAA utiliza el Índice Oceánico del Niño Relativo, conocido como RONI. Primero calcula cuánto se ha calentado la región Niño 3.4 con respecto al conjunto de los océanos tropicales y después aplica un ajuste estadístico de varianza. El resultado se promedia durante tres meses, lo que reduce las variaciones pasajeras y permite comparar el episodio actual con los ocurridos desde 1950. Entre mayo y julio de 2026, el RONI alcanzó 1,0 grado. Esta cifra no contradice los 1,4 grados del registro operacional de la NOAA ni los 2,03 informados por el IRI porque corresponde a otro método y a un periodo más largo.
Ese ajuste tiene una razón de fondo. Los océanos tropicales están hoy más cálidos que hace medio siglo por efecto del calentamiento global, de modo que cada nuevo episodio parte de una base más alta. El RONI existe para comparar entre épocas reduciendo la influencia de ese ascenso general sobre la medida relativa de El Niño. Aunque la señal del fenómeno resulte comparable a la de otros años, las temperaturas absolutas y los efectos que dependen del calor —la evaporación, el estrés de los cultivos, las olas de calor— pueden sentirse con más severidad sobre ese fondo ya recalentado.
Para que El Niño se consolide, la atmósfera también debe responder al calentamiento. Eso ocurrió durante julio. Los vientos y las lluvias del Pacífico cambiaron de acuerdo con el patrón característico del fenómeno. Las tormentas aumentaron sobre el centro y el oriente del océano, mientras disminuyeron cerca de Indonesia. Agua y aire comenzaban a actuar como un solo sistema.
A partir de esas señales, la NOAA calculó el 13 de agosto que existía un 69 % de probabilidad de que el promedio trimestral del RONI alcanzara o superara los 2,5 grados entre octubre y diciembre. Ningún episodio anterior de la serie histórica del RONI, disponible desde 1950, ha llegado a ese valor. Buena parte de los modelos reunidos por el IRI proyectaba una evolución semejante, aunque con diferencias sobre la intensidad máxima y el momento en que comenzaría el descenso. Esa coincidencia fortalece el pronóstico, pero no lo convierte en certeza. Cada modelo prolonga hacia el futuro las condiciones observadas y deja abierto un margen para cambios que todavía no pueden anticiparse.

Colombia frente a la señal seca
Visto desde tierra firme, El Niño funciona como un redistribuidor de humedad que cambia los lugares donde el aire descarga el vapor recogido sobre el océano. El calentamiento del Pacífico desplaza las grandes zonas de lluvia y modifica la circulación atmosférica. Sobre parte de Colombia, el aire tiende a descender con mayor frecuencia y, al hacerlo, dificulta la formación de nubes cargadas de agua. Seguirá lloviendo y podrán presentarse aguaceros intensos, aunque el acumulado de varias semanas o meses podría quedar por debajo de lo habitual. El IDEAM proyecta esa reducción para el trimestre comprendido entre agosto y octubre de 2026 en sectores del Caribe y de las regiones Andina y Pacífica, con una señal más amplia durante septiembre. Aun así, esa señal no cae de manera uniforme sobre el país; algunas zonas pueden comportarse de otro modo, de manera que el promedio nacional esconde contrastes locales.
Uno de los puntos más delicados está en las cabeceras de las cuencas. Periodos más largos entre lluvias y menores acumulados restan volumen a quebradas, reservorios y sistemas de abastecimiento. Esa disminución recorre una cadena que conecta hogares, fincas, industrias y centrales hidroeléctricas. El país obtiene de estas últimas una proporción considerable de su energía. Por eso, administrar cuidadosamente las reservas durante los meses críticos permite reducir los riesgos para el abastecimiento y contener el aumento de los costos.
En el campo, las altas temperaturas aceleran la transpiración de los cultivos y la evaporación del suelo. Una planta sometida a ese ambiente cierra sus estomas —pequeños poros de las hojas— para conservar humedad. Al hacerlo, también reduce la entrada de dióxido de carbono que necesita para crecer. Así pueden disminuir el desarrollo, la floración y el rendimiento de las cosechas. El resultado es una merma de ingresos para los productores, una oferta más estrecha y posibles aumentos en el precio de los alimentos.
Para el Eje Cafetero, la amenaza adquiere la forma irregular de sus montañas. Altitud, orientación de las pendientes y cobertura vegetal crean numerosos climas en unos pocos kilómetros. Mientras una ladera conserva humedad, otra puede secarse con rapidez. Tales contrastes exigen observar cada microcuenca, finca y acueducto rural por separado.
Allí surge otro peligro, la propagación del fuego. Hojas, ramas y pastos deshidratados arden con facilidad y permiten que una chispa alcance áreas extensas. Las llamas eliminan la capa vegetal que protege el terreno. Más adelante, cuando regresan los aguaceros, el agua golpea directamente la superficie, arrastra sedimentos y favorece la erosión. A esta herida se suma el humo, cuyas partículas finas penetran en los pulmones y agravan enfermedades respiratorias y cardiovasculares.
Anticiparse supone que acueductos, autoridades locales y productores trabajen sobre esos puntos frágiles: reservar el recurso hídrico, reparar fugas, proteger nacimientos, adaptar los calendarios agrícolas, suspender las quemas y reforzar la vigilancia sobre coberturas secas. Hospitales y organismos de emergencia también pueden prepararse para atender golpes de calor, afecciones respiratorias y focos forestales. La predicción ofrece tiempo, quizá el recurso más valioso de todos. Aquel niño que los pescadores bautizaron hace más de un siglo en las costas de Perú ha vuelto crecido sobre un océano globalmente más cálido como consecuencia del cambio climático. Aprovechar ese anuncio permitirá que una señal nacida en el Pacífico encuentre comunidades mejor preparadas al pie de las montañas.