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Queridas barequeras, queridos barequeros:
Solo me paró de la cama el último newsletter que escribí. Después del terremoto, demoré dos días en entender que lo que tenía era un golpe anímico, luego de la pregunta por la muerte y luego de la culpa por quedar vivo. Solo cuando tuve que escribir, sobre la polvareda amarilla que vi, sobre el diálogo animista con mi edificio, pude delinear esta frase que acaba de pasar. Se sabe que escribir, hablar, es lograr darle forma a los espectros, para poder detectar cómo se mueven y descifrar por dónde nos saltan encima. Luego de escribir pude verlos y darnos juntos compasión.
En esta pensadera, encontró el trabajo del psicólogo James Pennebaker, de la Universidad de Texas. Dedicó décadas a estudiar la escritura expresiva y encontró que traducir las experiencias al lenguaje ayuda a organizar y estructurar hechos que abruman. Desde la literatura, ya había encontrado algo así en Piedad Bonnett, con Lo que no tiene nombre: la escritura da forma a lo que, de otro modo, no tiene ni siquiera cómo decirse. Ciencia y literatura coinciden en que ponerle nombre a lo que pasó no es un gesto decorativo, es una manera de ubicar el miedo y desde ahí buscarle antídotos.
Ahora bien, encontrar que en #SismoResistentes de Barequeo otras personas también han querido escribir para dibujar sus espectros sísmicos, lleva a pensar que más que una respuesta terapéutica es también una nueva apuesta popular. Una en la que vamos formando pueblo en este encuentro en el que nos identificamos en la misma búsqueda, compartimos los rasgos idénticos de miedos que vienen de diferentes lados, pero sobre todo damos las bases sociales de un nuevo futuro menos arrogante, menos concreto, más vulnerable, con la idea de que la seguridad no es encarnizarnos con evitar a toda costa una catástrofe futura, sino que es prepararnos en la certeza de que adelante siempre está lo imprevisible.
Paula Vásquez describió cómo nos encontramos en la caída de platos y copas que se rompen, y en mantras a los dioses de turno, en «¿Acaso no es esto un final?»; Laura García Betancur narra en «Un sentimiento grande» su viaje a Pereira como sonidista voluntaria, entrando a casas derrumbadas con un micrófono en busca de la vibración de algún sobreviviente, en la demostración de que, a fuerza de ayudar, la solidaridad termina por encontrarle un lugar a nuestros talentos y experticias. Y Anid Jocabed, en «Bitácora de ausencias», le da un lugar a nuestras casas como centro del relato, sobre lo que se dejó, lo que quedó, lo que se llevó, la infancia, los objetos heredados, el sentirse a salvo por costumbre. Tres formas de nombrar lo mismo, cada una desde su propio lenguaje, cada una buscando, a través de la escritura, un lugar donde guardar lo que pasó. Finalmente, Laura Victoria Álvarez Mora nos pone de presente el vacío en el que quedaron nuestros trabajos, ocupaciones y pasiones con la historia de Samuel David, “El guardián del cielo herido”.
Escribimos mientras nos curamos, pero al tiempo nos vamos haciendo un nuevo pueblo.
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