La historia nos ha demostrado que las dictaduras también pueden ser elegidas democráticamente. En tiempos de algoritmos, redes sociales e inteligencia artificial, el criterio y la capacidad crítica de la ciudadanía quedan subsumidos al bombardeo de la desinformación y la injerencia de potencias extranjeras en los procesos electorales internos. Es lo que pasó con el Honduras gate, y antes con Argentina, Bolivia, Perú y El Salvador, donde la población eligió regímenes autoritarios a través de las urnas, en elecciones supuestamente transparentes y verificadas. En un país con los niveles de analfabetismo y precariedad del sistema educativo como el nuestro –sumado a niveles inusitados de violencia política–, la democracia representativa seguirá siendo una utopía o, cuando menos, la parodia de unas votaciones que se definen por el capricho de una mayoría manipulada con mentiras, fútbol, discursos de odio y patrioterismo, y que elige presidente como si votara por el concursante de un reality show de la televisión nacional.
El domingo pasado asistimos a una de las páginas más vergonzosas de nuestra historia reciente. Medio país eligió la violencia, el atropello, el atraso y el sometimiento. Es paradójico que Colombia se precie de ser una de las democracias más estables del continente, a la par que padece el conflicto armado más largo y sangriento del hemisferio, con más de 9 millones de víctimas, en su mayoría civiles, según la Comisión de la Verdad. Por eso, aunque en el marco de las instituciones debamos reconocer los resultados del domingo, nos queda el sinsabor de que las maquinarias del terror y la corrupción nos hubieran derrotado por un margen tan estrecho; las sospechas de fraude son un indicador de la crisis de credibilidad del sistema electoral, cada vez más amañado y parcializado, y más difícil de legitimar frente a la compra de votos, el hostigamiento oficial y el constreñimiento permanente del electorado, tanto por los grupos armados como por las redes de clientelismo que, como la de los Char y otras casas mafiosas, favorecieron al candidato de la ultraderecha.
Hay quienes creen que es momento de pasar la página y se conforman con el discurso destemplado del presidente electo, que llamó al respeto por la Constitución y a gobernar para todos los colombianos. Pero aún no se ha posesionado y ya sus promesas de campaña le pasan cuenta: el desmonte del Estado, el alza de los impuestos y de la edad de jubilación, la sobretasa del ACPM y el diésel, la privatización de la educación y la salud, serán algunas de las propuestas listas para ejecutar en los primeros cien días de su gobierno. A buena parte del país no le gustó que 2 millones de personas salieran de la pobreza, que a cientos de miles de campesinos se les titularan tierras, que se les pagara un salario decente a aprendices del SENA, policías y militares; que se estableciera el ‘mínimo vital’. La justicia social les huele a comunismo y el comunismo a guerrilla y, claro, el arribismo necesita que siga habiendo pobres para tener hacia dónde escupir. Total, lo que más nos importa en Colombia es guardar las formas, no importa que todo se esté viniendo abajo.
Vendrán tiempos difíciles, especialmente para lxs jóvenes, las mujeres, las personas mayores, la gente empobrecida y las diversidades étnicas y sexuales. Retornaremos al estado policivo y represor, a la persecución de la diferencia y el destripamiento de la oposición. Sólo que ahora seremos diez millones de almas en resistencia pacífica y desobediencia civil; no será tan fácil como cuando exterminaron a la UP y desaparecieron a líderes y lideresas políticas, con el DAS y la inteligencia del Ejército como máquinas de terror. Asistiremos al show mediático de las megacárceles, al complejo militar-industrial-tecnológico de las cámaras con reconocimiento facial y las ‘armas inteligentes’ (ahora que se le llama “inteligencia” a cualquier cosa), a la persecución moral y las purgas ideológicas. El presupuesto de la educación, la cultura, la ciencia y el deporte irán a la guerra para perseguir a los enemigos internos, mientras los mandos militares volverán a aliarse con el narcotráfico y los brazos armados de la derecha. Vamos a retroceder 30 años y apenas nos estamos dando cuenta. Los autoproclamados “defensores de la patria” harán trizas la paz y los derechos fundamentales, pues lo único que saben defender son sus negocios y sus intereses particulares, así como los de USA y el estado sionista de Israel. El 7 de agosto termina nuestra soberanía nacional y volvemos a la política económica dictada por la ANDI, la ANIF y los Chicago boys. El establecimiento global le cobró caro a Petro proponer una política económica, financiera y energética autónoma: no nos corresponde a los países del ‘tercer mundo’ tomar nuestras propias decisiones.
