Y volvió a temblar. El anterior terremoto de magnitud importante ocurrió hace 27 años. Tiempo suficiente para recordarlo, pero ¿también para mantener viva la conciencia de que vivimos en una zona sísmica? Porque lo cierto es que volverá a temblar y, entre más rápido lo entendamos, mejor.
Vivimos en una zona sísmica no por mala suerte, sino porque aquí se asentaron nuestros ancestros; aquí construimos una vida, aquí nos hicimos y tejimos la historia de nuestras vidas, aquí enterramos a nuestros mayores y, para quienes nunca nos fuimos, aquí estamos. La naturaleza no se adaptará a nosotros (¡obvio!), somos nosotros quienes debemos adaptarnos a ella (¿obvio?). Hablemos entonces de obviedades.
Volverá a temblar. Respetemos los tiempos del duelo: por quienes perdimos, por nuestro patrimonio, por esos lugares queridos que se fueron para siempre. Después, hablemos de temblores. Hablemos mucho. Hagámonos expertos, medio expertos y cuasi expertos en el tema. Busquemos hermanarnos con alguna ciudad japonesa; una que nos enseñe sobre técnicas constructivas, estructuras livianas, preparación y planes de evacuación. Aprendamos de quienes llevan generaciones conviviendo con los temblores. Y preguntémonos, en voz alta, si no va siendo hora de jubilar al querido ladrillo farol. La razón, literalmente, se cae de su peso.
Hablemos de la quebrada Egoyá. De esa que no vemos, pero que nace en La Circunvalar y va a caer a la altura de Turín en el río Otún. Del problema que nos ocasionamos, sin saberlo, cuando nuestros mayores pretendieron domarla obligándola a correr por un colector y echaron tierra y escombros sobre ella. Hablemos de cómo construimos edificios sobre esta gelatina y cómo estos, en cada temblor, se han ido cayendo: en el 95, en el 99 y ahora, siempre en el mismo tramo —entre las calles 16 y 22—. Hablemos de las soluciones ideales, de esas que por pobres en el bolsillo o en la cabeza no podemos permitirnos: hacer que la quebrada vuelva a correr libre, como lleva dos décadas haciendo Francia con el río Bièvre, sepultado bajo París desde hace un siglo y que, tramo a tramo —en Fresnes, en L’Haÿ-les-Roses, en Arcueil y Gentilly—, la región le ha ido devolviendo a la superficie. Hablemos de las soluciones posibles, de las que se han escrito y se seguirá escribiendo: del parque lineal y del lío que será lidiar con todos los intereses contrapuestos que convergen allí. Intereses que, dicho sea de paso, son los mismos que nos han hecho saltarnos las normativas de ordenamiento territorial por la galleta.
Me asomo a la ventana y veo, justo encima del cauce de la quebrada La Dulcera, un horripilante edificio pintado de negro que, si se respetara la norma de retiro, jamás debería estar ahí.
Hablemos, hablemos mucho del tema. Pero también hagamos. Y si ese “nosotros” empieza en cada uno de los que vivimos aquí, su punta más visible —la que decide, autoriza y permite— es nuestra clase dirigente. ¿Está ella preparada para dimensionar esta catástrofe y aprovechar los retos —y las oportunidades— que le trae a la ciudad? Cierro los ojos y quiero creer que sí.