Vivo en el piso 13 de un edificio del centro de Pereira. El día del terremoto, ese lunes, el amanecer fue espléndido y el sol estaba pleno. Me disponía a salir. Lavé la vajilla del desayuno, me cepillé los dientes, cerré el morral donde llevaba, entre otros, dos libros de crónicas —uno de Juan Miguel Álvarez y otro de Leila Guerriero—, guardé mi celular en el bolsillo derecho del pantalón, tomé mis gafas oscuras (soy fotofóbico) y guardé dos billetes de cinco mil pesos en el bolsillo izquierdo. Eran las 7:30 a. m.
Llamé a un Uber y me contestó Sneider, a quien le pedí que nos viéramos en la esquina de la calle 17 con carrera sexta; le dije que me reconocería porque llevaba un blazer azul oscuro, morral y gafas. Él me respondió que conducía un Chevrolet Sail gris y que llegaría en cuatro minutos, tiempo suficiente para bajar en el ascensor y salir a abordar el carro.
Llegué al primer piso, me despedí del vigilante y salí hacia la esquina al encuentro con el Uber. Ya estaba allí. Lo vi, abrí la puerta delantera derecha y me subí. Saludé a Sneider. Arrancó, avanzó un metro y sobrevino un fuerte sacudón que meció el vehículo. Sneider miró a ambos lados, luego hacia arriba y vio caer las primeras piedras.
—Está temblando —me dijo con la voz acelerada—. Está temblando durísimo. Es mejor que se baje, ¡bájese!
El carro se zarandeaba cada vez más fuerte. Abrí la puerta, me golpeé el hombro derecho con el marco y salí hacia la calle. Ambos salimos. El piso se movía, parecía gelatina, lodo, no lograba mantener el equilibrio. La gente gritaba: “¡Tiembla, tiembla! Es un temblor, Dios mío”. Solo escuchaba cómo el concreto caía y se estrellaba contra el asfalto: pugg, pugg, pugg, cada vez más fuerte, y de nuevo: pugg, pugg.
Giré el cuerpo en busca del carro de Sneider y vi cómo una placa de concreto caía en seco sobre el puesto del conductor, justo al lado de donde yo había estado sentado, y lo aplastaba por completo. Solo pensé: “Me salvé por un milímetro, Dios”.
Miré a mi derecha y Sneider tenía un raspón en el brazo. Le pregunté cómo estaba; él solo señalaba y miraba asombrado cómo las piedras habían destrozado su automóvil. Al lado de su vehículo, una roca más grande partía en dos a otro carro y, un segundo después, la tierra se agitó con más furia: un motociclista fue sacudido y alcanzó a ver cómo el concreto destruía su moto por completo. Intenté moverme, pero la ráfaga de piedras caía y se estrellaba contra los muros y el asfalto.
—¡No se muevan, no se muevan! ¡Quédense donde están, les cae un pedazo de piedra en la cabeza y los mata! —gritó el vigilante.
Saqué el celular y tomé las primeras fotos. Los vidrios de los establecimientos y las ventanas de los edificios estallaban. Se activaron las sirenas. Sonaban pitos. Los pedazos de concreto iban en todas direcciones; caían y caían. El movimiento era como un traqueteo intenso que crecía y crecía. Todo era ensordecedor. La gente gritaba, la gente lloraba. «Es un terremoto», dijo alguien. La tierra crujía y no paraba. Un hombre de avanzada edad intentaba caminar por el andén; lo tomé del brazo y lo acerqué hacia mí.
—Señor, quédese quieto.
Hasta que una nube de polvo nos cubrió por completo y, un segundo después, nos dimos cuenta de que todo estaba devastado. La pesadilla tardó un minuto y quince segundos. Marqué a la asistente de la facultad y no había señal. Volví a marcar y nada. Llamé a Ángela María Cifuentes Tobón, y esa llamada sí entró.
—Tiembla en Pereira —me dice. Le contesto que el temblor es demasiado fuerte.
—¿Tú cómo estás? —sigue ella.
Yo de inmediato le envío las fotos y le digo: «Yo estaba en ese carro». Hay un leve silencio y ella anota con voz entrecortada:
—¡Franklyn, estás vivo de milagro!
La llamada se interrumpe y entra la de mi hermano Orlando: «Tiembla en Pereira… ¿Tú cómo estás?», dice él. Intento retirarme el polvo de los ojos, le envío las fotos y solo le digo: “Mira, yo estaba en ese carro”. Él me responde: “Mi hermano, te salvaste de milagro. Te salvaste por un milímetro. El pedazo de concreto casi te aplasta”. La comunicación se corta.
Ingresa una llamada de Diana Lorena Ortega, profesora del programa de Comunicación Audiovisual y Digital, quien de inmediato me dice que hay que salir del centro, que hay que buscar un lugar despejado. Le digo que nos veamos en La Lucerna, a pocos metros de allí. Tomo la carrera sexta, llena de personas asustadas, hombres y mujeres llorando que observan a su alrededor escombros, piedras, vidrios, tejas… Me encuentro con Diana Lorena y nos damos un fuerte abrazo. Me pregunta cómo estoy, le cuento lo del golpe en el hombro y me atiende.
—Estamos vivos. Estamos vivos —dice.
Guardé silencio y pensé: “la tragedia apenas comienza”.