Y es que el momento geopolítico por el que atraviesa la humanidad tampoco nos ayuda. El poscapitalismo tecnomilitar se adueña impune del mundo, mientras vemos bombardear niños y masacrar civiles indefensos. El neofascismo retorna con la idea de que los problemas sociales se solucionan con guerra, con la limpieza social, la persecución y la higiene pública. De nuevo se nos querrá expulsar y marginar a los maricas, a los usuarios de sustancias psicoactivas, a las travestis, a las negras, a las trabajadoras sexuales, a lxs artistas, a los indios, a las lesbianas, a los ateos, a las personas en condición de calle y a las socialistas. Se verán con sospecha la libertad, el disenso, la crítica, la imaginación y la creatividad. Habrá que protestar contra el gobierno de “El tigre”, como lo hemos hecho desde el principio.
En estas elecciones se enfrentaron sobre todo dos estéticas: la de la autenticidad, la sobriedad y la vida humilde y austera; y la del artificio, lo postizo y las falsas apariencias. Todo en Abelardo de la Espriella es falso: su pretendida gallardía, su apellido, su ropa costosa, su estilo estrafalario. Son postizos su pelo y su barba, su hombría y sus cojones. Es falso su discurso y fingida su astucia. Su voz es impostada y hasta su presencia, pues “El tigre” no es más que un muñeco –como lo llamó con lucidez Carolina Sanín– detrás de una urna blindada, pues su mentira no se sostendría ante el menor examen. Por eso estas fueron unas elecciones sin debate, aunque le critico a los candidatos esa invalidación del otro que implica la negativa al diálogo frontal. En el discurso y en la práctica, esa evasiva nos costará la eliminación del bando contrario, como las dos facciones irreconciliables e incapaces de entendernos que no somos, pues compartimos por azar y por encima de todo la desgracia de haber nacido en el mismo país.
Colombia no puede quedar dividida entre guerrilleros y fachos. Quizás eso fue lo que a algunos les faltó entender. Claro que somos distintos: ellos ya hablan de bombardear las zonas donde Iván Cepeda ganó por amplia mayoría: los territorios más abandonados del país, que han vivido la guerra con intensidad, donde miles experimentaron los efectos de las políticas progresistas. El discurso violento del presidente electo invita a exterminar izquierdistas, a los que llama plaga y sarna. La gente que me conoce —empezando por una parte de la familia— sabe que no soy guerrillero y ni siquiera comunista; pero no se cansaron de repetir que Cepeda era de las FARC que iba a promover un “estallido social”. Mi papá votó por un candidato que piensa que yo no tengo derecho a existir; aun sabiendo que soy trabajador de la educación y la cultura —y que mis condiciones laborales habían mejorado en este gobierno—, eligió al que prometía acabarlas. Los comicios del domingo nos revelaron muchas cosas. Nos mostraron que somos un país herido y profundamente dividido, atravesado por cicatrices que nos tomará años curar. Expusieron que hay casi 13 millones de personas que creen que la guerra es la solución al conflicto, que avalan candidatos que aprueban genocidios, que confían en una especie de plutocracia que recortará derechos sociales para beneficiar al capital y a la inversión extranjera. Que es más fácil odiar al prójimo. Iván Cepeda perdió, en parte, porque se ve como un socialista: no ostenta lujos, tiene los dientes torcidos, usa camisas nerú y sacos de viejito y no tiene hijos. No es violento, no insulta a los demás ni se cree mejor que nadie. Escribe y lee, en un país donde la gente se informa por televisión comercial y redes de WhatsApp. Legalmente –y este es un país leguleyo hasta los tuétanos–, Abelardo de la Espriella ganó las elecciones: le funcionaron su discurso bélico y su machismo, ser un fanfarrón con plata. En la caravana que hicieron el domingo en mi pueblo iban las muñecas más operadas, los traquetos más gordos y los cacorros más enclosetados. Aída Quilcué les disgustó no porque no tuviera el título de bachiller, sino porque no pueden tolerar la idea de que sea vicepresidenta una mujer que se ve como la vendedora de una plaza de mercado. Ese fue el país que eligieron.