¿Cómo saber cuándo va a temblar?

Yo solo pensaba que iba a explotar el volcán, porque me criaron con el miedo de que, si temblaba fuerte o repetitivo, era una señal de que nuestro Kumanday se podría desatar.
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¿Cómo saber cuándo va a temblar?

Después del episodio que nos sacudió las tripas, paró el corazón y nos hizo sacar a Dios del cajón, pero sobre todo nos mostró la gran fragilidad humana en tiempos en que nos creemos insuperables, han surgido muchas teorías y opiniones sobre lo ocurrido. He escuchado decir que fue una señal, un castigo, que llegará el fin del mundo, una consecuencia inevitable de nuestros actos; otros lo atribuyen a un episodio natural que se veía venir, pero que no creíamos, que a pesar de verlo en países cercanos, no sería con nosotros. También están las otras versiones, como las de una particular personalidad política en la que, según él, Dios se tomó el tiempo de ponerle una prueba a costa del sufrimiento de más de 406.000 personas para demostrar cómo podría ejercer su mandato, así, poniendo a “rugir la tierra”. Y, entre tantas versiones, hay algo que parece repetirse: la necesidad humana de encontrar una explicación que nos permita entender aquello que, por unos instantes, nos recordó que no tenemos el control de todo.

A las 9:00 a. m. de ese día, recuerdo estar tirada afuera de la puerta de mi casa, arañada cuello y brazos, con una cobija entre las piernas y dos bultos que maullaban entre ella. Yo, llena pelos de gato hasta las orejas, seguía esperando la tal réplica que anunciaron en todos los grupos de mi WhatsApp; mientras tanto, intentaba llamar a mi mamá, que estaba en el Páramo, y yo solo pensaba que iba a explotar el volcán, porque me criaron con el miedo de que, si temblaba fuerte o repetitivo, era una señal de que nuestro Kumanday se podría desatar.

Como también crecí con la idea de que, así el Servicio Geológico afirmara un montón de veces que un sismo no se puede predecir, en mi realidad sí. Pues mi abuela presentía algunos de ellos. Al principio yo no lo creía, pero después de la segunda vez que me dijo “va a temblar” y se paraba bajo el marco de la puerta y, a los pocos minutos, comenzaba el sacudón, no dejé de salir corriendo cada vez que la escuchaba decir “Ama, va a temblar”, “Jesús, María y José”, aunque con el tiempo crecí y mi valentía aumentó.

Esta vez no estaba mi abuela para avisarme, pero sí estaba la Teoría que escuché de muchas personas antes y después del episodio: estos calores son de temblor. Entonces allí me entró la cuestión: ¿es cierto que no hay ninguna manera de predecir un temblor? La respuesta del Servicio Geológico Colombiano es contundente: “La ciencia aún no cuenta con un método que permita predecir la ocurrencia de un sismo, ni sus posibles réplicas”. Lo que sí puede hacer la ciencia es observar y analizar continuamente la actividad sísmica y establecer, mediante modelos probabilísticos, cuáles son las zonas con mayor amenaza. Entonces, si la ciencia no puede decirnos cuándo va a temblar, ¿qué hacemos con esas otras señales que creemos reconocer? ¿Con los calores, los animales inquietos, los colores en el cielo o incluso con esa sensación de nuestras abuelas que parece anticiparse al sacudón?

Esta semana llegó a mí un video hablando de Consuelo Lago, la caricaturista de Nieves. A las 6 de la mañana del 10 de agosto se publicó su caricatura en El Espectador y esta decía “que no tiemble y que llueva”. A las 7:34 de la mañana tembló.

Ella también sabía que iba a temblar, sentía que los árboles se movían diferente, que las nubes y el cielo tenían otro color. Pero ¿por qué ella lo siente y tantas personas no? Mi conclusión, o más bien mi teoría desde el principio, es que nos pasamos la vida absorbidos por todo menos por observar. La naturaleza está ahí, cambiando, moviéndose, hablándonos de maneras que quizá hemos dejado de percibir. Tal vez Consuelo, como mi abuela, tenía otra sensibilidad para leer esas pequeñas señales: los árboles moviéndose diferente, las nubes, el color del cielo.

En el video, su hija habla precisamente de esto. Cuenta que estas preguntas y sensaciones llegan a las mentes sensibles, a quienes se detienen a observar el mundo para interpretarlo. Quizás por eso los artistas tenemos esa necesidad de mirar más allá de lo evidente, de encontrar significado en lo cotidiano y de preguntarnos por qué algo se siente distinto, incluso cuando todavía no sabemos explicarlo.

Y quizás ahí está la diferencia: no en quién puede predecir un terremoto, sino en quién está dispuesto a mirar cuando la naturaleza empieza a hablar

¿Cómo saber cuándo va a temblar?
Consuelo Lago, El Espectador, 10 de agosto de 2026, página 16.

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    Manizales, 2002. Estudiante de Comunicación Social y Periodismo. Ha recorrido escenarios y festivales desde la actuación, la producción y la gestión cultural. Entiende el arte como una forma de vida. Un espacio para ser, crear y expresar a través del teatro, el cine y la danza.

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